Complacencia formulaica en la representación de minorías en el cine

La temporada de premios ha comenzado de nuevo y, con ella, han llegado los estrenos en nuestro país de las diferentes películas que serán contendientes a diversos reconocimientos. Dentro de esta larga lista de lanzamientos me he encontrado con un patrón que, si bien ha estado presente en muchísimas películas, este año se ha hecho más presente gracias a la bizaarra decisión detrás de la premiación de los Golden Globes a Mejor película de comedia o musical y a Mejor película de drama: la sanitización narrativa de minorías para las audiencias blancas y heterosexuales.

Si tú, como mucha gente que conozco, ni siquiera se enteró de dicha entrega de premios, permíteme darte la información básica para poder entender a lo que me refiero. En la emisión número 76 de los Golden Globes, Green Book y Bohemian Rhapsody se llevaron los galardones de Mejor película de comedia o musical y Mejor película de drama, respectivamente. Esta decisión fue una sorpresa para todos, ya que una de las películas no fue bien recibida por la crítica y la otra tuvo un lanzamiento muy flojo y con muy poca presencia en Estados Unidos. 

Seamos sinceros, estas películas no han llegado hasta donde han llegado gracias a su calidad o su nivel actoral, por mucho que las casas productoras detrás de estas películas y los medios insistan, sino que, más bien, las personas detrás de estas historias supieron entender todos los matices que conforman el clima político mundial de la actualidad y la división tan polarizada de visiones e ideologías entre grupos sociales en Estados Unidos.

En realidad, el mayor logro de estos filmes, fue canalizar la ira y la impotencia que sienten las audiencias blancas y heterosexuales sobre su realidad actual, para venderles historias donde su protagonismo y presencia es clave para el desarrollo de la historia de un persona perteneciente a una minoría. En otras palabras, estos directores capitalizaron con la mejor de las narrativas formulaicas: la complacencia.

Pensemos en la característica intrínseca que ambas películas comparten: el relato de un personaje protagónico — que existió en la vida real— que forma parte de una minoría, Dr. Donald W. Shirley (Mahershala Ali) en el caso de Green Book y Freddie Mercury (Rami Malek) en Bohemian Rhapsody. Esencialmente, el objetivo principal de estas historias es acercar a sus audiencias a la Otredad, es decir, presentar personajes que normalmente no forman parte de su imaginario, para así reconocer su existencia. En este caso, una persona de color y un hombre bisexual.

La intención no es mala, al contrario, yo siempre soy el primero en discutir sobre la importancia crucial de la representación de minorías en productos cinematográficos y de televisión. El problema surge cuando se ejecuta de tal forma en la que la representación pasa a segundo término y los personajes minoritarios se convierten en chivos expiatorios cuyo único objetivo es ayudarle a las audiencias a sentirse bien consigo mismos, dándoles palmaditas en la espalda. La representación importa, sí, pero debe de ser correcta y responsable, no manipulada.

Green Book es una especie de biopic convertida en buddy movie, que narra la historia del Dr. Shirley, un músico que se encuentra de gira en una de las zonas más racistas de Estados Unidos y que es conducido por Tony “Lip” Vallelonga (Viggo Mortensen). En primera instancia, la película parece que intenta tratar temas profundos sobre racismo y desigualdad social, pero que termina por mostrar una historia donde el personaje de Mahershala Ali pasa a segundo término para centrar su historia en ayudar a Tony —una persona profundamente racista— a ser una mejor persona.

Lo que nos lleva a darnos cuenta que, en esta película el Dr. Shirley no es para nada una representación certera de la persona de la vida real a la que hace referencia, sino, más bien, un receptáculo más del cansadísimo trope del ‘Magical Negro’, ese mágico ente cuyo único motivo de existir en una película que se enfoca en las relaciones interraciales, es el de ayudar al protagonista blanco a ver más allá de su racismo, y darse cuenta que es una persona que vale la pena, que debe de dejar sus malos modos atrás para poder seguir el camino del bien.

El uso del Magical Negro en Green Book es tan descarado que es sumamente visible — e incómodo— cuando Lip es presentado como un personaje complejo, con una familia conformada por su esposa, hijos, padre y hermanos, mientras que Shirley ni siquiera tiene derecho a contar un poco sobre la historia de su familia, solo pequeños guiños aquí y allá. El Magical Negro no necesita tener una historia si su único propósito es darle matiz y profundidad al personaje blanco.

De hecho, Green Book cree fervientemente —y hace creer a sus audiencias— que Shirley es el protagonista de su historia, pero se olvida de él a la mitad de la película en beneficio de contar la historia del hombre blanco racista que se da cuenta de sus malos modos gracias a la paciencia y los consejos de su amigo de color.

Lo problemático de este tipo de narrativas no es solo lo increíblemente ofensivo que resulta que un personaje blanco le robe protagonismo al personaje de color, en una historia donde el tema principal gira alrededor del racismo y las formas en que éste las vive día con día, sino que también, en el intento, logra quitarle la agencia a su único protagonista de color.

Con ello, el director está diciendo que las personas de color son responsables de educar a los individuos blancos sobre la historia de su gente, las implicaciones detrás del racismo y las diferentes formas en las que alguien puede ser o no racista, como si no tuvieran suficiente con lidiar con actitudes y discursos racistas — como esta película— a diario.

Es importante señalar que esto no es todo culpa del director, mucho tiene que ver que uno de los guionistas del filme sea hijo de Tony Vallelonga y que el guión esté basado en historias que su padre le contó. De hecho, esto tuvo tantas implicaciones al momento en el que la película se estrenó, que el mismo Mahershala Ali se disculpó con la familia del Dr. Shirley por cualquier ofensa que su interpretación haya ocasionado.

A diferencia de Green Book, la complacencia detrás de Bohemian Rhapsody es mucho más matizada y complicada, pero igual de problemática. La película narra la vida de Freddie Mercury y los altibajos musicales que vive al lado de los integrantes de una de las bandas de rock más famosas de la historia: Queen.

Si bien es sabido, Freddie Mercury es uno de los íconos LGBT+ más famosos e icónicos — valga la redundancia— de la historia, sin embargo, la película no parece estar de acuerdo con ello. Es por eso que desde el principio, cuando nos introducen a la vida de Mercury, nos podemos dar cuenta que la traducción de su biografía al cine sufrió un trágico caso de ‘Straightwashing’, aquella anticuada costumbre de Hollywood por retratar a cualquier personaje de la comunidad LGBT+ de la manera más heterosexual posible.

Esta acción es muy común y sucede por muchas razones, una de ellas es, por supuesto, el dinero, pero también se debe al miedo que tienen las casas productoras por arriesgarse a salirse de la norma y alienar a sus audiencias heterosexuales al mostrar *gasp* actitudes y personalidades demasiado homosexuales con las cuales la gente no se encuentre lista para lidiar o aceptar.

El filme no evita hablar de la orientación sexual de su protagonista, por supuesto. Sin embargo, la representa de una forma tan sanitizada y alejada de la realidad, que lo único que logra es separar por completo a Mercury de su identidad para convertirlo en una versión mucha más “aceptable”de lo que debe de ser un hombre gay en la sociedad actual. De hecho, es tanta su necesidad de mostrar lo heterosexual de la película, que el tiempo y la atención que se le dedica a su relación heterosexual es comparativamente mucho mayor que la homosexual.

Con Mary (Lucy Bonton) Freddie mantiene escenas románticas, sexuales y momentos de pareja visibles y representados a lo largo de la película. En cambio, Jim Hutton (Aaron McCusker) — su última pareja y con el hombre con el que tuvo una relación por más tiempo en la vida real— solo aparece en dos escenas, una de ellas cuando se conocen y en otra al gozar del único acercamiento o intimidad que llegan a tener juntos: tomarse de las manos.

El Straightwashing en Bohemian Rhapsody es tal que, en los pocos momentos en los que permiten que Freddie Mercury se salga de las reglas de heterosexualidad que la misma película impuso, es cuando comienza as tener encuentros fortuitos con otros hombres —que suceden fuera de pantalla, obviamente— y estos son automáticamente demeritados al ser relacionados directamente con las drogas y los excesos. Lugar de donde sale gracias a la ayuda de sus amigos heterosexuales que siempre le advirtieron sobre los peligros de ese tipo de vida.

Con ello, la película está expresando claramente lo que debe y no debe ser bien visto en la homosexualidad en hombres. En esencia, nos dice que los gays deben de tener una pareja estable que institucionalice la monogamia como respuesta directa al alejamiento de la promiscuidad y de los excesos, sin embargo, éstos no deben de mostrar cariño alguno en público ni hablar de su sexualidad porque es algo que la gente no está lista ni debe escuchar. En otras palabras, todo muy bien con los hombres homosexuales, mientras no sean promiscuos y no muestren su afecto en público.

La representación es, sin lugar a dudas, importantísima en el cine y la televisión, ya que ayuda a crear conocimiento y reconocimiento de la existencia del otro en las audiencias mainstream. El problema surge cuando ésta es utilizada para complacer y hacer sentir bien a las audiencias y no para visibilizar a los individuos que son poco representados.

Es por ello que este proceso es necesario hacerlo de forma correcta y respetuosa, sobre todo si se trata de una minoría de la cual los involucrados no conocen mucho y con la que deberían de tratar de decir algo más allá que darse palmaditas en la espalda a si mismos.