Lala Land y la cinematografía de un sueño

A estas alturas ya debes estar enterado, querido lector, de la película que ha causado una sensación entre los críticos y las audiencias, Lala Land. Por supuesto que, debido a tanta atención, el filme ha ocasionado puntos de vista muy divisivos, pero yo no estoy aquí para hablar de eso.

No, yo quiero explicarles porqué considero que esta película está hecha por y para soñadores y cómo es que representa esto haciendo uso de una gran variedad de recursos narrativos de diferentes e interesantes magnitudes. Bienvenidos, a la ciudad de las estrellas.

Dejemos esto claro, Lala Land es un musical y, como toda buena pieza audiovisual de este género, involucra una narrativa melódica y elementos fantásticos que permiten a la audiencia sentir empatía por los protagonistas y poder seguir con facilidad la historia que se desenvuelve frente a ellos.

las herramientas narrativas del musical (la música, la lírica, la repetición), en sí, funcionan como una forma alternativa de representar, en el cine y teatro, a los sueños y las fantasías que se desarrollan en el mundo creado por los protagonistas como un medio de escape de la realidad rutinaria que no es melódica, sino estática.

El filme comienza con un momento musical que establece el tono y las bases centrales de la película: una tarde calurosa en Los Ángeles, donde el tráfico y la cotidianidad están a la orden del día, es irrumpida por un grupo de automovilistas que narran (por medio de una melodía, coreografías y atuendos coloridos) una serie de momentos importantes en sus vidas donde recuerdan haber cumplido sus sueños, permitiéndoles ser felices.

Con esta declaración, Lala Land dedica sus casi dos horas de duración a retratar a una pareja con sueños y metas independientes de su relación y cómo, a pesar de las adversidades, los dos hallan formas y modos diferentes para motivarse a alcanzarlos, incluso si una de estas adversidades son ellos mismos.

Gracias al uso de diferentes técnicas cinematográficas, el director logra construir a la perfección el mundo del soñador frustrado. Con cada tropiezo y éxito sucedido, Damien Chazelle logra colocar a la audiencia en la mente de sus personajes elaborando escenas que hablan muchísimo más que el conjunto explícito de diálogos y conversaciones que sus protagonistas, Mia y Sebastián, tienen sobre sus metas a corto y largo plazo.

Cada que uno de su personajes se encuentra en un estado de estaticidad en relación a su vida profesional, el director enmarca sus tomas y asfixia a los involucrados para que el espacio luzca claustrofóbico y apretado, como si no existiera una forma de salir de ahí.

Así, podemos ver cómo Mia es enmarcada entre dos anuncios luminosos mientras se encuentra frustrada después de haber sido rechazada en otra audición, o a Sebastian siendo sofocado por las pequeñas paredes de su departamento mientras su hermana le explica lo complicado que puede resultar su sueño de abrir su propio club de Jazz.

La historia representa a un mundo con adversidades, sí, pero Chazelle también direcciona muchos de sus esfuerzos en asegurar que nada está perdido. Cuando Mia o Sebastian están juntos, platicando de sus futuros, la cámara se coloca estratégicamente detrás de ellos, viendo hacia el cielo, como si fueran parte de la audiencia y el director tratara de colocarnos frente a un futuro prometedor, pero inalcanzable, que podrían tener juntos.

De hecho, muchas de las tomas de Mia y Sebastian juntos son elaboradas para que ellos sean parte de la audiencia y no protagonistas de su historia. Varios momentos son enfocados desde la perspectiva subjetiva del público, a la misma altura de ellos, viendo hacia arriba o hacia el frente.

(SPOILER)

Algo que se invierte cerca del final, cuando la pareja decide terminar su relación y enfocar sus esfuerzos individuales en tratar de alcanzar sus sueños. En ese momento, la cámara los toma desde abajo, colocándolos en el lugar donde antes estaba su mirada, en el cielo estrellado.

Hay una toma en particular, después de la audición de Mia (donde, por cierto, las personas que le hacen la audición Pasana ser la audiencia) en la que los dos están sentados en la banca fuera del observatorio y la cámara realiza un contrapicado (es decir, una toma vista desde abajo), dejandólos a ellos a la altura del cielo. Justo en el lugar donde siempre quisieron estar.

(FIN DEL SPOILER)

El protagonismo que toman los planos secuencia (o escenas grabadas en una sola toma) no es mera coincidencia, Lala Land nos recibe con una serie de planos secuencia que no hacen otra cosa que reforzar la idea del camino que los protagonistas tienen que tomar.

Me explico para que un plano secuencia funcione dentro de una narrativa necesita de una innumerable cantidad de ensayos de la misma escena para que no haya ningún error y pueda desarrollarse con la cadencia y ritmo que requiere.

Cuando la cámara sigue a los protagonistas a lo largo de una de estas tomas, da entrada a generar empatía y un tipo de camaradería que solo alguien que acompaña a otra persona en su viaje de crecimiento es capaz de entender. Los planos secuencia son, entonces, la ejemplificación narrativa de la historia de Mia y Sebastian.

Si hay algo que debaemos reconocerle a Damien Chazelle como director es el esfuerzo y tiempo que le dedica a la representación lógica y cuidadosa de su historia tanto narrativa como cinematográficamente. Dedicación y esfuerzo que imprime de primera mano en los personajes de Mia y Sebastian.

One Remake At A Time

There is no rulebook for a perfect time to premiere a TV show, but, if it were, then the new Netflix series One Day At A Time would’ve ticked all the boxes. In an era where remakes are around the corner, this particular TV show, even though is a remake of the 1975 classic, feels particularly fresh and very aware of the context its living in.

I don’t think that the showrunners, Gloria Calderón Kellet and Mike Royce, would have pictured this particular show as a remedy for the Post-Trump election audience, but it sure feels like it. In this day and time, there’s nothing more radical than a TV show starring a cuban veteran nurse of Afghanistan living in Los Angeles and trying to raise her two kids with the help of her mother, as the life of Penelope Álvarez in One Day At A Time.

Granted, the very idea of the selfless single mother navigating through the challenges of life, has been made countless of times both in movies and TV shows, but, and this is what it makes this serie so profoundly adequate, they have never focused the attention on the challenges of being a woman, specially an immigrant.

Focusing the narrative only on the problems of motherhood without understanding what’s like to be a woman, and on the essence and construction behind a woman’s perspective, has always been an usual problem on stories like this. They have been telling us that motherhood (and especially single motherhood) is something inherent to womanhood, something to suffer about, to embrace as something women must own.

Netflix’s One Day At A Time understands this particular issue and depicts it on a whole new view, by building their characters from scratch. Yes, Penelope is a single mother of two, but in no way the series confines her to portray only that role in her arc. She also is a nurse, a veteran, a divorced woman, a daughter and a single lady looking for love.

Of course that she has problems raising her kids by her own, but what’s really meaningful about this show is that her role as a mother is not the one that is carrying the story along. Her collected experiences as a woman living in the USA are the real focus, motherhood just happens to be one of them.

The same thing happens with the depiction of her mother Lydia and Penelope’s daughter Elena, they are both full and well-rounded characters with their own opinions and agency, trying to understand what does it means to be a woman nowadays. Thus, the more profound and enjoyable episodes are the ones that keeps challenging each and one of their personal opinions with the ones around them, and specially with each other.

Lydia is a catholic woman who migrates to USA in the midst of Castro’s goverment looking for a new place to call home, Elena, on the other hand, is cuban girl born in the United States with a particular interest on social challenge and new ways to improve the world she lives in. They both understand life differently, but because the great love they share, they are capable of grasp their opinions and respect each other.

The show not only finds many ways to give her women a voice, but it also manages to put it front and center with a handful of serious debates, that the characters have in each episode, around women’s rights, sexism, religion, lesbianism and gender pay gap. Make no mistake, giving this women her own voice and agency in no way means that the male roles are overshadowed by them, if anything, it helps them to be portrayed in a happier and more fulfilling light.

One Day At A Time makes an incredible effort to present flawed but caring men, that are usually influenced but not defined by toxic masculinity, capable of having profound discussions about homosexuality, mansplaining and sexism without being subjected or depicted as the villains of the story. Something that, at least in my case, helped me to confront the social perspective around of what’s really like to be a man nowadays.

It feels quite refreshing to find a TV show, with the narrative structure of a sitcom, capable of going to the places that even some serious series hadn’t had the nerve to go. Because in a world full of remakes, the ones that are here to propose instead of playing common patterns are the ones that are more likely to succeed.