Cuando la fuerza de un río es frenada: deconstruyendo a River Song.

Antes de comenzar a desarrollar esta entrada quiero aclarar que por ningún motivo pretendo minimizar -ni denostar- al personaje de River Song. Yo mismo me considero fan de la arqueóloga y su arco argumental en la historia del Doctor, particularmente en el área romántica. Con este análisis quiero adentrarme, un poco, en la profundidad narrativa que los escritores (especialmente su creador Steven Moffat) le otorgan, así como la forma en que ésta fue construida.

El personaje de River Song se nos presenta en la era de el Décimo Doctor, cuando Steven Moffat no era el showrunner y la batuta la cargaba Russel T. Davies. El primer capítulo donde conocemos a la Doctora es -dentro su línea del tiempo- el último de su vida. De esa forma, desde un principio, se nos explica que ella y el Doctor tendrán encuentros fortuitos en líneas del tiempo atravesadas.

Dentro del universo diégetico de la serie, River Song (Originalmente Melody Pond) es la única hija de Amelia Pond y Rory Williams, los companions del Onceavo Doctor en la quinta a la séptima temporada. La pequeña niña es secuestrada por la orden de El Silencio para convertirla en el peor enemigo del Timelord y que- contrario a su plan original- termina por enamorarse de él.

A simple vista, se podría decir que River Song es un personaje femenino -bien construido- y empoderado. Sin embargo, al investigar mucho más el trasfondo, y dejando atrás la fachada, se dejan ver una serie de matices y huecos narrativos que evidencian todo lo contrario.

Para poder entender esto, quiero invitarlos a realizar un ejercicio imaginativo. Pensemos el universo de Doctor Who como una estructura que -por sí misma- es capaz de erigirse . Ahora imaginemos al Doctor como la columna central que sostiene toda la estructura y a sus companions como las columnas adyacentes que le ayudan a sostener la estructura. Ahora, en este ejercicio, ¿dónde colocarían a River Song?

A primera vista, se pensaría que es también una columna adyacente que ayuda a soportar la estructura, pero al analizar más allá de la fachada narrativa que conocemos y adentrarnos en lo más profundo de su construcción narrativa la entenderíamos -más bien- como un pequeño soporte que funciona como extensión de la columna central de la estructura.

Me explico, River Song, en lo más profundo de su construcción narrativa, funciona como más como herramienta argumental que como personaje por si sola. Algo que distingue a su creador, Steven Moffat, en su forma y estructura narrativa con muchos de sus personajes.

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Desde su concepción -dentro del universo de Doctor Who- es creada para funcionar como un arma contra el Doctor. La orden de El Silencio -literalmente- le otorga un sólo propósito en la vida: aniquilar al Timelord. Lo mismo sucede en su construcción narrativa, su personaje tiene el único propósito de fungir como proveedora de una institucionalización del Doctor.

Todo lo que sabemos de la Doctora Song -o su bagaje de vida- tiene que ver con el Doctor. Si nos pusieramos a analizar todos los momentos que se nos presentan como parte de la historia de Melody Pond nos encontraríamos con que en todos tiene que ver el Doctor. No hay un sólo momento de su vida -que la narrativa nos presente- donde no influya de algún modo a la vida del Doctor. Melody Pond no tiene vida fuera de la línea del tiempo del Doctor.

En los únicos capítulos donde sabemos un poco sobre su infancia, como los son ‘The Impossible Astronaut’ y ‘Day Of The Moon’, lo hacemos porque el Doctor tiene un asunto pendiente que resolver en el mismo lugar en el que se encuentra ella. Lo mismo sucede en el único capítulo que muestra su adolescencia, ‘Let’s Kill Hitler’,  donde su leit motiv es conocer al Doctor y matarlo.

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No hay un sólo momento donde podamos ver a River Song viviendo su vida fuera de la TARDIS. Los escritores no nos muestran a Melody Pond sin el Doctor. Lo que provoca que un personaje que intenta presentarse como una construcción femenina empoderada sea reducida a una mera herramienta narrativa con un único propósito de ser extensión Doctor. Incluso su decisión de dedicarse a la arqueología comienza por el interés de encontrar al Timelord.

Con esto no quiero decir que River Song tenga la obligación de vivir pegada al Doctor. Al contrario, mi argumento se centra en las injusticias que la narrativa comete con su personaje y cómo el progreso de su vida y su presencia en la historia -como estructura narrativa escrita por alguien- no va más allá que de los momentos donde el Doctor se topa con ella. No hay una intención por saber más de ella fuera de la vida del Doctor.

Algo muy parecido sucede con Clara Oswald -también escrita por Steven Moffat- en la séptima temporada. Mientras Melody Pond es creada para matar al Doctor, Clara existe para salvarlo (hablando de antítesis ¿eh?). Ambas mujeres son importantes misterios por resolver a lo largo de sus respectivas temporadas, lo que imposibilita poder conocer más sobre ellas.  Son utilizadas como arcos argumentales y no como individuos con acciones y motivos propios.

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Regresando a la estructura que les planteo en un inicio, Melody Pond debería fungir como una columna adyacente y no como un soporte extensivo de la columna central. De forma que River Song debería tener el lugar que le corresponde como personaje femenino vital para el transcurso de la historia y no como herramienta argumental que ayude a institucionalizar la presencia del Doctor.

River Song debería ser algo más que la esposa del Doctor. River Song no debería de basar sus decisiones importantes de vida con base en sus encuentros con él. De esa forma, no tendría por que ser arqueóloga sólo para encontrar al extrarrestre, ni debería entregarle el resto de su vida -literalmente- a un hombre que acaba de conocer.

Si los escritores se enfocaran en desarrollar su vida sin la sombra del Doctor encima de ella podríamos encontrarnos con increíbles matices narrativos que nos permitiría conocer de verdad a un personaje tan extraordinario como River Song y no sólo la superficie en la que la historia la involucra.

Todo esto no le hace justicia a un personaje que tiene todo para ser una mujer empoderada, con una historia lo suficientemente fuerte para llevarla por sí misma y sin la necesidad de la presencia recalcitrante de una figura masculina como la del Doctor que necesitara validarla.

 

 

¡Gerónimo!

Como muchos aquí sabrán, Doctor Who es una de las series que más me ha marcado y -por supuesto- goza de un lugar privilegiado en mi top de series favoritas. No sólo es la emoción y el sentimiento que los escritores le imprimen a cada capítulo sino la construcción tan elaborada con la que los personajes principales nos deleitan semana con semana.

Por un lado tenemos al companion, aquel personaje que refleja -y representa- a todos los whovians regados en el planeta que seguimos siendo curiosos por las maravillas que nos rodean todos los días. Por otro está el Doctor, aquel individuo que representa todas nuestras ambiciones y sueños por cumplir. El Doctor es la viva imagen de todas nuestras (posibles) decisiones que hemos tomado y nos quedan por tomar.

En mi caso, el Onceavo Doctor es la representación inequívoca de esa percepción que tengo de la vida. Refleja mis ambiciones de la misma forma que evidencia mis miedo e inquietudes. Esta regeneración del Doctor no sólo es mi favorita sino, también, la viva imagen de mis anhelos y supuestos de lo que debería ser mi vida.

Para mí el Onceavo Doctor representa a un individuo dispuesto a confrontar sus miedos mientras trata de encontrarle el lado divertido a la vida.  Por ello, y a modo de celebración del cumpleaños de mi Doctor favorito -Matt Smith-, he decidido enumerar mis 5 capítulos favoritos de la era del Onceavo Doctor. Aquellas historias que me han dejado impactado y siempre con una sonrisa de oreja a oreja.

5) The Rings Of Akhaten.

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Una historia que comienza simple y termina siendo simple, pero siempre conservando los pequeños detalles que lo hacen ser tan espectacular. Desde la hermosa The Long Song interpretada por la Reina de los Años Merry Gejelh hasta el discurso final de Eleventh donde es imposible no sentir escalofríos por la increíble actuación de Smith frente a la sensación de  imposibilidad al no poder salvar un planeta lleno de gente inocente.

The Rings Of Akhaten -en mi opinión- es uno de los capítulos más introspectivos de la temporada -y de la serie, en general- que nos permite conocer un poco más sobre el origen de Clara pero que, al mismo tiempo, nos empuja a enamorarnos de las pequeñas maravillas que hacen que cada día valga la pena.

4)The Pandorica Opens/ The Big Bang

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Decidí colocar este capítulo doble en esta lista por la relevancia narrativa que tiene en la temporada. Con ellos podemos completar un ciclo de la historia de inicio a fin. La historia de Amelia Pond que se nos presenta en The Eleventh Hour llega a su culminación y nos vuelve a dejar donde empezamos: Amy Pond y su Raggedy Man.

Este capítulo, además, nos brinda no sólo un maravilloso discurso de Matt Smith sino la increíble interpretación de un personaje re-escribiendo su historia y la de las personas importantes en su vida. Si la quinta temporada no fue suficiente para que las audiencias se enamoraran del Onceavo Doctor, el capítulo final logra ese cometido con creces.

3) Vincent And The Doctor

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Uno de los capítulos más famosos de la era del Onceavo Doctor. En él nos encontramos frente a uno de los artistas más importantes de la historia: Vincent van Gogh y -con su giro extraterrestre- se nos retrata una versión más humana del famoso pintor. De la misma forma, podemos conocer un poco más sobre la mente de Amy Pond y la manera en que su personaje funciona en el mundo de Doctor Who.

La química entre ambos personajes es desarrollada con una cadencia interesante lo que los lleva a mantener una dinámica memorable. Especialmente en la escena final en la que (SPOILERS) Amy y el Doctor le muestran a van Gogh el impacto que tienen sus obras en el futuro. Es Imperdible.

2)  The Name Of The Doctor

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El lugar que le otorgo a este capítulo en la lista depende enteramente por la maravillosa actuación de Jenna Coleman como Clara y la participación tan enorme en la vida del Doctor que figura gracias al descubrimiento de su arco argumental.  Su dinámica con Matt Smith es perfecta.

Sin embargo, también forma parte importantísima de mi decisión aquella (SPOILERS) despedida de River Song con Eleventh. Personalmente, me afectó de una forma muy directa en una situación complicada en mi vida. Yo, al igual que el Doctor, me encontraba con el corazón roto y su inevitable despedida de un amor importante en su vida tuvo el mismo impacto en mi. Este es otro clásico ejemplo de espejeo personal con la vida del Doctor.

1) The Angels Take Manhattan

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Este es -y siempre será- irrefutablemente mi capítulo favorito en la historia de Doctor Who por una simple razón: la despedida de los Pond. Matt Smith, al ser mi Doctor, inevitablemente trajo de la mano a la dinámica a los fabulosos Pond y, como tal, se volvieron parte esencial de su historia juntos. De mi historia con ellos.

Naturalmente, su despedida me dejó devastado. Aún no puedo ver a la pareja caer de aquel edificio sin que se me rompa el corazón y me es imposible no llorar desconsoladamente por el discurso final de Amy. Este capítulo marca el fin de una era importante en la vida del Doctor y la mía. Una vez más, la vida del Onceavo Doctor se espejea con mi realidad.

Eleventh despidiéndose de Amy es -personalmente- una de las escenas más emotivas que he visto en los últimos años. Debo reconocer el impresionante guión de Moffat -con todo y sus huecos narrativos- y la increíble actuación de Karen Gillan y Matt Smith.  Con la despedida de los Pond un pedazo de mi corazón se quedó con ellos.

Larga vida al Onceavo Doctor. Larga vida a mi raggedy man.

¡Gerónimo!

Magic in the Moonlight: en el límite de las comedias románticas y la narrativa simplista.

Desde hace (casi) cincuenta años, Woody Allen nos ha deleitado -año tras año- con historias maravillosas y otras no (tan) maravillosas que nos hablado de los problemas de la modernidad, las relaciones en pareja y la crisis de los individuos por encontrar su propia identidad.

Este año, el cineasta no se queda atrás y nos presenta su último filme: Magic in the Moonlight. En ella vemos cómo un mago inglés, llamado Stanley, busca desenmascarar a Sophie, una  espiritista estadounidense que parece que sus únicos motivos son estafar a las familias ingenuas y acaudaladas.

Cabe destacar la actuación de Emma Stone como Sophie, la espiritista ingenua que parece no esconder ningún tipo de secreto. Personaje que me sorprendió gratamente por el tratamiento tan respetuoso y adecuado que la actriz le imprime y la forma tan única que usa para desarrollarse en una historia que busca evidenciarla desde el principio.

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Algo que me gustó mucho de esta nueva entrega de Allen es el argumento predominante en toda la película: la contraposición tan fuerte en la que la ciencia y la religión se encuentran posicionadas en la mente de las personas y la enorme influencia que cada una de ellas figura en el pensamiento de cada individuo.

De esa forma, y muy a su estilo, muestra los extremos de cada corriente de pensamiento: Por un lado están los creyentes que dedican su vida a buscar la felicidad en elementos que están más allá de su entendimiento terrenal. Por otro, están los escépticos que dedican su vida a comprobar teorías gracias a objetos tangibles y hechos reales.

Debo agregar que concuerdo con el director cuando argumenta que los seres humanos no deberíamos necesitar de elementos imposibles de comprender para encontrar la felicidad cuando las podemos ver en las pequeñas cosas de la vida. Sin embargo, difiero enormemente en la manera en que la narrativa le hace justicia a esta idea. Y ese creo que es el mayor problema de esta película: su narrativa.

SPOILERS

De entrada, el personaje de Colin Firth (Stanley) se nos es presentado como un individuo que es escéptico de la cabeza a los pies; es un mago que está seguro que todo evento y circunstancia de la vida tiene una razón de existir y que la raza humana no debería depender de un destino trazado por un ser superior a nosotros.

Sin embargo, todo esto que lo distingue como personaje construido se desvanece al momento en el que el personaje de Emma Stone (Sophie) le demuestra lo contrario, gracias a una serie de eventos aislados,-y sin mucho fundamento- que lo ponen en un predicamento con su propia corriente de pensamiento e, incluso, su forma de ver la vida.

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Me parece ilógico que una persona tan recalcitrante y sujeta a su pensamiento (determinante para toda acción en su vida personal y profesional)  cambie de opinión -desde la raíz- tan fácilmente sin antes cuestionar los propios métodos con los que la espiritista hace gala continuamente. Por lo que me resulta muy poco plausible que un personaje tan bien construido como el de Stanley cambie todo su M.O. a la mitad de la película y decida actuar de forma contraria a lo que lleva toda su vida predicando.

Lo que parecería apuntar a ser un  ‘character development’ interesante termina por convertirse en un enorme fallo en el tratamiento del personaje desde el guión, la narrativa y el tiempo de exposición del personaje.

FIN DE SPOILER

Lo que me lleva al que me pareció otro punto en contra de la película: el tiempo. Todo sucede tan rápido -y sin detalles importantes- que nos es imposible, como audiencia, identificarnos con las circunstancias en la que los protagonistas se encuentran. Los personajes van caminando tan deprisa que los eventos se desenvuelven de forma forzada y sin mucho sentido, dejando de lado la cadencia que se necesita para entender el ‘character development’ que sugiere la película.

De esta forma, el argumento principal de la película se funde en un revoltijo de ideas y situaciones que terminan por confundir a la audiencia. Lo que comienza como una historia de matices profundos termina por ser una comedia romántica (a la Woody Allen) cuyos principales conflictos son resueltos en contra del tiempo y de la manera más forzada posible.

Sería un error de mi parte intentar comparar esta película con su predecesora Blue Jasmine. Sin embargo, Woody, al dejar la vara tan alta con una historia tan completa, y bien construida como lo fue la historia de Jasmine, nos queda debiendo una propuesta novedosa que pintaba a ser inteligente -y bien planteada- y no una simple comedia romántica.

 

American Horror Story: Freakshow: entre la dicotomía y la literalidad.

Hace 4 años el canal de FX presentó su nueva propuesta en series de terror: American Horror Story y, para sorpresa de todos, funcionó muy bien. Desde entonces sus creadores Ryan Murphy y Brad Falchuk nos han llevado de casas de terror poseídas a manicomios manejados por monjas y, en las últimas temporadas, de aquelarres de brujas a circos donde se presentan “monstruos”. Cada historia se desarrolla en diferentes locaciones y diferentes personajes pero casi siempre el mismo cast.

Yo mismo me considero un fan recalcitrante de la serie (muy a pesar de la desastrosa segunda temporada) y, como tal, sé reconocer los logros de sus historias al mismo tiempo que  soy capaz de analizar a profundidad los errores en los que suelen caer. De esa forma,  me gusta celebrar el novedoso formato con el que plantean cada temporada y la interesante construcción de personajes de la misma manera en que me apena profundamente ver cómo los creadores utilizan y re-utilizan recursos gastados para presentar sus denuncias sociales.

Tal es el caso de -al menos- los tres capítulos que han salido al aire de la cuarta temporada de esta serie: American Horror Story: Freakshow. En ella se nos presenta la historia de un circo de “monstruos” (Así llamados por la directora del mismo, Elsa Mars) en la época de los 50s, donde la inclusión social en los Estados Unidos era un tema muy poco tratado.

La premisa, en sí, suena muy atractiva:  la perspectiva de Otredad de un grupo de personas que no parecen encajar en ningún ámbito de la sociedad y que prefieren vivir aislados en un circo, donde cualquier individuo puede ir a verlos a modo de entretenimiento personal.

Como bien mencionaba anteriormente, si hay algo por lo que Ryan Murphy y Brad Falchuk pueden ser reconocidos es por su constante necesidad de manifestar temas de denuncia en sus discursos a lo largo de cada temporada. Tal es el caso del tradicional núcleo familiar de Murder House, el fanatismo religioso de Asylum, el racismo en Coven y la monstruosidad en Freakshow. Sin embargo, con el paso del tiempo, sus mensajes se han vuelto muy obvios y dicotómicos.

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El tema de la normalidad y la monstruosidad no es ajeno a los discursos audiovisuales de terror actual, donde podemos toparnos con infinitas películas en las que el cuerpo humano normado es alterado -y deformado- con el fin de retratar los diferentes niveles de monstruosidad a los que la sociedad -y el individuo por sí mismo- son capaces de crear. Algo que Freakshow se empeña constantemente de hacérnoslo saber pero que falla en el intento.

En esta temporada el discurso dicotómico de Normalidad/Monstruosidad es muy claro: la sociedad  (retratada por el pueblo de Jupiter) se encarga de discriminar, violentar e, incluso, asesinar a los “Monstruos” que habitan en su ciudad mientras que -sin éxito alguno- estos últimos se empeñan en encajar en ella.

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El problema no es el mensaje, sino las herramientas discursivas con las que buscan comunicarlo. Murphy y Falchuk son claros con su agenda en esta serie: hablar de las minorías al mismo tiempo que se hace una fuerte crítica a la normalidad que la sociedad impone constantemente.

Los “Freaks” de Elsa Mars son monstruos que viven en una sociedad normada por la estética y las buenas costumbres pero, también, son monstruos que no quieren ser tratados como tales. Los personajes principales se encuentran constreñidos  debido a  la condición intrínseca de sus cuerpos (son seres no normales que intentan encajar dentro de una normalidad) pero al  mismo tiempo están sujetos a una completa tensión con la narrativa propia de la serie.

Mientras que en el plano diegético, los participantes del Freakshow se encargan -capítulo con capítulo- de vivir como individuos Otros en el pueblo de Jupiter, en el plano extra-textual, sus creadores se empeñan en normarlos continuamente. Los “Monstruos” viven en en un universo donde su mera existencia es imposible pero que, debido a las reglas narrativas impuestas por el formato de la serie, son forzados a encajar en ella.

Algo que sólo empeora con la continua insistencia de los creadores por elaborar mensajes de denuncia tan obvios que insultan a la inteligencia de la audiencia. Como si los televidentes  no fueran capaces de ver -y condenar- la situación tan grave de inequidad social en la que vivimos.

Así, con el paso de cada temporada, los mensajes sutiles son sustituidos por la literalidad y el morbo. La fuerte -e inteligente- crítica a la sociedad y su representación de la familia nuclear en Murder House rápidamente es opacada por la constante necesidad de Freakshow por -literalmente- obligar a los individuos Otros a participar en la sociedad.

Me encantaría poder ver cómo los llamados “Monstruos” construyen su propia identidad por si mismos y no comparándose con el resto de la sociedad. Me gustaría entender las razones de trasfondo de cada personaje como individuos únicos que no forman parte de una minoría sino que viven y actúan con, y a pesar, de ella.

Mientras tanto, resulta una verdadera  pena ver cómo un programa que se centra tanto en la Otredad, y la visión del Otro,  se empeñe en normar constantemente a personajes que no necesitan vivir bajo la norma, y que en realidad lo único que buscan es un sentido propio -y único- de identidad.

Los tres Méxicos de la cartelera actual.

Con la cartelera actual en los cines mexicanos, resulta paradigmático ver los contrastes tan grandes que existen entre la realidad y la ficción mexicana.

Mientras, por una parte,  la gente sale a las calles para exigir una re-presentación -o imagen propia de cada sujeto- justa de su realidad social, en la cartelera de los cines de cualquier ciudad del país se pueden encontrar diferentes representaciones -o discursos que hablan por nosotros-, pero de algún modo entrelazados, en México: La política y el poder (en La Dictadura Perfecta), la ‘mexicanidad’  (en La Hija de Moctezuma)  y el folclor (en El Libro De La Vida).

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Si bien estas películas cuentan con un manifiesto propio del director, cada una de ellas son también reflejos – y representaciones- muy vagos del contexto que se vive actualmente en el país. Me gustaría pensar que se trata de una mera coincidencia que dichos filmes hayan sido estrenados con tan poca diferencia en las salas de cine, sin embargo -como ejercicio imaginativo- estos tres discursos ayudan a pensar en un México Otro.

Un México en el que la India María no es solamente un estereotipo que raya en la mofa. Un México donde las tradiciones -y el folclor-propias del país no son mercantilizadas como capital económico de nuestra cultura. Un México donde los medios no tienen la capacidad y agencia de manipular los sucesos importantes.

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Si bien, cada uno de los filmes goza con elementos narrativos interesantes, me parece que se quedan cortos en cuanto al mensaje que buscan transmitir y, en su lugar, acuden a herramientas muy gastadas para presentar ecos de nuestra cultura.

Con ello no pretendo satanizar la creación de discursos como los antes mencionados. Al contrario, me parece muy rico contar con diferentes perspectivas de lo que significa ser -o no ser- mexicano. Resulta atractivo el hecho de poder gozar de tres perspectivas paradigmáticas de nuestro país y, sin duda, es emocionante  realizar ejercicios imaginativos como los que mencioné anteriormente.

Sin embargo, hay que entender a estos discursos como herramientas narrativas que pueden actuar como armas de doble filo. A filmes como La Dictadura Perfecta, La Hija De Moctezuma y El Libro De La Vida hay que verlos con una mirada muy objetiva, ya que cada uno de ellos muestra características únicas de diferentes aspectos de México que -si bien- no significan un gran aporte ni una visión cuidadosa del contexto que re-presentan, permite identificar lo propio del individuo en esos mismos huecos.

Por ello, no es necesario identificarnos con el personaje de la India María para poder entender los aspectos del arquetipo que nos representan y los que se distancian de nosotros. Tampoco necesitamos ver al Día de Muertos como una historia de Disney para entender la importancia que tiene en nuestras raíces y el impacto que genera en nuestras acciones. De la misma forma que no debemos dejarnos llevar por los fuertes golpes narrativos que Carmelo Vargas manifiesta contra la integridad de los ciudadanos para sentirnos aludidos por la corrupción que existe en el país.

Personalmente, me da gusto poder encontrar discursos con los que pueda -por medio de lazos simbólicos entre unos y otros-  encontrarme como aquel individuo que vive en un contexto específico, con características sociopolíticas específicas y raíces únicas,  como el de nuestro país.

En un mundo donde los discursos son tan maleables, y los filtros de información actúan con tanta facilidad, resulta enriquecedor encontrar  en los huecos -y aportes narrativos- las diferentes historias que se nos cuentan -y que deciden omitir- a las audiencias hoy día.

Ahí es donde reside la perspectiva objetiva de este ejercicio, en la capacidad de entender las herramientas que trabajan en dicha representación y los estragos que actúan en la propia re-presentación. De esa forma, depende enteramente de nosotros lo que decidamos hacer con esa información.