Birdman (o La inesperada virtud de ser una persona libre)

Ayer fui a ver la nueva película de Alejandro G. Iñárritu, ‘Birdman’, y salí del cine pasmado. No sólo porque goza de un cast tan versátil y capaz de sacar adelante una historia tan estructurada ésta, sino también por contar con uno de los finales más satisfactorios y sólidos que hace mucho no veía en un filme.

‘Birdman’ retrata la vida de Riggan Thomson, un actor olvidado por la industria que busca desesperadamente volver a ser relevante -y reconocido- con la adaptación, dirección y actuación, de una obra de teatro importante significado en su vida.

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El tema de la relevancia es circular y permanente en toda la película. Riggan constantemente trata de convencer a los demás -y así mismo- de que es una persona que vale la pena ponerle atención, pero al mismo tiempo, cae en el juego de tortura psicológica donde nadie duda más en eso que él mismo. Algo que me recordó muchísimo a una película (igual de magnífica) del año pasado: Blue Jasmine, de Woody Allen.

Tanto Jasmine como Riggan son individuos que lograron llegar a la cima y perdieron todo en el camino. Ambos buscaban ser reconocidos, famosos, y relevantes. Para Jasmine su relevancia radicaba en tener una vida llena de lujos y vida social; para Riggan significaba ser una estrella de Hollywood relevante y reconocida.

Para los dos, su peor momento sucede cuando pierden toda credibilidad ante la sociedad y comienzan a ser caricaturas de lo que alguna vez fueron, simples ecos que transitan por la vida esperando alcanzar ese segundo aire que aseguran que la vida les tiene prometido.

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Y, de alguna forma, lo logran: Jasmine conoce a otro hombre que le proporciona esa vida de lujo que tanto anhela. Riggan monta una obra en la que invierte todo su dinero y tiempo para volver a ser reconocido.

Pero no es sino hasta el final cuando los ecos directos entre ambas películas chocan. No pienso spoilear lo que, en mi caso, fue el momento más mágico de toda la película pero sí puedo asegurar que la cosa no termina bien.

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En ambas películas, los protagonistas le hacen honor a las etiquetas simbólicas que los directores depositan en ellos. Jasmine  busca, a como de lugar, ser la flor más hermosa del campo de la misma forma que Riggan espera volar tan alto como el personaje que tanto le dio la fama. Los dos esperan ser libres al mismo tiempo que necesitan de la validez de los demás para lograrlo.

Para mí, ‘Bridman’ es un balance perfecto entre argumentos sólidos y mensajes claros. En el mundo de Riggan está presente la sociedad que juzga y etiqueta, el torturador que todos llevamos dentro, los medios que critican y la inestabilidad emocional del ser humano. Pero, sobretodo, es tan recalcitrante el tema de la libertad que da entrada a una relevancia tan poderosa y potente capaz de emocionar a cualquiera.

Si lo que Riggan Thomson quería era ser relevante, con ‘Birdman’ lo logró con creces.

Los científicos de la (impa)ciencia.

En contraposición al tema del que escribía ayer -y en referencia a la disparidad permanente entre ciencia y ficción- hoy hablaré un poco de lo que sucede del otro lado de la moneda: Los científicos que “hacen” ciencia en la ficción.

Como bien mencionaba anteriormente, cuando se trata de la Ciencia Ficción, existe una gran competencia entre una y la otra. En unos casos la ciencia se sobrepone a la ficción y le exige sustentos tangibles para poder entender su narrativa. En otros, la ficción opaca a la ciencia y no necesita más que de clichés para dar a entender que está sucediendo algo científico.

Cuando en la primera se exige un nivel de entendimiento mayor de teorías y conceptos científicos, en la segunda se abusa del trope del científico que usa bata y hace ciencia en enormes pizarrones. Una vez más, la ciencia y la ficción son sometidas a una dura competencia.

¿Cuántas veces no hemos visto un pizarrón lleno de fórmulas como método narrativo que nos permita entender que lo que está pasando en la historia, efectivamente, es algo científico? ¿Cuántos individuos con bata, Gafapastas y bigote pequeño necesitamos ver para entender que nos encontramos, realmente, ante una persona que sabe de ciencia?

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Elementos como esos son fáciles de encontrar en discursos de ficción (y algunos muy malos de ciencia ficción) cuando se trata de abordar un tema científico sin tener el interés de explicar lo que sucede de trasfondo, ¿Para qué perderse en explicaciones molestas si el punto no es ese?

Precisamente por eso, porque un discurso inteligente no debería dar por sentados todos los elementos de su historia. Al contrario, debe molestarse (aunque sea un poco) por plantear una problemática que se sustente de alguna forma que no sean un par de científicos haciendo ciencia sin sentido.

Con este tipo de salidas fáciles  lo único que puede provocar en las audiencias (al menos en mi caso) es un alto grado de condescendencia, de dar por sentado que no somos individuos suficientemente inteligentes como para entender teorías científicas.

Caso contrario a muchos discursos preponderantes en la Ciencia Ficción, los cuales se enfrascan en tratar de complicar su trama ficticia con tal de lograr que cada acción -y reacción- tengan un sustento creíble ,y respaldado, por la comunidad científica.

Una historia no necesita de un individuo en bata que esté escribiendo fórmulas en un pizarrón para darnos a entender que lo que está a punto de suceder tiene una base supuestamente “científica”. El hecho de explicar que las cosas suceden por si mismas no generan diferencia alguna a que si no hubiese  explicación.  Los científicos no hacen ciencia por hacerla de la misma forma en que los escritores no escriben en vano.

No porque el personaje de Johnny Depp en ‘Transcendence’ tenga un pizarrón lleno de números debemos entender (y dar por aceptada) su teoría de la Inteligencia artificial. Tampoco debemos hacernos de la vista gorda cuando en Doctor Who un montón de hombres vestidos con batas y microscopios, y moviéndose de un lado a otro, nos quieran hacer entender que lo que está sucediendo es una investigación científica.

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Así como me gustaría que existieran discursos -de Ciencia Ficción- que nos propusieran ideas nuevas que nos reten en sus discursos, sin que tengan que  justificar el sustento científico que justifique una narrativa fidedigna, me encantaría que existieran historias que no abusaran del recurso del científico que hace ciencia para dar por aceptada una teoría en la ciencia.

Una buena historia necesita de elementos suficientes que sustenten las ideas que plantea sin verse muy soberbia de la misma forma que necesita tomarse las cosas un poco más a la ligera sin insultar la inteligencia de su audiencia.

Pero, sobretodo, una buena historia debería poner a competir a los géneros que la conforman sino usarlos en su favor y combinarlos para crear discursos que se superen así mismos.

La continua competencia entre la ciencia y la ficción.

Una de las grandes ventajas del cine es la capacidad de asombro que puede generar en las audiencias. Para bien o para mal, la mayoría de nosotros va a ver una película para transportarse a mundos -e historias- que se encuentran fuera de su propia realidad y, como tal, se permite así mismo creer que todo lo que está viendo es posible.

Como espectadores nos volvemos parte de la ficción que está frente a nosotros, aceptando las reglas que se plantean desde un inicio y participando en las dinámicas narrativas que estructuran el discurso.

De ese modo podemos creer que existen fábricas con ríos de chocolate, de la misma manera en que podemos imaginar  que un asesino que se dedica a asesinarte en tus sueños es plausible. Los espectadores nos convertimos en repositorios de la imaginación y la creatividad, al mismo tiempo que somos móviles de mensajes específicos.

Sin embargo, cuando la ficción se mezcla con la ciencia (o Ciencia Ficción) se nos dificulta mucho separar uno del otro y, como individuos lógicos, buscamos encontrar sentido -y pruebas contundentes- en historias hipotéticas.

Según la página www.readwritethink.org, la Ciencia Ficción “es un género donde las historias, usualmente, hablan de ciencia y tecnología en el futuro” y agrega que “es importante notar que la Ciencia Ficción tiene una relación con los principios de la ciencia y que, al mismo tiempo, involucra teorías y leyes básicas de la misma”.

Como podemos ver, dicho género no se distancia de cualquier otro en la ficción. La diferencia importante es el uso de la tecnología, y la ciencia, como móviles prácticos para contar una historia que, como tal, configura el principal obstáculo que colocamos antes de ver una película -o serie- de Ciencia Ficción.

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Con la Ciencia Ficción nos situamos, como espectadores, en la dicotomía de ficción/realidad e imaginación/razón desde un principio y buscamos que la historia tenga coherencia total. Las teorías que nos presentan deben ser sustentadas a la perfección y la ciencia debe tener su base teórica que la mantenga a flote. Lo cual nos imposibilita disfrutar de una historia.

En este género se coloca en una constante competencia a la ficción con la ciencia. A la ficción se le exige que sea igual de fidedigna, y real, que las teorías científicas que estructuran a la película. A la ciencia se le pide que sustente toda acción detrás de la ficción.

¿Cómo creer que es posible el viaje a través de un agujero negro en ‘Interstellar’ si al final (SPOILER) el personaje de Matthew Mcgonaughey termina dentro de uno en una biblioteca de cuatro dimensiones comunicándose con su hija? ¿De qué forma entender el viaje por la órbita de la tierra de Sandra Bullock en ‘Gravity’ si uno de sus desplazamientos es gracias a un extintor?

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Si la imaginación estuviera tan peleada con la razón sería mucho más difícil crear nuevas teorías científicas. Si la ficción no fuera parte intrínseca de la realidad no podríamos contar con la ambición suficiente para voltear a ver a las estrellas y querer conocer más allá de nuestro propia realidad.

Eso es lo emocionante de la ambivalencia perfecta entre la ciencia y la ficción, la posibilidad de entender los viajes a través del espacio, y el tiempo, como caminos introspectivos en la mente de cada individuo y la ambición de la raza humana por ver más allá de las estrellas.

Por supuesto que debemos exigir coherencia narrativa y sentido lógico en los supuestos teóricos que sustentan a una historia. Claro que tenemos el deber de argumentar y colocarnos en una posición ante una idea. Sin embargo, no debemos caer en la soberbia de hacer competir a la ciencia con la tecnología cuando pueden funcionar juntas si se les da la oportunidad.

Como espectadores, tenemos el poder de exigir historias inteligentes que nos permitan disfrutar de mundos distantes, y personajes extraordinarios, al mismo tiempo que nos reten a entender teorías científicas que sustenten la posibilidad de viajes maravillosos.

Timey-Wimey y la zona de confort de Doctor Who en la octava temporada.

Como podrán haberse dado cuenta (gracias a anteriores entradas, mi Twitter y Facebook) me considero un fan de hueso colorado de Doctor Who (más del New Who que del Classic) y, como tal, tiendo a caer en comentarios subjetivos de fangirl cuando se trata de hablar de dicha serie, sus personajes y capítulos, por lo que trato de no escribir tanto sobre ello. Sin embargo, después de haber visto por completo la octava temporada me encontré con la imperiosa necesidad de compartir mi opinión y el enorme disgusto que me llevé con ella.

Desde que la serie fue renovada en 2005, han sido muchos los escritores que han creado y perfilado historias del Doctor. Sin embargo, Russell T. Davies y Steven Moffat -al ser showrunners- han aportado mucho más al nuevo universo. El primero se distinguió por crear historias más simples y sin arcos argumentales ambiciosos, centrándose más en “el monstruo de la semana”. Moffat, en cambio, se ha encargado de hacer todo lo contrario: tramas elaboradas, historias completas y arcos argumentales que abarcan más de una temporada. Sin embargo, esta temporada se le fue de las manos.

De entrada, estaba el reto de hacer que las audiencias empatizaran con un nuevo Doctor. Así, Moffat decidió enfocar todos sus esfuerzos en construir el personaje del doceavo Doctor (algo que sucedió fantásticamente gracias a la maravillosa actuación de Peter Capaldi) para dejar en segundo plano las historias. Con eso lo único que logro fue sacrificar la complejidad de argumentos inteligentes y nos brindó, en cambio, historias sencillas y sin chiste.

La octava temporada debería haber sido refrescante -y única- debido a la cantidad de escritores nuevos  que participaban en cada capítulo. En lugar de eso se creó una constante en historias inconsistentes, donde los conflictos centrales de cada capítulo eran resueltos con salidas fáciles y clichés baratos. Moffat nos presentó las historias más flojas de toda la serie.

Pareciera que, en lugar de tratar de innovar y renovarla, los escritores decidieron quedarse en la zona de confort y optar por hacer historias simples sin consecuencias. Por supuesto que existieron fatalidades en cada capítulo, pero ocurren tan rápido y a personajes con tan poca importancia que no aportan nada a la historia.

Ejemplos sobran, desde la flecha de oro que “impulsa a la nave a salir de la órbita” en ‘Robots of Sherwood’, el uso desmedido del screwdriver para desaparecer a las criaturas de dos dimensiones en ‘Flatline’, el ejército de Cyberzombies que no tuvieron otra función más que volar en pedazos en ‘Death in heaven’ y los bosques que nos vinieron a “salvar” en ‘In The Forest Of The Night’. Todas se convirtieron en soluciones rápidas que absuelven de explicaciones -a los autores y a los conflictos- para cerrar historias que comenzaban a salirse de control.

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La temporada se planteó como un comienzo nuevo en el mundo de Doctor Who y terminó por convertirse en un cúmulo de historias donde no sucedió nada. El arco argumental (esencial en antiguas temporadas) pasó a segundo plano y fue reducido a pequeños cameos de Michelle Gomez  y su ‘Nethesphere’ al final de tan sólo 4 capítulos. Lo que ocasionó que la temporada avanzara en su selección de historias mientras que los personajes se quedaban estáticos.

Por supuesto que tuvimos una temporada cargada de character development entre Clara y el Doctor, algo que reconozco y festejo con creces.  De igual manera celebro la inclusión de Michelle Gomez como (SPOILERS) The Master. Sin embargo, una serie debe de contar también con historias que cautiven y no que formen parte  del trasfondo, institucionalizando a los personajes.

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También nos presentó a uno de los personajes más inconsistentes y desatinados de la serie: Danny Pink. Lo que pretendía funcionar como catalizador en la vida amorosa de Clara y representante de la  parte humana de la serie, terminó por convertirse en todo lo contrario: un hombre celoso, manipulador y poco permisivo que sólo funciona para reflejar la opinión que Moffat tiene sobre las relaciones entre género y el lugar que deben de “ocupar” los hombres y mujeres en la sociedad.

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Su participación en la serie fue inconsistente y muy poco empática, lo  que ocasionó que me fuera imposible emocionarme con la relación que mantuvo con Clara de la misma forma que no me generó sentimiento alguno al momento de su partida.

Claro que hubo capítulos que me parecieron alentadores. ‘Deep Breath’ me dejó cautivado con la emoción y la fuerza argumental que depositó en los personajes, ‘Listen’ fue un bonito recuerdo de la vida del Doctor, incluso ‘Dark Water’ planteó ideas interesantes sobre la vida y la muerte pero que nunca llegaron más allá.

Como fan asiduo de Doctor Who que soy, me gusta gozar de sus capítulos y sentirme parte de un mundo tan grande como el que todos los Whovians constituimos. Sin embargo, como todo televidente, no me gusta que den por sentado que por ello todo lo que hagan me va a gustar.

Me considero un televidente fácil de convencer pero eso no minimiza que me guste ver historias de calidad que propongan ideas nuevas y que salgan de la zona de confort y Doctor Who no está exento a este predicamento.

Disfruté mucho de la temporada (como fangirl que soy) pero me quedó debiendo mucho.  Espero que para la siguiente, Moffat decida arriesgarse más y comience a crear historias que de verdad tengan impacto en la vida de los personajes, y los rete de alguna manera, y no que sean meros reproductores de su zona de confort.

 

The Affair: rompiendo paradigmas de género.

Si hay algo que el mundo del entretenimiento se ha encargado de romper este año es el trope* tan usado en las series y películas del matrimonio: aquel donde el hombre es siempre el macho descuidado y la mujer la esposa entregada y acomedida que exponen su vida juntos por medio de una mirada unilateral.

Filmes como ‘Gone Girl’ y ‘The Dissapearance Of Eleonor Rigby” nos muestran lo que el matrimonio significa desde diferentes puntos de vista. En cada uno podemos ver la misma historia contada desde la perspectiva del hombre y de la mujer, mientras los engaños y las mentiras se van desdoblando poco a poco.

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Este tipo de formato resulta muy refrescante, ya que nos muestra ambas miradas de una situación en particular -y desde puntos de vista muy subjetivos-  que tratan de imitar la realidad, al mismo tiempo que exhiben los imaginarios atravesados las relaciones entre sexos que ayudan a alimentar los estereotipos y prejuicios propios de cada género.

Fórmula que le funciona perfectamente a la nueva serie dramática de Showtime: The Affair. En ella se cuenta la historia de Noah y Alison, un par de individuos que viven sus propios matrimonios,  cuyas historias se atraviesan -y entrelazan- al mismo tiempo que se meten un tormentoso amorío. En cada capítulo vemos cómo es que estas dos personas se conocen y, poco a poco, se van enamorando.

De esta forma podemos ver cómo es que Noah y Alison cuentan la misma historia desde su propia perspectiva. Así, mientras que en la subjetividad de Noah, Alison es retratada como una musa encargada de seducirlo en todos los sentidos. En la historia de Alison, Noah no deja de buscar pretextos para pasar tiempo con ella. Dejándonos con un resultado tan atractivo como interesante.

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Así, podemos entender que las mujeres no necesitan- ni tienen que- ser tan sumisas como comúnmente se  les retrata, de la misma forma que  los hombres no deben ser los soportes económicos inmediatos del hogar, ni los dueños de las decisiones totalitarias del matrimonio.

Discursos como éstos comienzan a marcar precedentes en la forma en que los nuevos discursos audiovisuales deben comenzar a hacerse: con una estructura narrativa inteligente y con elementos lúdicos que nos permitan abrir un abanico de oportunidades con cada capítulo.

Son historias que cuestionan los imaginarios que la sociedad se ha encargado de construir a lo largo del tiempo y que, con ellos, ha erigido una de las instituciones más “respetadas” de los últimos tiempos: el matrimonio feliz. Seguido inmediatamente por el de la familia.

Estructuras narrativas así alientan a las audiencias a modificar los patrones de conducta -y estructuras paradigmáticas de pensamiento- tan arraiagadas sobre el “deber ser” del hombre y el “deber ser” de la mujer en las relaciones interpersonales y en los matrimonios.

Me da gusto poder encontrarme con discursos tan pro-activos como estos que nos reten como audiencias y nos permitan elaborar nuestros propios imaginarios sobre lo que sucede a nuestro alrededor. Historias que no den todo por sentado y confíen en que sus televidentes no son tan ingenuos como parecen.

 

*Trope: Una figura conceptual,  atajo literario, o patrón,  que las audiencias pueden reconocer -e identificar- de forma sencilla .