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Los científicos de la (impa)ciencia.

En contraposición al tema del que escribía ayer -y en referencia a la disparidad permanente entre ciencia y ficción- hoy hablaré un poco de lo que sucede del otro lado de la moneda: Los científicos que “hacen” ciencia en la ficción.

Como bien mencionaba anteriormente, cuando se trata de la Ciencia Ficción, existe una gran competencia entre una y la otra. En unos casos la ciencia se sobrepone a la ficción y le exige sustentos tangibles para poder entender su narrativa. En otros, la ficción opaca a la ciencia y no necesita más que de clichés para dar a entender que está sucediendo algo científico.

Cuando en la primera se exige un nivel de entendimiento mayor de teorías y conceptos científicos, en la segunda se abusa del trope del científico que usa bata y hace ciencia en enormes pizarrones. Una vez más, la ciencia y la ficción son sometidas a una dura competencia.

¿Cuántas veces no hemos visto un pizarrón lleno de fórmulas como método narrativo que nos permita entender que lo que está pasando en la historia, efectivamente, es algo científico? ¿Cuántos individuos con bata, Gafapastas y bigote pequeño necesitamos ver para entender que nos encontramos, realmente, ante una persona que sabe de ciencia?

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Elementos como esos son fáciles de encontrar en discursos de ficción (y algunos muy malos de ciencia ficción) cuando se trata de abordar un tema científico sin tener el interés de explicar lo que sucede de trasfondo, ¿Para qué perderse en explicaciones molestas si el punto no es ese?

Precisamente por eso, porque un discurso inteligente no debería dar por sentados todos los elementos de su historia. Al contrario, debe molestarse (aunque sea un poco) por plantear una problemática que se sustente de alguna forma que no sean un par de científicos haciendo ciencia sin sentido.

Con este tipo de salidas fáciles  lo único que puede provocar en las audiencias (al menos en mi caso) es un alto grado de condescendencia, de dar por sentado que no somos individuos suficientemente inteligentes como para entender teorías científicas.

Caso contrario a muchos discursos preponderantes en la Ciencia Ficción, los cuales se enfrascan en tratar de complicar su trama ficticia con tal de lograr que cada acción -y reacción- tengan un sustento creíble ,y respaldado, por la comunidad científica.

Una historia no necesita de un individuo en bata que esté escribiendo fórmulas en un pizarrón para darnos a entender que lo que está a punto de suceder tiene una base supuestamente “científica”. El hecho de explicar que las cosas suceden por si mismas no generan diferencia alguna a que si no hubiese  explicación.  Los científicos no hacen ciencia por hacerla de la misma forma en que los escritores no escriben en vano.

No porque el personaje de Johnny Depp en ‘Transcendence’ tenga un pizarrón lleno de números debemos entender (y dar por aceptada) su teoría de la Inteligencia artificial. Tampoco debemos hacernos de la vista gorda cuando en Doctor Who un montón de hombres vestidos con batas y microscopios, y moviéndose de un lado a otro, nos quieran hacer entender que lo que está sucediendo es una investigación científica.

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Así como me gustaría que existieran discursos -de Ciencia Ficción- que nos propusieran ideas nuevas que nos reten en sus discursos, sin que tengan que  justificar el sustento científico que justifique una narrativa fidedigna, me encantaría que existieran historias que no abusaran del recurso del científico que hace ciencia para dar por aceptada una teoría en la ciencia.

Una buena historia necesita de elementos suficientes que sustenten las ideas que plantea sin verse muy soberbia de la misma forma que necesita tomarse las cosas un poco más a la ligera sin insultar la inteligencia de su audiencia.

Pero, sobretodo, una buena historia debería poner a competir a los géneros que la conforman sino usarlos en su favor y combinarlos para crear discursos que se superen así mismos.

La continua competencia entre la ciencia y la ficción.

Una de las grandes ventajas del cine es la capacidad de asombro que puede generar en las audiencias. Para bien o para mal, la mayoría de nosotros va a ver una película para transportarse a mundos -e historias- que se encuentran fuera de su propia realidad y, como tal, se permite así mismo creer que todo lo que está viendo es posible.

Como espectadores nos volvemos parte de la ficción que está frente a nosotros, aceptando las reglas que se plantean desde un inicio y participando en las dinámicas narrativas que estructuran el discurso.

De ese modo podemos creer que existen fábricas con ríos de chocolate, de la misma manera en que podemos imaginar  que un asesino que se dedica a asesinarte en tus sueños es plausible. Los espectadores nos convertimos en repositorios de la imaginación y la creatividad, al mismo tiempo que somos móviles de mensajes específicos.

Sin embargo, cuando la ficción se mezcla con la ciencia (o Ciencia Ficción) se nos dificulta mucho separar uno del otro y, como individuos lógicos, buscamos encontrar sentido -y pruebas contundentes- en historias hipotéticas.

Según la página www.readwritethink.org, la Ciencia Ficción “es un género donde las historias, usualmente, hablan de ciencia y tecnología en el futuro” y agrega que “es importante notar que la Ciencia Ficción tiene una relación con los principios de la ciencia y que, al mismo tiempo, involucra teorías y leyes básicas de la misma”.

Como podemos ver, dicho género no se distancia de cualquier otro en la ficción. La diferencia importante es el uso de la tecnología, y la ciencia, como móviles prácticos para contar una historia que, como tal, configura el principal obstáculo que colocamos antes de ver una película -o serie- de Ciencia Ficción.

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Con la Ciencia Ficción nos situamos, como espectadores, en la dicotomía de ficción/realidad e imaginación/razón desde un principio y buscamos que la historia tenga coherencia total. Las teorías que nos presentan deben ser sustentadas a la perfección y la ciencia debe tener su base teórica que la mantenga a flote. Lo cual nos imposibilita disfrutar de una historia.

En este género se coloca en una constante competencia a la ficción con la ciencia. A la ficción se le exige que sea igual de fidedigna, y real, que las teorías científicas que estructuran a la película. A la ciencia se le pide que sustente toda acción detrás de la ficción.

¿Cómo creer que es posible el viaje a través de un agujero negro en ‘Interstellar’ si al final (SPOILER) el personaje de Matthew Mcgonaughey termina dentro de uno en una biblioteca de cuatro dimensiones comunicándose con su hija? ¿De qué forma entender el viaje por la órbita de la tierra de Sandra Bullock en ‘Gravity’ si uno de sus desplazamientos es gracias a un extintor?

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Si la imaginación estuviera tan peleada con la razón sería mucho más difícil crear nuevas teorías científicas. Si la ficción no fuera parte intrínseca de la realidad no podríamos contar con la ambición suficiente para voltear a ver a las estrellas y querer conocer más allá de nuestro propia realidad.

Eso es lo emocionante de la ambivalencia perfecta entre la ciencia y la ficción, la posibilidad de entender los viajes a través del espacio, y el tiempo, como caminos introspectivos en la mente de cada individuo y la ambición de la raza humana por ver más allá de las estrellas.

Por supuesto que debemos exigir coherencia narrativa y sentido lógico en los supuestos teóricos que sustentan a una historia. Claro que tenemos el deber de argumentar y colocarnos en una posición ante una idea. Sin embargo, no debemos caer en la soberbia de hacer competir a la ciencia con la tecnología cuando pueden funcionar juntas si se les da la oportunidad.

Como espectadores, tenemos el poder de exigir historias inteligentes que nos permitan disfrutar de mundos distantes, y personajes extraordinarios, al mismo tiempo que nos reten a entender teorías científicas que sustenten la posibilidad de viajes maravillosos.

Anaconda: ¿Discurso de empoderamiento o cosificación?

Hace no poco, mientras buscaba videos en Youtube, me topé con un canal llamado TheFineBros donde, aparte de realizar audiovisuales musicales, tenía una sección en la que diferentes grupos de edades (niños, adolescentes y tercera edad) veían un video y hablaban sobre lo que pensaban de ello.

Y entre tantísima curiosidad me topé con este extraordinario video: https://www.youtube.com/watch?v=1Uf7UpkbfmY donde un grupo de adolescentes tenían que opinar sobre el nuevo video de Nicki Minaj, ‘Anaconda’. Fueron muchas las reacciones, sin embargo, hacia al final los autores les preguntan a sus invitados  si creen que este video es empoderador o cosificador femenino. Algo que me pareció extraordinario.

La mayor parte de los entrevistados estuvieron de acuerdo con que ‘Anaconda’ no reflejaba ningún discurso empoderador, al contrario, se encargaba de cosificar a la mujer y a su cuerpo. Eso me dejó pensando.

Primero que nada, me gustaría agregar que me parece interesantísimos estos tipos de ejercicios, donde ponen a sujetos de cierto grupo social y con edades específicas a opinar sobre temas que son parte de la cultura pop actual pero que pueden tener un bagaje conceptual importante. Habiendo dicho eso, me gustaría dar mi opinión sobre el tema.

De entrada, lo crucial de la pregunta planteada por estos individuos proviene de un discurso latente presente en los argumentos de la cantante autora de dicha canción. Ella, al ser atacada por mostrar tantas imágenes sexualizadas de la mujer en su video, argumentó que le sorprendía mucho que se pusiera la lupa en ese particular característica de su video cuando en portadas de revistas es posible encontrar imágenes de mujeres con mucho menos ropa y que, en realidad, su video se encargaba de mandar un mensaje de empoderamiento.

Según Hilary Lips (1991) un ser empoderado “experimenta un crecimiento y un desarrollo de su sentido de autonomía, así como una confianza en sus propias habilidades y una capacidad para lograr un propósito”. De manera que una persona se empoderará al momento en que sea capaz de entender, y aceptar, de lo que es capaz con sus habilidades y características propias que lo diferencian de los demás. La cosificación, por otro lado, se trata de reducir a un sólo atributo a una persona y, en consecuencia, tratarla como si fuera un objeto.

En el video de Anaconda podemos ver cómo la cantante, constantemente, muestra imágenes sexualizadas de sí misma y de las mujeres que la acompañan. Nicki, en ese sentido, termina por cosificarse así misma y a las mujeres a su alrededor al reducir su discurso a su trasero como único atributo.

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Si el video -y la canción- se centrarán en el empoderamiento de la mujer no depositarían todos sus esfuerzos por resaltar un sólo atributo femenino, al contrario, permitiría entender a las mujeres mostradas en el audiovisual -así como a la audiencia- que una sola característica no debe catalogar a una mujer sino todo lo que la conforma.

Y por supuesto que podría entenderse como un discurso de empoderamiento el hecho de que la artista argumente que es dueña de su cuerpo y puede tener control sobre sí misma -y los demás- con ello, pero creo que ese es precisamente el problema. Sí se tratara de hablar de la mujer como una totalidad -con sus atributos, capacidades, habilidades y deficiencias- y no como un objeto sexual el discurso sería totalmente empoderado, pero no es el caso de ‘Anaconda’.

Incluso la artista no tiene opinión -ni agencia- sobre su cuerpo ya que, en contraposición, solamente está siguiendo las tendencias que se tienen sobre la imagen de la mujer: un objeto sexualizado que debe cumplir nada más una función, ser sensual. En este sentido, la sociedad tiene control sobre el cuerpo de Nicki y la manera en que debería de verse.

Me parece importante agregar que ni el empoderamiento ni la cosificación son discursos exclusivos de las mujeres. Ambos son conceptos que atraviesan los cuerpos -y la sexualidad- de hombres y mujeres, colocándolos en espacios simbólicos de escrutinio y crítica permanente. Los estereotipos de género  estarán atravesados en todos nuestros discursos.

Actualmente podemos encontrar muchísimos discursos de empoderamiento en la música y la televisión (de diversas mujeres que son voces representativas en la sociedad), sin embargo, ‘Anaconda’ no es uno de ellos.

Bibliografía:

Lips, H. (1991) Women, men, and power. Mountain View: Mayfield.

El impacto de la cultura pop en el feminismo y las masculinidades.

Hace algunas semanas atrás las redes sociales se saturaron de imágenes de la actriz Emma Watson y el discurso de Igualdad de Género que dio como embajadora de la UN Women.  En él Emma explicó a profundidad su punto de vista sobre lo que para ella significa el feminismo y lo que es ser feminista.

La actriz trató muchos puntos de suma importancia que llamaron mi atención de principio a fin; los derechos humanos que todas las personas, como individuos, podemos gozar; la importancia que tiene tomar en cuenta la igualdad de género para todas las personas; y la percepción actual del feminismo, entre otras.

Y en este último punto, en particular, creo que es donde se debe poner extrema atención. Emma explica, certeramente, que el feminismo no debe de entenderse como un odio hacia los hombres, sino, más bien, como una “creencia de que hombres y mujeres deben tener igualdad de derechos y oportunidades”, y -después de colocar a las masculinidades en el mismo nivel conceptual- no podría estar más de acuerdo.

Uno de los mayores problemas con los que me he encontrado últimamente es con la común malinterpretación de movimientos de género tan potentes como lo son el feminismo y las masculinidades. Existe una fiel percepción, entre la gente, de que el feminismo se define intrínsecamente como un odio rotundo al género masculino. El caso de las masculinidades no es muy diferente, ya que se considera como una repulsión hacia el género femenino. Por ello, y para poder entender un poco más a estos movimientos, creo prudente -y muy necesario- hacer unas aclaraciones conceptuales.

Después de una concienzuda lectura hecha a un texto publicado por María Alejandra Salguero (2013) y previas investigaciones a trabajos de Judith Butler,  pude entender que el feminismo y las masculinidades catapultan -sí- sus intenciones en busca de una igualdad (tanto en derechos como oportunidades) entre hombres y mujeres pero, también, buscan entender -y complejizar- las prácticas que forman parte del proceso de construcción de identidades de cada persona (independientemente de su sexo).

Contrario a las ideas preconcebidas que se tienen sobre ambos movimientos, el feminismo no busca erradicar al género masculino ni mucho menos erigir a las mujeres sobre los hombres. De la misma forma, las masculinidades no buscan nuevas formas de violentar a las mujeres ni de quitarles su lugar en la sociedad. Estos movimientos buscan entender las razones en que, tanto hombres y mujeres, se comportan de la forma en que lo hacen -es decir, su agencia- y las formas en que los contextos los determinan -es decir, su estructura-, para así entender y aspirar por una igualdad de géneros plausible.

Sería un error de mi parte asegurar que todo lo que no abarcan dichas definiciones deberían ser considerados como radicalismos (machismo y hembrismo), sin embargo, muchas de esas  malintepretaciones conceptuales surgen de eso mismo,  de la “batalla entre sexos” tan recurrente, en nuestra sociedad actual, que su único fin es minimizar al otro.

El problema, entonces, radica en la constante generalización a la cual nos sometemos a nosotros mismos y a los demás, sin antes saber sobre el origen de las palabras y sus vertientes, así como el impacto social que nuestras conclusiones apresuradas generan.

La idea es dejar de llevarnos por supuestos interiorizados y comenzar por preguntarnos de dónde vienen esas percepciones y a dónde queremos llegar con ellas  sin que sea de extrema necesidad el uso de discursos hechos por figuras públicas para darnos cuenta de ello.

Bibliografía:

Salguero, M. (2013) Los Hombres en México. Academia Mexicana de Estudios de Género de los Hombres, México.