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La continua competencia entre la ciencia y la ficción.

Una de las grandes ventajas del cine es la capacidad de asombro que puede generar en las audiencias. Para bien o para mal, la mayoría de nosotros va a ver una película para transportarse a mundos -e historias- que se encuentran fuera de su propia realidad y, como tal, se permite así mismo creer que todo lo que está viendo es posible.

Como espectadores nos volvemos parte de la ficción que está frente a nosotros, aceptando las reglas que se plantean desde un inicio y participando en las dinámicas narrativas que estructuran el discurso.

De ese modo podemos creer que existen fábricas con ríos de chocolate, de la misma manera en que podemos imaginar  que un asesino que se dedica a asesinarte en tus sueños es plausible. Los espectadores nos convertimos en repositorios de la imaginación y la creatividad, al mismo tiempo que somos móviles de mensajes específicos.

Sin embargo, cuando la ficción se mezcla con la ciencia (o Ciencia Ficción) se nos dificulta mucho separar uno del otro y, como individuos lógicos, buscamos encontrar sentido -y pruebas contundentes- en historias hipotéticas.

Según la página www.readwritethink.org, la Ciencia Ficción “es un género donde las historias, usualmente, hablan de ciencia y tecnología en el futuro” y agrega que “es importante notar que la Ciencia Ficción tiene una relación con los principios de la ciencia y que, al mismo tiempo, involucra teorías y leyes básicas de la misma”.

Como podemos ver, dicho género no se distancia de cualquier otro en la ficción. La diferencia importante es el uso de la tecnología, y la ciencia, como móviles prácticos para contar una historia que, como tal, configura el principal obstáculo que colocamos antes de ver una película -o serie- de Ciencia Ficción.

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Con la Ciencia Ficción nos situamos, como espectadores, en la dicotomía de ficción/realidad e imaginación/razón desde un principio y buscamos que la historia tenga coherencia total. Las teorías que nos presentan deben ser sustentadas a la perfección y la ciencia debe tener su base teórica que la mantenga a flote. Lo cual nos imposibilita disfrutar de una historia.

En este género se coloca en una constante competencia a la ficción con la ciencia. A la ficción se le exige que sea igual de fidedigna, y real, que las teorías científicas que estructuran a la película. A la ciencia se le pide que sustente toda acción detrás de la ficción.

¿Cómo creer que es posible el viaje a través de un agujero negro en ‘Interstellar’ si al final (SPOILER) el personaje de Matthew Mcgonaughey termina dentro de uno en una biblioteca de cuatro dimensiones comunicándose con su hija? ¿De qué forma entender el viaje por la órbita de la tierra de Sandra Bullock en ‘Gravity’ si uno de sus desplazamientos es gracias a un extintor?

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Si la imaginación estuviera tan peleada con la razón sería mucho más difícil crear nuevas teorías científicas. Si la ficción no fuera parte intrínseca de la realidad no podríamos contar con la ambición suficiente para voltear a ver a las estrellas y querer conocer más allá de nuestro propia realidad.

Eso es lo emocionante de la ambivalencia perfecta entre la ciencia y la ficción, la posibilidad de entender los viajes a través del espacio, y el tiempo, como caminos introspectivos en la mente de cada individuo y la ambición de la raza humana por ver más allá de las estrellas.

Por supuesto que debemos exigir coherencia narrativa y sentido lógico en los supuestos teóricos que sustentan a una historia. Claro que tenemos el deber de argumentar y colocarnos en una posición ante una idea. Sin embargo, no debemos caer en la soberbia de hacer competir a la ciencia con la tecnología cuando pueden funcionar juntas si se les da la oportunidad.

Como espectadores, tenemos el poder de exigir historias inteligentes que nos permitan disfrutar de mundos distantes, y personajes extraordinarios, al mismo tiempo que nos reten a entender teorías científicas que sustenten la posibilidad de viajes maravillosos.

Magic in the Moonlight: en el límite de las comedias románticas y la narrativa simplista.

Desde hace (casi) cincuenta años, Woody Allen nos ha deleitado -año tras año- con historias maravillosas y otras no (tan) maravillosas que nos hablado de los problemas de la modernidad, las relaciones en pareja y la crisis de los individuos por encontrar su propia identidad.

Este año, el cineasta no se queda atrás y nos presenta su último filme: Magic in the Moonlight. En ella vemos cómo un mago inglés, llamado Stanley, busca desenmascarar a Sophie, una  espiritista estadounidense que parece que sus únicos motivos son estafar a las familias ingenuas y acaudaladas.

Cabe destacar la actuación de Emma Stone como Sophie, la espiritista ingenua que parece no esconder ningún tipo de secreto. Personaje que me sorprendió gratamente por el tratamiento tan respetuoso y adecuado que la actriz le imprime y la forma tan única que usa para desarrollarse en una historia que busca evidenciarla desde el principio.

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Algo que me gustó mucho de esta nueva entrega de Allen es el argumento predominante en toda la película: la contraposición tan fuerte en la que la ciencia y la religión se encuentran posicionadas en la mente de las personas y la enorme influencia que cada una de ellas figura en el pensamiento de cada individuo.

De esa forma, y muy a su estilo, muestra los extremos de cada corriente de pensamiento: Por un lado están los creyentes que dedican su vida a buscar la felicidad en elementos que están más allá de su entendimiento terrenal. Por otro, están los escépticos que dedican su vida a comprobar teorías gracias a objetos tangibles y hechos reales.

Debo agregar que concuerdo con el director cuando argumenta que los seres humanos no deberíamos necesitar de elementos imposibles de comprender para encontrar la felicidad cuando las podemos ver en las pequeñas cosas de la vida. Sin embargo, difiero enormemente en la manera en que la narrativa le hace justicia a esta idea. Y ese creo que es el mayor problema de esta película: su narrativa.

SPOILERS

De entrada, el personaje de Colin Firth (Stanley) se nos es presentado como un individuo que es escéptico de la cabeza a los pies; es un mago que está seguro que todo evento y circunstancia de la vida tiene una razón de existir y que la raza humana no debería depender de un destino trazado por un ser superior a nosotros.

Sin embargo, todo esto que lo distingue como personaje construido se desvanece al momento en el que el personaje de Emma Stone (Sophie) le demuestra lo contrario, gracias a una serie de eventos aislados,-y sin mucho fundamento- que lo ponen en un predicamento con su propia corriente de pensamiento e, incluso, su forma de ver la vida.

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Me parece ilógico que una persona tan recalcitrante y sujeta a su pensamiento (determinante para toda acción en su vida personal y profesional)  cambie de opinión -desde la raíz- tan fácilmente sin antes cuestionar los propios métodos con los que la espiritista hace gala continuamente. Por lo que me resulta muy poco plausible que un personaje tan bien construido como el de Stanley cambie todo su M.O. a la mitad de la película y decida actuar de forma contraria a lo que lleva toda su vida predicando.

Lo que parecería apuntar a ser un  ‘character development’ interesante termina por convertirse en un enorme fallo en el tratamiento del personaje desde el guión, la narrativa y el tiempo de exposición del personaje.

FIN DE SPOILER

Lo que me lleva al que me pareció otro punto en contra de la película: el tiempo. Todo sucede tan rápido -y sin detalles importantes- que nos es imposible, como audiencia, identificarnos con las circunstancias en la que los protagonistas se encuentran. Los personajes van caminando tan deprisa que los eventos se desenvuelven de forma forzada y sin mucho sentido, dejando de lado la cadencia que se necesita para entender el ‘character development’ que sugiere la película.

De esta forma, el argumento principal de la película se funde en un revoltijo de ideas y situaciones que terminan por confundir a la audiencia. Lo que comienza como una historia de matices profundos termina por ser una comedia romántica (a la Woody Allen) cuyos principales conflictos son resueltos en contra del tiempo y de la manera más forzada posible.

Sería un error de mi parte intentar comparar esta película con su predecesora Blue Jasmine. Sin embargo, Woody, al dejar la vara tan alta con una historia tan completa, y bien construida como lo fue la historia de Jasmine, nos queda debiendo una propuesta novedosa que pintaba a ser inteligente -y bien planteada- y no una simple comedia romántica.

 

Los tres Méxicos de la cartelera actual.

Con la cartelera actual en los cines mexicanos, resulta paradigmático ver los contrastes tan grandes que existen entre la realidad y la ficción mexicana.

Mientras, por una parte,  la gente sale a las calles para exigir una re-presentación -o imagen propia de cada sujeto- justa de su realidad social, en la cartelera de los cines de cualquier ciudad del país se pueden encontrar diferentes representaciones -o discursos que hablan por nosotros-, pero de algún modo entrelazados, en México: La política y el poder (en La Dictadura Perfecta), la ‘mexicanidad’  (en La Hija de Moctezuma)  y el folclor (en El Libro De La Vida).

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Si bien estas películas cuentan con un manifiesto propio del director, cada una de ellas son también reflejos – y representaciones- muy vagos del contexto que se vive actualmente en el país. Me gustaría pensar que se trata de una mera coincidencia que dichos filmes hayan sido estrenados con tan poca diferencia en las salas de cine, sin embargo -como ejercicio imaginativo- estos tres discursos ayudan a pensar en un México Otro.

Un México en el que la India María no es solamente un estereotipo que raya en la mofa. Un México donde las tradiciones -y el folclor-propias del país no son mercantilizadas como capital económico de nuestra cultura. Un México donde los medios no tienen la capacidad y agencia de manipular los sucesos importantes.

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Si bien, cada uno de los filmes goza con elementos narrativos interesantes, me parece que se quedan cortos en cuanto al mensaje que buscan transmitir y, en su lugar, acuden a herramientas muy gastadas para presentar ecos de nuestra cultura.

Con ello no pretendo satanizar la creación de discursos como los antes mencionados. Al contrario, me parece muy rico contar con diferentes perspectivas de lo que significa ser -o no ser- mexicano. Resulta atractivo el hecho de poder gozar de tres perspectivas paradigmáticas de nuestro país y, sin duda, es emocionante  realizar ejercicios imaginativos como los que mencioné anteriormente.

Sin embargo, hay que entender a estos discursos como herramientas narrativas que pueden actuar como armas de doble filo. A filmes como La Dictadura Perfecta, La Hija De Moctezuma y El Libro De La Vida hay que verlos con una mirada muy objetiva, ya que cada uno de ellos muestra características únicas de diferentes aspectos de México que -si bien- no significan un gran aporte ni una visión cuidadosa del contexto que re-presentan, permite identificar lo propio del individuo en esos mismos huecos.

Por ello, no es necesario identificarnos con el personaje de la India María para poder entender los aspectos del arquetipo que nos representan y los que se distancian de nosotros. Tampoco necesitamos ver al Día de Muertos como una historia de Disney para entender la importancia que tiene en nuestras raíces y el impacto que genera en nuestras acciones. De la misma forma que no debemos dejarnos llevar por los fuertes golpes narrativos que Carmelo Vargas manifiesta contra la integridad de los ciudadanos para sentirnos aludidos por la corrupción que existe en el país.

Personalmente, me da gusto poder encontrar discursos con los que pueda -por medio de lazos simbólicos entre unos y otros-  encontrarme como aquel individuo que vive en un contexto específico, con características sociopolíticas específicas y raíces únicas,  como el de nuestro país.

En un mundo donde los discursos son tan maleables, y los filtros de información actúan con tanta facilidad, resulta enriquecedor encontrar  en los huecos -y aportes narrativos- las diferentes historias que se nos cuentan -y que deciden omitir- a las audiencias hoy día.

Ahí es donde reside la perspectiva objetiva de este ejercicio, en la capacidad de entender las herramientas que trabajan en dicha representación y los estragos que actúan en la propia re-presentación. De esa forma, depende enteramente de nosotros lo que decidamos hacer con esa información.

Las Survivor-ish Movies y la perspectiva dentro del Apocalipsis.

Sí hay algo que abunda en el cine actual son las películas ‘Survivor’/Apocalípticas. Aquellas historias donde alguna enfermedad / meteorito / extrarrestres / monstruos /desastre natural/ atentan contra la tierra y la vida contenida en ella. Lo peculiar de estos filmes es el tratamiento que le dan a sus personajes -humanos- principales, donde (la mayor parte del tiempo) lo único que hacen es correr y tratar de salvar sus vidas. Algo muy simple y (casi siempre) muy entretenido.

Sin embargo, con el éxito que han tenido siempre las chick-flicks, y con la llegada de las historias independientes que no necesitan más que una buena narrativa para contar su historia, han comenzado a aparecer  filmes que invierten estas reglas básicas, donde la catástrofe es una situación de fondo que afecta a los personajes pero que no impide que su historia sea narrada a fondo: algo que llamaré como  Survivor-ish Movies.

Este giro de tuerca hace posible que los personajes tengan leitmotivs suficientes para construir un perfil completo de una persona que tiene otra función más que correr y huir de los peligros que atentan a su vida. En esta variación del género Survivor podemos ver personajes completos, individuos que tienen sus propios problemas y que se encuentran en medio de un contexto apocalíptico que -si bien- media sus acciones pero no las controla en su totalidad.

Resultaría imposible pensar en un Harry Stamper de ‘Armageddon’ aceptando la inminente caída del meteorito en la tierra y tratando de pasar sus últimos momentos con alguien que valga la pena como Dodge y Penny en ‘Seeking A Friend For The End Of The World’.

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Para los personajes de las Survivor Movies es impensable no encontrar una solución al problema que atenta contra sus vidas y es imprescindible resolverlo antes de que los créditos aparezcan en pantalla. Por otro lado, los de las Survivor-ish Movies ven la catástrofe como una imposición inevitable en sus vidas y tratan de vivir lo mejor que puedan con ello. En la primera se trata de sobrevivir, en la segunda de vivir.

Si bien, en ‘Contagion’, mientras Mitch trata de proteger la vida de su hija, los científicos y el gobierno a su alrededor tratan de encontrar una cura; contrario a lo que sucede con Susan y Michael en ‘Perfect Sense’, ellos se habitúan a una vida donde van perdiendo poco a poco sus sentidos pero van descubriendo las delicias del amor.

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Esa es la enorme belleza de este tipo de películas: ver la vida de otra forma, encontrar otros modos de disfrutarla al máximo antes de llegar al punto inevitable del que no puedes huir. Los personajes de las Survivor-ish Movies se rinden ante la posibilidad de sobrevivir mientras optan por vivir al máximo lo que les queda.

Otra enorme diferencia entre las Survivor y las Survivor-ish Movies es el modo en que desarrollan su desenlace. Mientras que en la primera siempre vemos cómo sus personajes principales (o al menos algunos de ellos) sobreviven a la catástrofe y tratan de rehacer sus vidas, en la segunda nunca sabemos qué fue de ellos después de la imposición catastrófica, es más, es casi imposible que sobrevivan a ello.

Películas como ‘2012’ donde, a pesar de un inminente fin del mundo, la humanidad aún logra sobrevivir a bordo de numerosos buques creados por el gobierno; cosa que no sucede en ‘4:44’ con Cisco y Skye, donde el fin de su vida es inevitable pero los momentos que pasan juntos son necesarios para hacerse a la idea.

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Lo maravilloso de este tipo de cine es poder ver a la humanidad desde otro punto de vista, donde la imposibilidad de huir de la muerte está presente todo el tiempo haciéndonos recordar lo preciosos que son los pequeños momentos que tenemos en la tierra y la fragilidad con la que las cosas vienen y van.

El Mumblecore en los tiempos de las historias apresuradas

Con la fuerte incidencia que tiene el cine independiente en la industria fílmica, hoy día, es habitual que nosotros, como audiencia, nos topemos con historias muy simples que se convierten en verdaderas joyas narrativas en contraposición con los enormes blockbusters que se caracterizan (sin ser una regla) por tener historias simples y muy planas.

De esa forma, una nuevo subgénero cinematográfico que ha logrado propagarse de una manera latente en el cine independiente: el Mumblecore. Las películas que distinguen a éste género se caracterizan por tener un bajo presupuesto y -en la mayoría del tiempo- actores pocos conocidos. Se podría decir que es un subgénero que se reconoce por el enfoque naturalista de la narrativa, donde las historias son lo más objetivas y reales posibles. Centrándose en los personajes y el contexto que los rodea, y presentando situaciones de la vida real (un poco a la Cinéma Verité).

Películas como Frances Ha, Drinking Buddies, Happy Christmas y la -recientemente estrenada- alemana Oh, Boy! Todas comparten características similares: sus historias se desenvuelven de forma sencilla (y un tanto ambigüa a la vez) dentro de un contexto muy similar a la realidad que vivimos actualmente.

Tanto Frances Ha como Oh, Boy! se distinguen por retratar la vida de dos jóvenes de ambos sexos (la primera de una chica llamada Frances y la segunda de un chico llamado Niko) con problemas que cualquier otro individuo de veintitantos años podría identificarse: inseguridad, falta de pertenencia e indecisión. Ambas retratadas con un poético filtro en blanco y negro y un enorme peso en el diálogo y el impacto que las palabras tienen sobre y con los personajes principales.

Ambas películas nos llevan de la mano de Niko y Frances en un momento específico de su vida. Nos muestran la realidad a la que estos jóvenes se tienen que enfrentar mientras construyen sus propias técnicas para evadirla. Ambos personajes se encuentran en una constante decidia por confrontar su realidad y huir de ella.

Tanto Niko como Frances evitan -a toda costa- ser partícipes de su propia historia mientras que la narrativa los arrastra -y empuja- a hacer lo contrario. Son personajes en contraposición de la característica inherente que determina sus historias: la propia realidad.

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Lo interesante del Mumblecore es la facilidad con la que la narrativa va llevando de la mano al espectador a través de la vida de sus personajes. Fácilmente podemos entender los problemas con los que sus protagonistas se enfrentan e, incluso, sentirnos identificados con su eterna indecisión. Después todo, ¿a quién le gusta lidiar con los problemas de su vida?

Con esto no pretendo asegurar que un filtro en blanco y negro y buenos diálogos son suficientes para hacer una buena película, al contrario, me parece refrescante que un subgénero como este acuda a técnicas tan básicas en el cine para crear verdaderas obras de arte. Algo que distingue perfectamente al cine independiente.

Con ello en mente, los invito a darse un chapuzón en el cine Mumblecore. Para ello deben estar dispuestos a conocer narrativas otras a las que un Hollywood lleno de historias apresuradas y sin fijación por los detalles nos tiene muy acostumbrados.