Mujeres dentro de refrigeradores: un modo violento de avanzar la trama en el cine y los comics

Hoy en día, analizar el rol que las mujeres tienen — y han tenido— a lo largo de la historia del cine, significa encontrarnos inmediatamente con una historia muy accidentada que ha sido injusta, en todos los aspectos posibles, con sus personajes femeninos y las actrices que les han dado vida. Desde el surgimiento de la damisela en peligro hasta el abuso y sexualización continuo de los cuerpos femeninos, el cine se ha encargado de reflejar perfectamente lo que la sociedad piensa de sus mujeres y lo que está dispuesto a hacer con ellas.

Aún, a la fecha, es muy común toparnos con Smurfettes y cuerpos femeninos sexualizados por el male gaze o con mujeres protagonistas despojadas de total agencia por sus contrapartes masculinaso con el terrible doble estándar con el que se sigue juzgando a las mujeres en el cine y que sigue reptando las películas taquilleras del momento. Y, aunque ya existen grandes esfuerzos para tratar de resarcir el mal que se ha hecho y se han comenzado a contar historias desde una perspectiva femenina matizada y bien elaborada, Hollywood insiste en seguir quedándose atrás en cuanto a representación femenina se trata.

Lo que me lleva a hablar de una práctica común que sigue haciéndose y que, francamente, me sorprende que aún exista: Women in Refrigerators. Éste hace referencia a los personajes femeninos —que son casi siempre tratados como desechables— cuyo único propósito, y motivo de existir, es ser atacadas para motivar al héroe a vengarse y poder avanzar con la historia. Estas mujeres no son más que herramientas narrativas a la merced de los escritores.

Este término, también llamado fridging, tiene su origen directamente ligado al mundo de los cómics, donde la escritora Gail Simone decidió llamarlo así después de ver las formas tan violentas con que las mujeres eran tratadas. Éste surge a partir de la brutal muerte de Alexandra DeWitt, en un número de Green Lantern, donde su cuerpo es dejado dentro de un refrigerador para ser encontrado por el protagonista Kyle Rayner (Green Lantern).

La escritora luego abrió un sitio web con el mismo nombre, donde se encargó de hacer una lista de personajes femeninos pertenecientes a diferentes cómics, que fueron violadas, despojadas de poder y agencia, torturadas o asesinadas con la única intención de motivar a los personajes masculinos a vengarlas y avanzar la trama. Normalmente este puesto es tomado por las novias, esposas, madres o hermanas de los protagonistas masculinos.

La razón de existir de esta práctica es jugar con la idea del fracaso del arquetipo masculino y la idea de lo que significa ser un hombre, ya que atenta directamente contra la masculinidad del héroe, al adscribirse a una de las ideas centrales de los roles de género tradicionales, donde la labor del hombre es proteger y cuidar a las mujeres que lo rodean.

De esa forma, podemos ver este concepto perfectamente alineado con el arco de Barbara Gordon en The Killing Joke, de Alan Moore, donde los actos de violencia y brutalidad que The Joker realiza en ella —incluyendo una violación— son tales que motivan a Batman a vengarse en su nombre para avanzar la trama.

Esta práctica también forma parte de una larga lista de películas que ha usado, y abusado,  de sus personajes femeninos para avanzar la trama en favor de los masculinos y que los filmes de superhérores y las revenge movies se han encargado de liderar.

Deadpool 2, haciendo honor a sus raíces del mundo de los comics, decidió usar el fridging no solo con uno de sus personajes, sino con tres de ellos. Primero, al asesinar a Vanessa (Morena Baccarin) al principio del filme con el único propósito de arrancar la historia y motivar a Wade Wilson (Ryan Reynolds) a vengarse, y después al decidir matar a la esposa e hija— los cuales ni siquiera se molestaron en darles nombre— de Cable (Josh Brolin) para obligarlo a cruzar su camino con Deadpool y avanzar la narrativa.

Lo mismo sucede con The Equalizer y su secuela, The Equalizer 2, donde la historia de venganza de Robert McCall (Denzel Washington) comienza cuando decide castigar a los perpretadores de la brutal golpiza que le propinan a Alina (Chloë Grace Moretz) en la primera película y a los asesinos de su amiga Susan (Melissa Leo) en la segunda. Ambas relegadas al papel de damiselas en peligro desde el principio del filme.

Recientemente, los hombres también han sido víctimas del fridging, ahí tenemos al tío Ben en la película de Spider-Man, Odín en Thor: Ragnarok  y T’Chacka en Captain America: Civil War, sin embargo, y a diferencia de las mujeres, sus muertes los han convertido en modelos a seguir y figuras inspiracionales que ayudan a trazar el camino que el héroe recorre en su arco narrativo, mientras que los personajes femeninos han sido transformados automáticamente en  damiselas indefensas que son torturadas y desposeídas de toda agencia, sin respeto alguno por su existencia o lo que intentan representar.

La forma en que tratamos a los personajes femeninos en los medios, la cultura pop y en general en la vida real, determina la manera en que seguimos tratando a las mujeres y los modos en las que las representaremos. Por ello, es importante no solo contar con una amplia variedad de los mismos, sino comenzar a darles historias ricas y bien formadas que no las impliquen en actos brutales que las transformen automáticamente en recéptaculos de violencia necesaria para motivar a un personaje masculino a comenzar su historia.

Las mujeres son personas  complejas, no objetos ni herramientas narrativas que existen detrás de las historias de los hombres. Por ello, debemos comenzar a tratarlas como tal en los productos audiovisuales que creamos y consumimos, así como en los entornos sociales en los que nos desarrollamos a diario.

 

 

 

Honey, I shoehorned heterosexuality on the kids

Let’s all agree on this, the media doesn’t like to portray queer children. We can have lots of wonderful and nuanced gay couples flourishing in front of our eyes accompanied with some transgender characters in our TV shows, but don’t even think about getting a beautiful coming out story of a child with an identity crisis, because kids watching it might “get confused” and ask things we’re not prepared to answer as the grown-ass adults we are.

We don’t like to confront the things we’re not able—or don’t want—to understand. That’s why most of the audiences, especially parents, get usually startled when even a hint of queerness stands out on their children’s TV shows because talking about it will automatically imply we want our children to be themselves and live a full life instead of living within the borders of the idea of life we have for them.

We like to see our children depicted as five-year-old heterosexual boys holding hands with five-year-old heterosexual girls yearning for long-lasting relationships since the first day they were born and dreaming with being home-steady moms and dads who provide for their families. Basically, the perfect family picture.

And don’t get me wrong, there’s nothing bad with wanting to have the family, the house, the children and the dog visualized in the future. The problem here is that the media is not capable to look beyond that stereotype, especially when our reality is really different and far from it. Every day, there are more and more queer children embracing their identities and feeling good about themselves than we can handle, and that scares us.

That’s why most TV shows, especially the ones that have a younger audience, prefer to depict their children as heterosexuals —especially men— from the very beginning. In fact, they would probably establish them as such on the first or second episode of the season to leave no doubts about it.

We can’t have a little boy on television who is sensitive and caring without clarifying upfront his heterosexuality. We also can’t have a child who doesn’t have a romantic interest (or even intentions of having one) without giving them one immediately, because being single would probably mean that they’re indecisive or gay. Sadly, that’s a direct reflection of our reality and the ways we reduce children’s identity.

Nowadays, is really easy to find stories of little boys falling in love with little girls —and not the other way around— from a very young age in TV shows, as opposed on investing in creating meaningful stories that centre on them being alone and discovering themselves; that would leave no space to believe that they are nothing but heterosexuals. People actually prefer to create a love arc between their little heterosexual children before considering the idea of, I don’t know, letting them be children.

There isn’t a better example of this than the characters of Jackson (Michael Campion) and Max (Elias Harger) from Netflix’s Fuller House (2016): a pair of thirteen-year-old and seven-year-old boys respectively, who have been problematically paired up with several girls since episode one of their three-season run, with lots of excuses, narratively-wise, to justify this.

Jackson has been portrayed, from the very beginning, as a teenager experiencing his wonderful blossoming into manhood, and as such, he has been doing it with the help of his manliness. The problem with it is that his character is constantly reduced to his heterosexuality and his “manly appeal”, making it his only recognizable trait. Jackson’s arcs have always been about him trying to make girls like him. If we strip him out of it, there would nothing left of him, leaving behind a blank of a person.

Max’s heterosexuality, on the other hand, is so frustratingly shoehorned, that any story −and believe me, there are lots of them−that develops around him and his love life automatically feels superficial and out of character. Why? Because he is portrayed as a sensitive child that is in touch with his emotions and, as we have learned, emotions and sensitiveness are not usually related to manliness and heterosexuality in boys.

The people behind the show is so invested in proving that Max is heterosexual that they have essentially devoted all of the entirety of his season 2 and season 3 arc into orchestrating a feud between him and his neighbour over the love and attention of a girl, named Rose (Mckenna Grace), —who’s title actress looks always uncomfortable— in order to become her boyfriend. It’s important to mention that none of them has asked her if she would like to date them or even if she’s interested in any of them.

Something similar has been happening on another Netflix show, Stranger Things (2016), where it seems that the love lives of a group of thirteen-year-old boys are more interesting than the mysteries surrounding them. Or at least, that’s what the creators of the show, the Duffer brothers, have been trying to tell us on the two seasons that have been aired.

First, they stripped Eleven (Millie Bobby Brown) of all agency by giving her the role of Mike’s (Finn Wolfhard) love interest on season 1’s finale, then, they brought a new girl character, called Max (Sadie Sink) to fulfil the role of the Smurfette of their group that Eleven left when she was gone, and with no other reason to exist than becoming Lucas (Caleb Maclaughlin) and Dustin’s (Gaten Matarazzo) love interest and object of desire.

Also, like Fuller House, Stranger Things has their very own Max problem with one of their leads, Will (Noah Schnapp), who is also a sensitive, caring boy who also happens to be in touch of his feelings and the only one who has not being paired with any other girl. But, as he becomes more and more important, I can already see him meeting a love interest for season 3, especially because lots of media outlets and forums devoted to the show have been asking to the creators to have him be a gay character.

What’s really dangerous—and also disingenuous, I might say— about the narrative that the creators of these shows are trying to tell, is first, that girls’ only purpose in this world is to become a symbol of heterosexuality for adults to use as love interests in order to justify the heterosexuality of their boys and, second, that children need to be paired up before they have the chance to even try to think about themselves, their identities and what they really want.

Representation will always matter, especially when it comes to children and their identities, if we want to set a good example, we need to depict them as to how they really are and not by the idea we have of them.

 

 

 

 

 

Visibilidad y producción de sentido en el cine con actores y actrices transgénero

Si tienes conexión a internet y has estado al tanto de las últimas noticias del mundo de la cultura pop, sabrás sobre las últimas noticias de la contratación y consecuente rechazo de Scarlett Johansson para retratar a un hombre transgénero en la película de Rub & Tug . Seguro te estarás preguntando ¿Por qué la gente y los medios están haciendo tanto escándalo por algo que parece ser tan sencillo y simple como la representación de un personaje en manos de una actriz que se dedica a hacer eso? ¡No temas! Que yo estoy aquí para explicarte.

Antes de meterme de lleno en el tema, me gustaría primero hacer una pequeña pausa y hablar un poco sobre la performatividad y la creación de sentido como preámbulo explicatorio. Como todos sabemos, el lenguaje es la forma más inmediata  y sencilla con la que los seres humanos nos comunicamos, al intercambiar ideas por medio de un sistema de formas y símbolos compartidos.  Cuando decimos algo, sabemos que el receptor nos va a entender porque esperamos que cuente con la misma estructura simbólica y de procesamiento de formas simbólicas que nosotros. Al comunicarnos, estamos produciendo sentido.

¿A qué me refiero con producir sentido? Esto hace referencia al proceso que realizamos al transformar y adaptar una idea en nuestra mente en una frase u oración que tenga sentido y coherencia para que el otro pueda entenderlo al momento de recibirla, sin necesidad de contar información extra. En cierto modo, al producir sentido estamos creando una realidad; y precisamente de esto se trata la performatividad, cuando enunciamos y nombramos algo, lo volvemos real.

Una manzana no es una manzana en nuestra mente hasta que la llamamos de esa forma, de la misma manera,  una persona transgénero no es transgénero hasta que la nombramos, hasta que le damos sentido y significado en nuestra mente. El proceso de nombrar a algo o alguien no solo crea sentido, sino que visibiliza lo que nuestra conciencia no había considerado o tomado en cuenta en cuanto a formas simbólicas se refiere. La performatividad es, en esencia, la representación de la realidad.

Es por ello que creo que la idea de la performatividad se adecua a la perfección a la hora de tratar de entender a las políticas de identidad y los problemas subsecuentes con los que se está topando Hollywood  con ellas. El cine, al ser también un lenguaje, está destinado a producir sentido y crear realidades al nombrar lo que está poniendo y representando en pantalla.

En la actualidad existe una gran variedad de actores y actrices transgénero capaces de dar vida a cualquier papel que se les requiera ya  los que ni siquiera se les está considerando para hacerlo. También existe todo este grupo de actores y actrices cisgénero a los que se les están dando aquellas oportunidades y a los que se les están otorgando papeles de personajes transgénero sin dudarlo, muchos de ellos aplaudidos, reconocidos como personas valientes y merecedores de diversos premios por ello.

Si a los actores y actrices transgénero no se les está brindando las oportunidades necesarias para aparecer en alguna película o interpretar cualquier papel, ¿por qué ni siquiera se les está considerando a la hora de realizar audiciones para un papel de un personaje transgénero? En un ambiente sobrepoblado por hombres heterosexuales que son representados una y otra vez en diversos filmes por actores cisgénero, debería de haber también cabida de las voces trans para participar en los espacios y tomar los papeles que se les han estado negando.

Lo que Hollywood hace al darle el papel de un hombre transgénero a una actriz que no lo es, es producir sentido y crear una realidad. Con ello, las grandes casas productoras están enunciando explícitamente que las voces diversas no existen y, por lo tanto, son invisibles y no tienen cabida en el medio. Por supuesto que una actriz como Scarlett Johansson puede interpretar un personaje transgénero sin lugar a dudas, pero ese no es el problema. El verdadero problema es el rechazo e invisibilización sistemática de la diversidad en el medio al desaparecer las voces trans.

Seguro estarás preguntándote —y lo digo porque he leído este tipo de argumentos numerosas veces— “¿Entonces qué sucede con los actores y actrices digamos, caníbales, que no fueron considerados para el papel de Hannibal Lecter en Silence Of The Lambs o las amas de casa que no buscaron a la hora de contratar actrices para The Stepford Wives?” Yo te respondería que una cosa no tiene nada que ver con la otra, porque  1) como suele pasar mucho actualmente, estás confundiendo estilo de vida con identidad de género,  mientras la primera se decide, la segunda es algo con lo que se nace y 2) ni los caníbales, ni las amas de casa han sido catalogadas como un género cinematográfico ni han sido sistemáticamente utilizadas como herramientas narrativas a la disposición de un actor o actriz que en busca de “intepretar un papel valiente”.

Por ello, resulta importante y muy relevante celebrar los avances que la televisión ha comenzando a lograr con series como el nuevo proyecto de Ryan Murphy,  Pose, que cuenta con el cast más grande de personas transgénero en la historia de la televisión, o Transparent —a pesar del casting de Jeffrey Tambor como una mujer transgénero— que le ha otorgado grandes papeles de personajes transgénero a actrices transgénero o Sense8, una de las primeras series en darle a una actriz transgénero un papel protagónico, o la más reciente noticia de Supergirl, la cual contará una superheroína abiertamente transgénero, interpretada por una actriz transgénero en su siguiente temporada.

La representación  es importante, sobre todo cuando se trata de un medio y un lenguaje que crea y produce sentido con cada producto que lanza al mercado, como lo es el cine. Si el entorno social donde nos desarrollamos está lleno de diversidad y voces alternantes, resultaría coherente ver eso reflejado en la pantalla grande por personas que lo viven día a día en carne propia, no solo por la capacidad que tienen de incluir su experiencia en su interpretación, sino que también porque ya es hora de que comiencen a habitar los espacios e intepretar los papeles que sistemáticamente les han sido negados una y otra vez.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hereditary and the selfless mother/selfish woman dichotomy

Warning: This post includes MAJOR Hereditary spoilers. Proceed with caution.

As I previously stated , the mythical mothers in cinema history have the tendency to be represented as these selfless individuals who are capable of putting everyone else before them and who would do everything for their families, specially for their children.

What’s really dangerous of this portrayal is not the very idea of selflessness, but the assumption that motherhood is inherent to all  women and, even worse, that it constitutes the definition of womanhood.

With this trope, movies are telling us that women need to be mothers in order to fulfill their purpose, that women need to be mothers to feel complete and that there’s really nothing else for them to do in this world but to deliver babies .

From rom-coms to dramas, movies go out of their way trying to beatify their mothers’ purpose on their stories. But there’s actually one genre that has been subverting this trope all along: horror movies.

I’m talking about horror movies, not their suitable cousin, slasher movies, where the mother figure is commonly the first one that is willing to die, literally, for her family at any time, as she is always available for screenwritters to use as cannon fodder in order to increase the body count to up the movie stakes.

Unlike these films, recent horror movies, like The Babadook (2014) or Good Night Mommy (2015), have helped to change the ways cinema represents their mothers  by portraying flawed maternal figures that are tired of the inherent responsability that comes with motherhood and are acting on it in sadistic and vicious ways. Everything but mother-like.

Fortunately, the wonderful jaw-dropping Hereditary (2018), falls right into this place, too. Specially when it tries to unpack the trials and tribulations  behind  the difficult relationship between its protagonist Annie, her mother Ellen, and with her children, Charlie and Peter.

From the very beginning of the movie, Annie lays it all for us at her mother’s funeral: she really loved her, but their relationship was complicated and really difficult to process, Ellen had her secrets and was a really secretive person whose husband died young at the hands of a mental disease and a son who went mad blaming her for placing the voices in his head. Clearly, she did not embraced the stereotypical idea of motherhood.

Later we discover that not only did she offered up all her family —specially her grandchildren— as a sacrifice to bring back a demon from hell, but that her first attempt involved using her husband and son as a mean to achieve her goal, but eventually failed.

With Ellen, the movie paints a character that  goes against everything the mother trope stands for. She is someone who’s purpose goes beyond her inherent motherhood and a cult leader who also happens to have children. She is the antithesis of the selfless mother: the selfish woman; that’s what happens when a mother stops thinking about her children and starts thinking about herself.

In fact, not only does she has a particular aim whose very process involves putting herself and her cult interests first and foremost before their family and their well being, but she carries along with it without even considering it or flinching. Ellen’s purpose on earth is clearly not putting their children first, as society expects her to do. She sees her kids as tools to find meaning to her life,  not the meaning itself.

Ellen, as a character, is easy to portray because her motivations are clear and directly comes from a subverted trope. Annie, on the other hand, is a more complicated, and nuanced, individual. She tries to act like an overbearing mom with Charlie, her younger daughter, but the ghost of her mother, and her consequential heritage, lingers with her.

Annie loves her children, but she also knows —on a subconscious level— that there’s something wrong with them. Charlie represents the first embodiment of the demon her grandma is trying to bring back to earth, while Peter is the masculine body that later will be used as a vessel for the same demon to occupate.

Annie’s character represents perfectly the dichotomy of the selfless mother/selfish woman on a conscious/unconscius level as a criticism against the expectations that society has towards women. A mother know on a conscious level that her selflessness must be part of her daily “job” but, on an unconscious level, she will always try to fight back all these ideas bestowed upon on her, by separating the idea of motherhood from her very own construction of womanhood.

We learn, as the movie goes on, that Charlie was Annie’s mother favorite  child as she always wanted to fed her since she was a little baby; that was the main reason why Annie smothered her so much, to kept her away from her.

Annie also didn’t want to have Peter, her oldest son, as she even tried to abort him on a failed attempt. She also tried to kill both of her children on a sleepwalking night by showering them on kerosene and lightning a match before walking up.

Annie is overbearing and smothering with her children on a conscious level because it’s the only way she understands how a mother should behave, but she is also selfish, on a unconscious level, by doing what it has to be done  for the sake of her family and against her mother’s wishes, by trying to get rid of the evil her children will become in the future.

The great thing about Hereditary is that, not only does it give us the opportunity to get excited about an inteligent horror movie with nuanced symbolisms to talk about, but it also offers a great way to understand the stereotype behind motherhood and the different ways that some women are capable of carrying along in order to break this mold in numerous and fulfilling ways.

Club de Cuervos tiene un problema con sus mujeres

Club de Cuervos es una de las series mexicanas más exitosas del momento y no es para menos, ya que no solo cuenta con uno de los equipos de actores más renombrados a la fecha, sino que también tiene la capacidad de contar historias entrañables a través de sus episodios. Es innecesario recalcar que me considero un fan asiduo del programa.

Cada que Netflix lanza una temporada nueva soy de los primeros en celebrarlo y de los más emocionados por continuar las aventuras y nuevas historias de los hermanos iglesias. Sin embargo, desde el lanzamiento de la primera temporada, ha habido algo que no me ha permite disfrutar plenamente de la misma, el tratamiento  y representación que le dan a sus mujeres.

En el mundo de Club de Cuervos las mujeres actúan y responden  ante ciertas situaciones solo al ser motivadas por las acciones de un hombre; comenzando por Isabel Iglesias, protagonista interpretada por la magnífica Mariana Treviño.

Desde el primer momento que conocemos a Isabel podemos entender que se trata de una mujer ambiciosa, preparada y talentosa, que comparte la pasión por el futbol con su papá y que  tiene una visión muy específica sobre el futuro del equipo deportivo que heredó junto con su hermano, interpretado por Luis Gerardo Méndez,: los Cuervos de Nuevo Toledo.

Isabel tiene las habilidades y el conocimiento necesario para dirigir al equipo y, sin embargo, se encuentra en medio de una encrucijada con  su hermano Salvador que no se encuentra interesado en ello, al contrario, que solo busca ser dueño para vivir una vida de excesos y reconocimiento. Esta es la razón que nos dan a entender por la que comienza a pelear con él y  la fuerza motora con la que dirige sus motivaciones como personaje: su ambición y talento innato por dirigir un  equipo.

Sin embargo, después del segundo capítulo, y a lo largo del resto de las temporadas, esta motivación es completamente olvidada e instantáneamente reemplazada, y reducida, por otra: un berrinche motivado por la necesidad de ser mejor que su hermano. Con esto, la Isabel ideal para ser dueña que conocemos en un inicio, desaparece para dar paso a Chabela, la hermana enojada con su papá y su hermano y que solo busca vengarse de ellos; la Chabela irracional que no piensa y que solo actúa y responde con sentimentalismo.

Y es aquí donde las cosas se comienzan a tornar problemáticas, pudiendo haber creado un personaje femenino fuerte y racional capaz de obtener y mantener un puesto directivo gracias a su conocimiento y talento, los escritores prefirieron caer en el trope tan gastado y cansado de siempre, el de la mujer irracional y sensible que no es capaz de tomar decisiones conscientes debido a sus hormonas y su perspectiva sentimental que es aparentemente inherente a la representación de todas las mujeres. Mujer que cada paso que da, es motivado por la acción de un hombre y no por su propia convicción.

De ahí en adelante nos encontraremos con que Isabel no es la única mujer en este show sometida a esta narrativa. Lo mismo sucede con su mamá, Gloria Iglesias, interpretada por Verónica Terán, cuyas acciones giran siempre en torno de su ex-esposo y lo que significaba para ella, y la madre de Salvador, Vanessa Iglesias, interpretada por Claudia Vega, cuya presencia es relevante solo cuando Chava necesita ser respaldado por alguien.  Son personajes satelitales que necesitan de una presencia masculina para justificar su existencia, ya que ellas por si mismas no cuentan ni con motivaciones ni ambiciones más allá de lo que sienten por su ex-esposo e hijo, respectivamente. Si elimináramos la presencia de Salvador Iglesias Sr. y a su hijo de la historia, estos personajes femeninos no tendrían sentido ni relevancia.

En el mundo de Club de Cuervos las mujeres son personajes emocionales, sin motivaciones ni sentido, que giran en torno a su contraparte masculina; los hombres, por otro lado, son individuos que piensan por si mismos y que sus ambiciones van más allá que las mujeres a su lado.

Ellas son un ejemplo más de la larga lista de personajes femeninos mal representados en la pantalla, que sufren de una falta de agencia propia. Este problema está totalmente ligado a la falta de interés por parte de los creadores y creativos de la industria por entender y construir mujeres reales en lugar de caricaturas extraídas directamente de sus fantasías.

Mary Luz Solari, interpretada por Stephanie Cayo, sufre del mismo problema. No solo es retratada como una mujer emocional que  toma todas sus decisiones desde un lugar emocional como lo es el enamoramiento que sentía por su ex-esposo, Salvador Iglesias Sr., sino que también es representada como una mujer a la que solo le interesa el dinero y la fama. Mary Luz, al igual que Vanessa, es un personaje que existe solo para validar la hombría y relevancia de  Salvador y Chava Iglesias en la historia.

El tratamiento de estas cuatro mujeres no está tan mal manejado si lo comparamos con el personaje de  Isabel Cantú, interpretado por Melissa Barrera. Isabel es la heredera de una fortuna millonaria que funge como interés amoroso de Chava en la tercera temporada y, como el resto de los personajes femeninos, es una mujer impulsiva, emocional y berrinchuda.

Sin embargo, el problema no radica en la repetición constante de esa pobre representación femenina que los escritores de este show parecen querer tanto, sino en la razón por la que ella actúa de esa forma: Isabel tiene una enfermedad mental.

Me encantaría poder decirles que Club de Cuervos aprovecha la oportunidad para argumentar algo en referencia a las enfermedades mentales o que, incluso, hacen el intento de tratar el tema de manera responsable y respetable, pero no es así. Al contrario, el show se encarga de representar a las enfermedades mentales, y las personas que las sufren, como individuos vengativos, impulsivos y sin contacto con la realidad.

De entrada, los escritores nunca nos dicen cuál es la enfermedad que tiene Isabel, solo sabemos que, después de que su primer novio rompiera con ella, tuvo que ser internada en un hospital psiquiátrico.  El show espera que esa información nos sea suficiente para entender al personaje y sus motivaciones, cuando, en realidad, lo único que provoca es que nos quedemos con una imagen de una mujer perturbada que reacciona de manera irracional.

Pero la historia no termina ahí, a la mitad de la temporada, Isabel deja de tomar sus medicamentos y comienza a actuar de manera más errática y emocional. Para el final de la misma, su personaje tiene otra crisis nerviosa después de que Chava rompe con ella y termina en el psiquiátrico de nuevo, no sin antes hacer un berrinche y tomar una serie de decisiones impulsivas.

Esta representación no solo es injusta con las mujeres, sino con las personas que sufren de una enfermedad mental. Los escritores no solo caricaturizan a las personas enfermas, sino que utilizan su enfermedad como un pretexto para justificar a las mujeres emocionales y transforman a un personaje, que pudo haber tratado de visibilizar un tema tan importante como ese, en una villana superficial.

Lo que me lleva a preguntarme una serie de ideas ¿Por qué se sigue representando a las mujeres como personas sentimentales y emocionales solamente? ¿Por qué los personajes femeninos tienen que tener su historia o arco atado al de un hombre? ¿Por qué siguen sin tener agencia propia? ¿Hasta cuándo comenzaremos a tratarlas como personas y no como caricaturas de si mismas?

Club de Cuervos puede ser una serie interesante y divertida, sin embargo, su poco entendimiento de lo que significa ser mujer y, sobre todo, lo que es la experiencia femenina, provoca que sus personajes femeninos pierdan instantáneamente el suelo y pasen de ser personas reales con agencia a personajes caricaturizados con motivaciones vacías y decisiones impulsivas.

Un espacio para la desnudez.