El desinterés por las experiencias femeninas en The Umbrella Academy

Disclaimer: No he tenido la oportunidad de leer el cómic de The Umbrella Academy con en el que está basada la serie de Netflix, por lo que me gustaría aclarar que esta entrada está hecha con base a un análisis enfocado enteramente en el show de Netflix, sus historias y las formas en que decidieron retratar a los personajes principales, sobre todo, a sus personajes femeninos.

Disclaimer 2: Esta entrada cuenta con spoilers menores de la primera temporada de The Umbrella Academy.

Recientemente, Netflix estrenó la primera temporada de The Umbrella Academy, una serie que se centra en la historia de 6 individuos con diferentes superpoderes y que, por diferentes razones, terminan formando parte de una familia de hermanos y hermanas adoptivas que no son capaces de lidiar con la realidad y a los problemas a los que se tienen que enfrentar.

Esta serie está basada en el comic del mismo nombre — que es compuesta por tres series limitadas— y que fue escrita por Gerard Way (sí, el vocalista de My Chemical Romance) e ilustrada por Gabriel Bá. Dicha adaptación, por lo que he leído en internet, se tomó muchas libertades en cuanto a la obra original respecta. En esencia, los creadores adecuaron las ideas básicas de la obra ilustrada, los personajes y los momentos importantes, para contar una historia.

La premisa de esta primera temporada es simple, 6 hermanos y hermanas, que fueron adoptados debido a las condiciones extrañas en las que nacieron, tratan de lidiar con la muerte de su padre, mientras hacen todo lo que pueden para detener el inminente apocalipsis que sucederá en el futuro cercano.

Los personajes principales son 6: Luther (Tom Hopper) un individuo con fuerza sobrehumana, Diego (David Castañeda) quién tiene un talento innato para usar todo tipo de cuchillos como armas, Allison (Emmy Raver-Lampman) que puede alterar la realidad y la forma en la que suceden las cosas al mentir, Klaus (Robert Sheehan) que tiene la habilidad de hablar con los muertos, Five (Aidan Gallagher) que puede viajar en el tiempo y moverse de un lugar a otro en cuestión de segundos y Vanya (Ellen Page), la única de la familia que parece ser la más ordinaria de todos.

A pesar de ser una serie de acción, lo que más destaca de The Umbrella Academy — y lo que la serie realmente vende — son los personajes que conforman a dicha familia. El show hace un buen trabajo al presentar las motivaciones y los arcos individuales de algunos de los protagonistas desde el primer capítulo, pero falla de la peor manera al enfocar dichos esfuerzos solo en los personajes masculinos y dejando de lado a una parte esencial del núcleo familiar: los femeninos

En el caso particular de los hombres, desde el principio nos dan a conocer la historia de los 4 hermanos vivos. Luther es la cabeza del grupo y, por lo tanto, el que se siente responsable del resto; Diego es el miembro impredecible de la familia que se ve confrontado por sus peores miedos; Klaus es un adicto en recuperación que tiene que vivir con sus monstruos a diario: las personas que han muerto a su alrededor que lo siguen a todas partes y la idea de que sus hermanos no creen en él, ni en lo que dice, y Five, un hombre de 60 años que vive en el cuerpo de un niño de 13, tratando de encontrar la forma de prevenir el apocalipsis.

Como podemos ver, éstos son personajes bien definidos, con matices e historias dignas de contar a lo largo de la temporada. Cada uno con miedos, problemas propios y un superpoder — o habilidad — con el que pueden aportar algo a la mesa a la hora de la llegada del apocalipsis. Todo lo contrario a lo que sucede en el caso de sus hermanas.

En The Umbrella Academy, los personajes femeninos sufren lo que muchos otros viven a diario en películas y shows que son escritos y dirigidos, en su mayoría, por hombres: la relegación de mujeres protagonistas a historias emocionales y/o sentimentales sin (o con poco) impacto en el arco central, y la utilización desproporcionada de mujeres con papeles secundarios, como herramientas narrativas para motivar las acciones de los personajes masculinos.

En la actualidad, muchos creadores de series siguen creyendo que el papel de las mujeres — por muchos superpoderes y talentos de liderazgo que puedan tener — sigue siendo el de cuidar, trabajar y vivir a través de las emociones que son resultado de sus relaciones personales y de los individuos que las conforman, mientras que el de los hombres es el de resolver los problemas alrededor de ellas.

Es por eso que, mientras que Vanya se tiene que conformar con una narrativa que gira alrededor de la consumación de una posible relación amorosa con uno de sus estudiantes de violín, a Allison no le queda más — porque los escritores ni siquiera se molestaron en darle una personalidad propia, más allá de su carrera de actriz — que recordar con tristeza a su hija y a su divorcio, mientras funciona como el interés amoroso de Luther.

De hecho, los creadores le dan tan poco protagonismo a Allison, y le tienen tan poca fe a su personaje, que en el total de capítulos que conforman a la primera temporada, solo la vemos usar su poder — algo tan interesante como tener la habilidad de controlar y manipular la realidad como la conocemos — en dos ocasiones y por medio de flashbacks; mientras que sus hermanos, en comparación, usan los suyos al menos dos veces por capítulo, en diferentes formas.

La presencia de Allison y Vanya es tan irrelevante para el show, que ni siquiera son incluidas en los capítulos en los que el resto de sus hermanos están avanzando y resolviendo misterios relacionados con el apocalipsis. Su existencia es tan dada por sentado, que incluso hay un capítulo en el que, mientras los 4 hombres forman un equipo para tratar de ayudar a Five a encontrar una solución al problema que los aqueja, las mujeres se dedican en su totalidad a discutir sobre el posible interés amoroso de Vanya y las emociones que ello implica.

Al final de cuentas, lo único que provoca este constante desinterés de otorgarle historias propias y agencia a las mujeres, así como una voz única que sea capaz de diferenciarse del resto del cast masculino, es que los últimos capítulos de la temporada pierdan todo impacto al intentar regresarles el protagonismo a los únicos personajes femeninos que formaban parte de una historia que nunca tuvo la intención de hacerlo en un principio.

Una decisión que se siente, más bien, como parte de un compromiso que tenían los creadores por cumplir, con una lista de requerimientos de momentos cruciales, presentes en el cómic, que era necesario contar, y no como una narrativa bien pensada y estructurada desde el inicio.

Lo mismo sucede con el resto de los personajes femeninos que existen en el ecosistema de la serie, aquellos que tampoco tienen la oportunidad de gozar de una historia propia; como es el caso de Eudora Patch (Ashley Madekwe), una policía que se encuentra tras los pasos de Five, antes de convertirse en otra víctima más del trope de Mujeres en Refrigeradores, al ser brutalmente asesinada en los primeros capítulos para poder justificar las motivaciones detrás del personaje de Diego.

O Grace (Jordan Claire Robbins), una mujer-robot cuyo único fin en la serie es el de fungir como madre sustituta de los hermanos y hermanas adoptivas, antes de ser destruida dos veces a lo largo de la temporada, para — una vez más — darle una motivación al personaje de Diego.

Si algo hemos aprendido a lo largo del tiempo — y que no me canso de argumentar— es que la industria del entretenimiento tiene que comenzar a abrir más sus espacios de trabajo para incluir a mujeres que cuenten y hablen desde sus experiencias.

Si bien The Umbrella Academy cuenta con la presencia de un escritora y una directora a lo largo de la primera temporada, su influencia no es suficiente, ya que se ve claramente opacada por la presencia de los 12 hombres que se encargaron de escribir y dirigir el resto de los capítulos. Por ello es importante la presencia equitativa de voces femeninas.

De lo contrario, nos seguiremos encontrando con series de televisión y películas, que decidirán deliberadamente utilizar a sus personajes femeninos como herramientas narrativas antes de siquiera considerarlos como la representación directa de individuos con miedos, preocupaciones e historias lo suficientemente interesantes por contar, y que vayan más allá del estereotipo.

La caída del héroe: representación de mujeres con enfermedades mentales en la televisión.

Aceptémoslo, las enfermedades mentales — y sobre todo la salud mental — nunca han sido temas a los que la televisión y el cine les dé gusto aludir dentro de sus historias. Por muchos años, vimos cómo los y las protagonistas de nuestros productos de cultura pop favoritos, eran retratadas como personas heroicas, sanas y con un mínimo de problemas personales y/o mentales o emocionales, cuyos problemas eran fácilmente resueltos al encontrar al amor de su vida o vengando la muerte de un ser querido (dependiendo del tipo de película o serie que estuvieras viendo).

Mucho de esto tiene que ver con la representación del héroe, y la influencia tan importante que este personaje tuvo en la creación de historias y modelos a seguir.

La representación de este tipo de personajes en el cine y la televisión no es nada nuevo. El personaje del héroe cinematográfico tiene sus raíces en las historias de dioses y guerreros que formaron parte de la mitología de las culturas antiguas, sobre todo en la griega. En ella, se presentaba a estos individuos como aquellas personas extraordinarias que encarnaban la quintaesencia de los rasgos claves valorados en su cultura, así como el modelo máximo de comportamiento. Héroes como Hércules, Aquiles y Prometeo se convirtieron en los referentes más constantes en la creación de personajes valientes y bondadosos en el cine.

Debido a sus valores y características extraordinarias, la función fundamental del héroe en todas las historias — aparte de fungir como protagonista y proxy directo de la audiencia — siempre ha sido el de fungir como el ejemplar perfecto que es digno de imitar. Por ello, no resulta extraño que la presencia de un héroe valeroso, bondadoso, valiente y sacrificado en las historias más famosas de los últimos años, haya sido crucial para lograr su éxito adquirido.

Este personaje fue tan inherente a nuestra cultura y contó con tanto impacto, que se convirtió rápidamente en la premisa básica de la mayoría de los cómics, películas y series que consumimos y que han tenido una fuerte influencia en la forma en la que entendemos y vivimos en sociedad. Estos fueron héroes con habilidades y, sí, también con defectos, pero ninguno lo suficientemente grave como para detenerlos o volverlos imperfectos.

Desde Rambo hasta Sarah Connor, los héroes y heroínas se encargaron de decirnos que, mientras cualquier persona compartiera los valores y características intrínsecas que constituyen al heroísmo y la bondad, ningún problema personal, o impedimento, sería imposible de vencer. Ni siquiera las enfermedades mentales o físicas.

Este retrato de personajes sin defectos fue la norma en la industria del entretenimiento por mucho tiempo. Sin embargo, con el surgimiento del antihéroe, y la consecuente y justa representación de minorías en el cine y la televisión, la forma en que ciertos protagonistas comenzaron a ser retratados cambió drásticamente, dando entrada a individuos con defectos, imperfecciones y enfermedades mentales.

Individuos como Walter White, Venom o Deadpool, comenzaron a cambiar la manera en que las audiencias consumían sus historias, al mismo que ayudaron a deconstruir las diferentes formas en que los defectos propios de la sociedad eran representados en sus productos de consumo de cultura pop favoritos. Hollwyood por fin comenzaba a poner un espejo frente a sus audiencias.

Gracias a ello, la industria del entretenimiento comenzó a tener cabida para películas y series protagonizadas por personajes con problemas que no se podían resolver con heroísmo y valentía nada más; individuos que vivía situaciones complejas que permeaban todos los aspectos de su vida, con estragos que los acompañaban a todos lados, y obstáculos propios del personaje que necesitaban de disposición y trabajo duro para superarlas.

De todos los personajes que se encontraban encasillados dentro de este estereotipo de heroísmo, los que se vieron más beneficiados con estas acciones fueron los femeninos. Si la mayoría de los hombres en las películas fueron retratados como individuos valientes e indomables durante mucho tiempo, las mujeres se tenían que conformar con ser representadas como amas de casa sin imperfecciones y con un talento innato por la maternidad y los cuidados. El estándar de perfección al que tenían — y todavía tienen — que aspirar las mujeres era casi inalcanzable. Las heroínas, por otro lado, necesitaban de un hombre que validara su existencia, y sus logros, para ser reconocidas como tales.

Es por eso que el surgimiento de la representación de mujeres imperfectas — sobre todo en la televisión — es tan refrescante, porque dio entrada a reconocer su humanidad, al mismo tiempo que permitió a los productores retratarlas no como estereotipos, sino como seres humanos con matices. Mujeres con valentía y bondad, pero también con miedos e inseguridades. Mujeres con grandes experiencias de vida que las han ayudado a crecer, pero con enfermedades mentales que las limitan constantemente.

Mujeres que saben de la existencia de su enfermedad mental y de los problemas que suceden al no enfrentarla, pero que tienen una serie de problemas para lidiar con ella y con todo el proceso que involucra un progreso saludable de mejora.

Mujeres como Rebecca Bunch (Rachel Bloom) en Crazy Ex-Girlfriend, una exitosa abogada — que en la última temporada se convierte en dueña de una tienda de Pretzels — que pasa la mayoría de sus días yendo a terapia, y tomando medicinas, a causa de su Transtorno Límite de la Personalidad (TLP), mientras trata de descubrir cuál es su verdadero propósito en la vida y lo que significa realmente amar a una persona sin la necesidad de convertir ese sentimiento en una obsesión.

O Penélope Álvarez (Justina Machado) en One Day At a Time, una veterana de guerra que se encuentra en una lucha constante con su salud mental, al tener que lidiar a diario con ansiedad y depresión clínica, y un miedo constante de que sus hijos se enteren de ello, mientras funge de la mejor manera que puede con sus responsabilidades de madre soltera, sin descuidar sus estudios de enfermería.

O Gretchen Cutler (Aya Cash) en You’re The Worstuna talentosa ejecutiva de relaciones públicas, que trabaja en una casa productora, que tiene depresión clínica y una tremenda dificultad para expresar sus emociones, una tendencia para abandonar su terapia a la mitad del camino y un miedo profundo por comprometerse con algo o alguien.

Incluso el retrato ambiguo de la enfermedad mental con la que vive Suzanne Warren (Uzo Aduba) en Orange Is The New Blacknos ha permitido entender la forma en que viven las personas que la sufren en la cárcel, con escasez de medicinas y un acceso limitado a terapia o a la ayuda profesional que necesitan para poder enfrentar la realidad en la que se encuentran.

A pesar de que el estereotipo del héroe cada vez ha ido perdiendo más fuerza y ya se han comenzado a retratar las enfermedades mentales en la televisión de manera mucho más matizada, todavía queda mucho camino por recorrer.

Por ello es importante este tipo de representaciones, ya que no solo nos permiten vernos como audiencia reflejados en ellas, sino que también nos ayuda a retratar la realidad de una forma mucho más precisa y menos idelizada.

La falta de representación de personajes con enfermedades mentales, no solo significa que como sociedad no estamos listos para tomar en serio a las personas que viven con ellas a diario, sino que tampoco la estamos considerando parte de ella.

Representación a medias: asexualización y estereotipación de las parejas homosexuales en la televisión.

Si hay algo que me gusta reconocer de muchos de los shows en televisión es que han sabido ir un paso adelante del mundo cinematográfico en cuanto a representación se trata. Hoy en día podemos disfrutar de una gran variedad de programas que bien podrían jactarse de su inclusión y de la despreocupación con la que incluyen a personajes pertenecientes a minorías en sus narrativas.

Crazy Ex-Girlfriend, por ejemplo, no solo tiene un cast que está conformado por una enorme variedad de persona provenientes de diferentes culturas, sino que también casi la mitad de sus protagonistas interpretan a personajes pertenecientes a la comunidad LGBT+. Lo mismo sucede con Brooklyn Nine-Nine, The Handmaid’s Tale, The FlashSupergirl y, sobre todo, con una de las últimas adquisiciones de Hulu: Marvel’s Runawayso de las de Netflix con Sex Education One Day At a Time, una variedad de shows que se han arriesgado a contar historias sobre jóvenes LGBT+— muchas veces con personas de color—; un tema que se ha considerado más bien como exclusivo de personajes adultos y no como parte del proceso intrincado que significa el coming of age en la vida de un adolescente.

Esto se debe a que las personas detrás de muchas de las series que consumimos, han comenzado a entender que la función de la representación en sus programas no es el de llamar la atención de los televidentes para generar más vistas, sino mostrar la realidad que vivimos todos los días para que la audiencia se vea reflejada en ella. El problema es que no todos han logrado asimilarlo de la misma forma.

Lo cierto es que, antes que cualquier canal de televisión lo considerara, el cine comenzó a preocuparse con retratar de manera correcta las relaciones homosexuales con Brokeback Mountain. En el caso de las series, Modern Family  fue uno de los primeros shows que se arriesgó a lanzar un programa familiar, en un canal abierto, que incluyera a una pareja abiertamente homoparental y a otra interracial. Los críticos bañaron en elogios a sus primeras temporadas por haber tomado dicha decisión y, hasta hace algunos años, era siempre una de las más nominadas en la categoría de comedia de las diferentes premiaciones.

Su aporte a la representación de minorías es sin duda monumental, ya que no solo lograron que la familia promedio estadounidense le abriera las puertas a un grupo social que claramente habían decidido olvidar desde hace mucho tiempo, sino que también lograron construir el camino para que series como el remake de One Day At A Time Brooklyn Nine-Nine pudieran contar con historias tan profundas como la salida del closet de una adolescente lesbiana ante su familia o la mera existencia de Rosa Díaz, una mujer latina y bisexual que goza de un puesto importante en una de las comisarías de la policía de Nueva York.

Sí, la intención de Modern Family en un inicio fue buena y muy acorde a la época en la que fue lanzada; sin embargo, el tiempo ha pasado y la serie no se ha molestado por hacer algo para actualizar la manera en que representa a sus personajes pertenecientes a minorías, de manera concordante con la realidad. Lo que en su momento resultaba ser innovador y precursor de un movimiento muy fuerte, ahora luce como un estereotipo más de cualquier novela de un canal de televisión abierta.

Cam y Mitchell, la pareja homoparental titular de dicha serie, no son más que una caricatura de lo que pretenden representar como una relación homosexual real. En ella, cada personaje se encarga de ocupar el estereotipo básico de un hombre gay: el que tiene manierismos femeninos y que está más en contacto con sus sentimientos y el que no se siente tan cómodo con su orientación sexual y prefiere ser relacionado con la figura masculina de la relación. Esta pareja es resultado del ya muy conocido binarismo masculino/femenino que domina a la mayoría de las relaciones sentimentales actuales.

Esto no es nuevo, el uso de la estereotipación como herramienta narrativa es algo muy común que puede ser encontrado en diferentes instancias de la cultura pop. Es muy sencillo, si reduces a un personaje a una serie de características típicas y reconocibles propias de la etiqueta a la que su grupo social corresponde, es mucho más fácil contar historias simplonas y que den risa, sin perderte en los dramas innecesarios que el matiz narrativo puede atraer. Es por eso que esta ha sido, desde siempre, la salida más cómoda a la que los escritores —sobre todo en las comedias de situación— han decidido tomar cuando se trata de contar historias LGBT+ y de minorías. Después de todo, ¿Qué mejor forma de hacer reír a alguien que acudir a los lugares comunes a los que ya están tan acostumbrados?

Esta situación no es solamente propia de Modern Family, Friends From College de Netflix sufre el mismo problema con Felix y Max, la única pareja homosexual de la serie que se ve estancada dentro de los mismos estereotipos binarios. Esta pareja esta conformada por dos individuos, donde uno de ellos debe tomar y representar asertivamente el lado femenino y cuidador de la relación, mientras el otro debe aparentar ser más masculino frente a sus amigos de la universidad, para no ser tachado como el «afeminado» del grupo.

Lo problemático de esta tendencia, radica en la potencia que esto le da a las opiniones tóxicas que se encargan de etiquetar y minimizar a la comunidad gay, así como también la fuerza con la que afianza la idea de que las minorías no somos más que una punchline, aquella idea que motiva a la gente a seguir inquieriendo a sus amigos homosexuales cuando le interese saber quién es el hombre de la relación; un chiste recurrente del que todos pueden reírse sin necesidad de siquiera considerar usar el mismo argumento cuando se trata de cuestionar a sus contrapartes.

Lo cual me lleva al segundo gran problema: la falta de equidad en la representación. Pensemos en las relaciones de Cam y Mitchell o de Felix y Max, ¿Cuántas veces los hemos visto darse un beso en la boca en pantalla?, ¿Cuántas veces los hemos visto hablar o hacer alusión a que mantienen relaciones sexuales? Es más, dejemos de lado las realciones sexuales, ¿Cuántas veces los hemos visto mostrarse afectivos o compartir algo de intimidad? Muy pocas. Ahora pensemos en sus contrapartes heterosexuales y tratemos de responder las mismas preguntas. Seguro son muchísimas más y en inncontables veces.

Es gracias precisamente a este argumento con el que podemos distinguir cuando una serie de verdad se preocupa por representar adecuadamente a una minoría, y cuando solo busca explotar su presencia para causar controversia y atraer televidentes. La representación sin consideración ni visibilización no es representación.

Ese no es un problema que tenga poco tiempo. La invisibilización y asexualización de los personajes LGBT+ sucede desde el cine de los 70, cuando los personajes pertenecientes a la comunidad solían ser retratados como gays que vivían juntos, pero que no parecían tener ningún tipo de química o vida sexual que fuera mostrada, o incluso mencionada de manera explícita, porque incomodaba a las audiencias. Aún a la fecha existen televidentes que consideran que muchos de sus filmes y programas favoritos están siendo «demasiado incluyentes» y «muy gays» por el simple hecho de contar con representación.

En Modern Family Cam y Mitch son esposos y tienen una hija juntos, sin embargo, en lo que va de 10 temporadas, la única vez que se han dado un beso en la boca frente a la cámara ha sido en el día de su boda, y ni hablemos de relaciones sexuales, porque mientras que sus contrapartes heterosexuales aparecen frente a cámara teniendo numerosas relaciones sexuales, ellos solo han podido gozar de una o dos escenas en los 10 años de lo que lleva la serie al aire.

Max y Felix, por otro lado, solo han aparecido en los dos años al aire de Friends From College, pero eso no ha propiciado a que, a pesar de haberse casado al final de la segunda temporada y de ser la única pareja estable de su grupo de amigos más cercanos, sus personajes puedan gozar de una vida sexual activa frente a la pantalla o , mínimo hablar de ello. No, ambas son parejas asexuales que parecen disfrutar de su vida lejos de la intimidad,de la complicidad y de las muestras básicas de afecto de la que el resto de las parejas heterosexuales en ambas series tienen el privilegio de vivir.

Y si en Estados Unidos todavía se encuentran lidiando con estos problemas de representación aún cuando ya están muy avanzados en el tema, en México estamos en pañales. Las últimas semanas, una novela de televisa con el formato modernizado de serie, comenzó a aparecer en los titulares de los medios de comunicación por incluir en su narrativa a una pareja adolescente gay.

Mi Marido Tiene Más Familia nos introdujo a Aristóteles y Cuauhtémoc —»Aristemo» para los fans—, un par de jóvenes enamorados que están creando olas entre los medios mexicanos, al ser una de las primeras parejas abiertamente gay que son representadas en una novela de la televisión mexicana.

Al igual que Modern Family, esta serie está llevando temas que antes se consideraban tabú, e incluso inmencionables, a las casas de las diferentes familias del país. Esto, en sí, es un gran paso para la inclusión y la representación de la televisión en México. El problema es que sufre de lo mismo que a Modern Family le aqueja continuamente, un tremendo pavor por perder a sus televidentes cuando su serie/novela sea tachada de ser «muy gay» por presentar correctamente a una pareja gay. Es por ello que los integrantes de Aristemo no se han dado un beso en la boca frente a la pantalla y se han tenido que conformar con abrazos a medias y acercamientos incómodos.

Es un hecho que estamos avanzando en cuanto a representación LGBT+ se trata tanto en cine como en televisión. Sin embargo, la forma en la que se han desarrollado en algunas instancias, no solo ha ayudado a perpetuar la idea de que las parejas homosexuales están constituidas por un par de estereotipos, sino que también ha alimentado la idea de que las personas gay deben de lucir lo más heterosexual posible y mantener su sexualidad separada de si mismos.

Si las grandes casa productoras quieren comenzar a mostrar la realidad social en la que vivimos de manera correcta, es necesario que consideren realizar una representación que contenga los matices necesarios para separar a la persona de la caricatura y dejen de caer en simplismos.

Complacencia formulaica en la representación de minorías en el cine

La temporada de premios ha comenzado de nuevo y, con ella, han llegado los estrenos en nuestro país de las diferentes películas que serán contendientes a diversos reconocimientos. Dentro de esta larga lista de lanzamientos me he encontrado con un patrón que, si bien ha estado presente en muchísimas películas, este año se ha hecho más presente gracias a la bizaarra decisión detrás de la premiación de los Golden Globes a Mejor película de comedia o musical y a Mejor película de drama: la sanitización narrativa de minorías para las audiencias blancas y heterosexuales.

Si tú, como mucha gente que conozco, ni siquiera se enteró de dicha entrega de premios, permíteme darte la información básica para poder entender a lo que me refiero. En la emisión número 76 de los Golden Globes, Green Book y Bohemian Rhapsody se llevaron los galardones de Mejor película de comedia o musical y Mejor película de drama, respectivamente. Esta decisión fue una sorpresa para todos, ya que una de las películas no fue bien recibida por la crítica y la otra tuvo un lanzamiento muy flojo y con muy poca presencia en Estados Unidos. 

Seamos sinceros, estas películas no han llegado hasta donde han llegado gracias a su calidad o su nivel actoral, por mucho que las casas productoras detrás de estas películas y los medios insistan, sino que, más bien, las personas detrás de estas historias supieron entender todos los matices que conforman el clima político mundial de la actualidad y la división tan polarizada de visiones e ideologías entre grupos sociales en Estados Unidos.

En realidad, el mayor logro de estos filmes, fue canalizar la ira y la impotencia que sienten las audiencias blancas y heterosexuales sobre su realidad actual, para venderles historias donde su protagonismo y presencia es clave para el desarrollo de la historia de un persona perteneciente a una minoría. En otras palabras, estos directores capitalizaron con la mejor de las narrativas formulaicas: la complacencia.

Pensemos en la característica intrínseca que ambas películas comparten: el relato de un personaje protagónico — que existió en la vida real— que forma parte de una minoría, Dr. Donald W. Shirley (Mahershala Ali) en el caso de Green Book y Freddie Mercury (Rami Malek) en Bohemian Rhapsody. Esencialmente, el objetivo principal de estas historias es acercar a sus audiencias a la Otredad, es decir, presentar personajes que normalmente no forman parte de su imaginario, para así reconocer su existencia. En este caso, una persona de color y un hombre bisexual.

La intención no es mala, al contrario, yo siempre soy el primero en discutir sobre la importancia crucial de la representación de minorías en productos cinematográficos y de televisión. El problema surge cuando se ejecuta de tal forma en la que la representación pasa a segundo término y los personajes minoritarios se convierten en chivos expiatorios cuyo único objetivo es ayudarle a las audiencias a sentirse bien consigo mismos, dándoles palmaditas en la espalda. La representación importa, sí, pero debe de ser correcta y responsable, no manipulada.

Green Book es una especie de biopic convertida en buddy movie, que narra la historia del Dr. Shirley, un músico que se encuentra de gira en una de las zonas más racistas de Estados Unidos y que es conducido por Tony «Lip» Vallelonga (Viggo Mortensen). En primera instancia, la película parece que intenta tratar temas profundos sobre racismo y desigualdad social, pero que termina por mostrar una historia donde el personaje de Mahershala Ali pasa a segundo término para centrar su historia en ayudar a Tony —una persona profundamente racista— a ser una mejor persona.

Lo que nos lleva a darnos cuenta que, en esta película el Dr. Shirley no es para nada una representación certera de la persona de la vida real a la que hace referencia, sino, más bien, un receptáculo más del cansadísimo trope del ‘Magical Negro’, ese mágico ente cuyo único motivo de existir en una película que se enfoca en las relaciones interraciales, es el de ayudar al protagonista blanco a ver más allá de su racismo, y darse cuenta que es una persona que vale la pena, que debe de dejar sus malos modos atrás para poder seguir el camino del bien.

El uso del Magical Negro en Green Book es tan descarado que es sumamente visible — e incómodo— cuando Lip es presentado como un personaje complejo, con una familia conformada por su esposa, hijos, padre y hermanos, mientras que Shirley ni siquiera tiene derecho a contar un poco sobre la historia de su familia, solo pequeños guiños aquí y allá. El Magical Negro no necesita tener una historia si su único propósito es darle matiz y profundidad al personaje blanco.

De hecho, Green Book cree fervientemente —y hace creer a sus audiencias— que Shirley es el protagonista de su historia, pero se olvida de él a la mitad de la película en beneficio de contar la historia del hombre blanco racista que se da cuenta de sus malos modos gracias a la paciencia y los consejos de su amigo de color.

Lo problemático de este tipo de narrativas no es solo lo increíblemente ofensivo que resulta que un personaje blanco le robe protagonismo al personaje de color, en una historia donde el tema principal gira alrededor del racismo y las formas en que éste las vive día con día, sino que también, en el intento, logra quitarle la agencia a su único protagonista de color.

Con ello, el director está diciendo que las personas de color son responsables de educar a los individuos blancos sobre la historia de su gente, las implicaciones detrás del racismo y las diferentes formas en las que alguien puede ser o no racista, como si no tuvieran suficiente con lidiar con actitudes y discursos racistas — como esta película— a diario.

Es importante señalar que esto no es todo culpa del director, mucho tiene que ver que uno de los guionistas del filme sea hijo de Tony Vallelonga y que el guión esté basado en historias que su padre le contó. De hecho, esto tuvo tantas implicaciones al momento en el que la película se estrenó, que el mismo Mahershala Ali se disculpó con la familia del Dr. Shirley por cualquier ofensa que su interpretación haya ocasionado.

A diferencia de Green Book, la complacencia detrás de Bohemian Rhapsody es mucho más matizada y complicada, pero igual de problemática. La película narra la vida de Freddie Mercury y los altibajos musicales que vive al lado de los integrantes de una de las bandas de rock más famosas de la historia: Queen.

Si bien es sabido, Freddie Mercury es uno de los íconos LGBT+ más famosos e icónicos — valga la redundancia— de la historia, sin embargo, la película no parece estar de acuerdo con ello. Es por eso que desde el principio, cuando nos introducen a la vida de Mercury, nos podemos dar cuenta que la traducción de su biografía al cine sufrió un trágico caso de ‘Straightwashing’, aquella anticuada costumbre de Hollywood por retratar a cualquier personaje de la comunidad LGBT+ de la manera más heterosexual posible.

Esta acción es muy común y sucede por muchas razones, una de ellas es, por supuesto, el dinero, pero también se debe al miedo que tienen las casas productoras por arriesgarse a salirse de la norma y alienar a sus audiencias heterosexuales al mostrar *gasp* actitudes y personalidades demasiado homosexuales con las cuales la gente no se encuentre lista para lidiar o aceptar.

El filme no evita hablar de la orientación sexual de su protagonista, por supuesto. Sin embargo, la representa de una forma tan sanitizada y alejada de la realidad, que lo único que logra es separar por completo a Mercury de su identidad para convertirlo en una versión mucha más «aceptable»de lo que debe de ser un hombre gay en la sociedad actual. De hecho, es tanta su necesidad de mostrar lo heterosexual de la película, que el tiempo y la atención que se le dedica a su relación heterosexual es comparativamente mucho mayor que la homosexual.

Con Mary (Lucy Bonton) Freddie mantiene escenas románticas, sexuales y momentos de pareja visibles y representados a lo largo de la película. En cambio, Jim Hutton (Aaron McCusker) — su última pareja y con el hombre con el que tuvo una relación por más tiempo en la vida real— solo aparece en dos escenas, una de ellas cuando se conocen y en otra al gozar del único acercamiento o intimidad que llegan a tener juntos: tomarse de las manos.

El Straightwashing en Bohemian Rhapsody es tal que, en los pocos momentos en los que permiten que Freddie Mercury se salga de las reglas de heterosexualidad que la misma película impuso, es cuando comienza as tener encuentros fortuitos con otros hombres —que suceden fuera de pantalla, obviamente— y estos son automáticamente demeritados al ser relacionados directamente con las drogas y los excesos. Lugar de donde sale gracias a la ayuda de sus amigos heterosexuales que siempre le advirtieron sobre los peligros de ese tipo de vida.

Con ello, la película está expresando claramente lo que debe y no debe ser bien visto en la homosexualidad en hombres. En esencia, nos dice que los gays deben de tener una pareja estable que institucionalice la monogamia como respuesta directa al alejamiento de la promiscuidad y de los excesos, sin embargo, éstos no deben de mostrar cariño alguno en público ni hablar de su sexualidad porque es algo que la gente no está lista ni debe escuchar. En otras palabras, todo muy bien con los hombres homosexuales, mientras no sean promiscuos y no muestren su afecto en público.

La representación es, sin lugar a dudas, importantísima en el cine y la televisión, ya que ayuda a crear conocimiento y reconocimiento de la existencia del otro en las audiencias mainstream. El problema surge cuando ésta es utilizada para complacer y hacer sentir bien a las audiencias y no para visibilizar a los individuos que son poco representados.

Es por ello que este proceso es necesario hacerlo de forma correcta y respetuosa, sobre todo si se trata de una minoría de la cual los involucrados no conocen mucho y con la que deberían de tratar de decir algo más allá que darse palmaditas en la espalda a si mismos.

Bury Your Gays: cuando la comunidad LGBT+ es carne de cañón

Esta entrada cuenta con spoilers relacionados con la muerte de algún personaje de The Walking Dead, Jane The Virgin, The 100 y Orange Is The New Black.

La correcta representación de la comunidad LGBT+ en la televisión y el cine ha sido un tema que ha cobrado relevancia en los últimos años. Ahora, más que nunca, son muchísimas las personas que piden como audiencia, verse reflejados de alguna forma en los personajes que protagonizan los programas de televisión y las películas que ven y consumen a diario.

Por supuesto, este suceso ha hecho que las historias que se centran en dicha comunidad se hayan vuelto cada vez más rentables. Sin embargo, como todo en lo que hay dinero de por medio, esto también ha ocasionado que se comience a capitalizar con estas narrativas, sin pensar en la forma tan perjudicial en que muchas de las experiencias de la comunidad LGBT+ están siendo retratadas.

En un mundo donde el porcentaje de representación de personajes LGBT+ en el cine y la televisión normalmente no pasa del 20%, resulta realmente problemático que existan tantos tropes — como el Queerbating— que, en lugar de hacer algo para modificar este panorama y crear referentes positivos, se encarguen de empeorarlo.

Antes de continuar, me gustaría realizar otro ejercicio de imaginación con ustedes. Traten de pensar en varios personajes LGBT+ del cine o la televisión. No importa cuales, pueden ser lesbianas, gays, bisexuales, pansexuales o transgénero. Ahora respondan una pregunta, ¿Alguno de ellos está muertoo a punto de morir? Estoy seguro de que sí.

Este, precisamente, es uno de los tropes que más fuerza ha cobrado— y por lo tanto un enorme número de reacciones encontradas—en los últimos tiempos, el llamado «Bury Your Gays» (que se traduce como «Entierra a tus gays»).

Hoy en día, matar a algun personaje con el que la audiencia se ha encariñado, es la mejor forma de crear drama y tensión para atraer la atención de la gente que te está viendo. Por ello, es muy común que los creadores de los productos audiovisuales que consumimos decidan deshacerse de un personaje.

Lo que también es cierto , es que los personajes LGBT+ siempre son la primera opción para ser asesinados. Son muy pocas las series y películas donde dichos individuos sobreviven al final, y los que sí lo hacen, normalmente viven una vida infeliz.

Resulta muy conflictivo que, considerando que en un filme o show, más del 80% de la totalidad de personajes son heterosexuales, las personas detrás de dichos proyectos prefieran deshacerse antes de un personaje LGBT+ que siquiera considerar a los que forman parte del resto.

Por supuesto que se debe reconocer que muchos de los creadores realicen un esfuerzo por incluir personajes LGBT+ en sus historias, sí. El problema es que dichos individuos sean los primeros en desaparecer de una serie y, peor aún, que sus muertes sean ultilizadas como medios para inyectar más drama en la historia.

Esto no solo provoca que la poca representación LGBT+ que tiene un show o película disminuya, sino que también ayuda a reforzar la idea de que la gente que forma parte de dicha comunidad es mucho más deshechable que la heterosexual.

De hecho, es más común que el único personaje gay de una historia muera de VIH, por un crimen de odio o por uno de pasión —cometido, por supuesto, por su pareja— antes de que se asesine a uno heterosexual.

Este trope comenzó a aparecer en el cine y la televisión con la llegada del VIH, donde por muchos años la única historia LGBT+ que valía la pena contar, era la del sufrimiento que esta terrible enfermedad causaba a sus portadores y a sus respectivas parejas, como es el caso de Philadelphia con Tom Hanks y Antonio Banderas.

Con el paso del tiempo, se comenzaron a contar otro tipo de historias. Sin embargo, todas terminaban en lo mismo: en tristeza y soledad. Inconsciente, o conscientemente, los escritores comenzaron a contar historias donde advertían los peligros de ser gay.

Con ello, estos programas y películas se encargaban de decirnos que los personajes LGBT+ no merecen un final feliz, incluso —y sobre todo— cuando se encuentran en una relación homosexual. Es mucho peor cuando la razón de la muerte de estos personajes tiene que ver con su sexualidad o identidad de género.

Este trope, como cualquier otro, también es atravesado por las políticas de género que nuestra sociedad vive día con día. Por ello, no es de sorprender que Bury Your Gays perdone menos a las mujeres que a los hombres.

Es tal número de lesbianas y mujeres bisexuales que han sido asesinadas a través de los años en la televisión, que ya existe una página que lleva un conteo de todos ellos. Al comenzar en el 2016 enlistaron 65 personajes, a la fecha (noviembre del 2018) ya van 202 en total.

Esto podemos verlo reflejado perfectamente en las muertes de diversos personajes de shows populares de televisión, como es el caso de Rose  (Bridget Regan) en Jane The Virgin, Denise en The Walking Dead,  Lexa (Alycia Debnam-Carey) en The 100, Tara (Amber Benson) en Buffy The Vampire Slayer o Poussey (Samira Wiley) en Orange Is The New Black.

El cine tampoco se salva, ya que hace poco pudimos ver cómo Delphine (Sofia Boutella), el único personaje LGBT+ presente en Atomic Blonde, fue brutalmente asesinada, o con Jennifer (Megan Fox), la única personaje no heterosexual de Jennifer’s Body.

Por ello, es necesario dejar de conformarnos con la simple presencia de un personaje LGBT+ en un programa o película, ya que es muy porbable que termine muerto o asesinado antes de cualquiera de sus contrapartes heterosexuales.

En nosotros está comenzar a exigir una representación correcta de la comunidad LGBT+ que vaya más allá de funcionar como carne de cañón para los creadores de series y filmes.

 

Un espacio para la desnudez.