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The color narrative in audiovisual stories.

It’s very well known that our brain has a wonderful way of working when it comes to color. It could react to a certain, and specific, situation depending on the one that surrounds the person at issue the same way it could understand a feeling with an  auxiliary color. Color is important to our lives. Color is everywhere.

Color is a wonderful narrative device that can carry a whole scene with emotional depth and no dialogue whatsoever. The beauty of it lies in its habilty to communicate directly with our feelings whereas our brains can fully understand the message separately.

So, it’s not suprise that color and audiovisual stories (TV and Cinema) have had, from the very beginning, an intrinsical link.  With color you can transform a bubbly and happy scene into something dark and sinister, you can also communicate to the audience the frame of mind of a certain character by the color he or she is wearing in their clothes, and you can even distinguish periods of time, on a movie or TV show, with color and shades.

You could say a lot of things just by using one color. Blue can be related to sadness and melancholy the same way it could be linked with life. Yellow, on the other hand, can be attached with happiness and magic, but also with anger.

You just have to take a look into the current TV shows on air to find color narratives all over the place. Whereas Netflix’s Jessica Jones tries to mimic the film noir atmosphere we all love with dark surroundings and grey areas in its sceneries, Unbreakable Kimmy Schmidt paints its frames with bright and happy colors to imitate the kind of psychotropic world where all its characters live in.

In Richard LaGravanese’s nonlinear narrative film, The Last Five Years,  we understand that a time jump happens -in the past and in the future-  by painting all over the sad scenes with intense dark gloomy colors, and with colorful bright shades on the happy ones.

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The same thing happens in Alejandro González Iñarritu’s Birdman, when the narrative is trying to tell apart the dream sequences, using yellow tones,  from the reality, with blue hues, only to mix them up by the very end when the character, and the movie, can’t tell the difference between Birdman and Riggan Thomson.

Notwithstanding, in Judd Apatow’s anti-rom-com-ish Netflix show, Love,  we see, in the first episode, our protagonist Gus buying  online a blue rug before breaking up with her girlfriend, only to discover the next day an orange one standing on his door. Right after this, Mickey bumps into his life using an orange blouse, and, from that very moment, we see both of them wearing clothes with all the possible variations of this colors all over the season, like a colorful dance of feelings.

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Something similar happens with Robin Wright’s character in House Of Cards, Claire. Whilst her wardrobe in the show consists in a wonderful variety of beautiful and elegant dresses, its colors oscillate between white and black depending on how dark or empathic she acts along each episode. So is natural to see her wearing a sober black dress while scheming a new plan with her husband to win over the white house in one scene, and using a white and delicate gown in bed with her lover in another.

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There’s even an interesting internet theory that develops on the ambivalency between the constant presence of  purple and yellow in How I Met Your Mother that suits very well within their narrative logic.

Color is, then, more than just a tool that could turn animated images into life.  Color, as it happens with feelings an sensations, is constantly attached to our perspective and our usual way of understanding life. We translate experiences that we paint with our minds.

Color is extremely important within any audiovisual story narrative. Whether a movie or a TV show is trying to communicate the very central core of its message using a beautiful color palette or accompanying a character quest between realms with only one shade, color will always be the perfect way to do so.

 

 

‘The Revenant’ o El nuevo Escaparate mediático de Iñarritu

Las películas de supervivencia siempre han sido disfrutables y, en general, muy bien recibidas. En ellas se representa, la mayoría de las veces, el triunfo del espíritu humano de la mejor manera: superando toda clase pruebas, obstáculos y situaciones (casi) imposibles de lograr, gracias al coraje y las ganas de vivir. Los protagonistas de este tipo de filmes se tienen que enfrentar a sus peores miedos y fobias, mientras tumban las paredes que ellos mismos construyen a su alrededor.

Por ello, es importante asegurar que éstas atentan a la empatía y a nuestra capacidad de vernos reflejados en la experiencia ajena.  Desde ‘Castaway’ hasta ‘Gravity’ vemos historias con individuos comunes y corrientes que logran llegar a lugares que, en otro tipo de situaciones, no habrían podido lograrlo. Ver hasta dónde somos capaces de llegar con nuestros propios medios es algo que nos emociona profundamente.

Muchas veces, estos filmes cuentan historias muy parecidas con elementos recurrentes del género, incluso me atrevería a afirmar que, si no es que son todas, muchas de ellas son hechas paara buscar el mismo fin: tener un guiño de los Oscar. Así, vemos a actores reconocidos realizar todo tipo de cambios tanto en su físico como en su rango actoral, con el fin de conmover a las audiencias y mover algo en la Academia.

De esa forma, es muy sencillo identificar a este tipo de películas con tan sólo sus escenas principales: una secuencia onírica llena de simbolismos, un momento de reflexión por parte del protagonista decorado con una fotografía exquisita,  una mirada profunda entre dos enamorados. Estos son momentos que, al ser lo suficientemente sutiles, pero potentes al mismo tiempo, logran dar en el clavo. Algo que está bien, excepto cuando ya no.

Cuando, de la nada, aparecen enormes películas en forma  de Caballos Negros que tratan de apantallarte con todo los elementos rimbombantes que lo conforman, pero que, a final de cuentas, terminan por ser no más que un Caballo de Troya, aquel que te ataca por la espalda y te obliga  a “disfrutar” de una historia exagerada, sobreactuada y sobredirigida, llena de escenas innecesarias y comilonas simbólicas tan descaradas que son suficientes para alimentar a toda una familia. En mi caso este papel lo fungió ‘The Revenant’ de Alejandro G. Iñárritu.

No me lo tomen a mal, siempre he encontrado placer en disfrutar de las historias de este director. El año pasado quedé tremendamente apantallado con la subversiva historia presentada en ‘Birdman’ y aún sigo pasmado con las escenas brutales de ‘Babel’. El señor sabe lo que hace y lo hace muy bien. Claro,  cuando su único fin es plasmar una historia bien contada y no ganarse un Oscar.

Debo aceptar que, antes de ver la película, me vi bombardeado por un exceso de información sobre dicha película y eso, en mayor o menor medida, logró que mis expectativas subieran sistemáticamente. Sin embargo, aún así, no me preparó para todo lo que estaba a punto de ver con ‘The Revenant’: un complejo revoltijo de imágenes, gritos y simbolismos innecesarios que hacen una constante -y abrumadora- referencia a todas las fórmulas necesarias, habidas y por haber, para ganar un Oscar.

De esa forma, puedo dividir ‘The Revenant’ en 3 grupos:

  1. Las escenas donde Leonardo Dicaprio actúa como Leonardo Dicaprio sufriendo en la nieve, arrastrándose y gimiendo continuamente y no como Glass, el padre que busca revancha por la muerte de su hijo.
  2. Las secuencias oníricas donde Iñárritu abusa del simbolismo (y la incredulidad de la gente) mientras intenta poner a pensar a la audiencia que algo superprofundo está sucediendo cuando en realidad nada está ocurriendo.
  3. Las hermosas tomas de Lubezki. Ese hombre es un genio.

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Con ‘The Revenant’ no sólo nos encontramos con un filme donde su protagonista muestra una clara desesperación por demostrar a todo mundo que sí merece un Oscar (cuando eso nos había quedado claro hace mucho tiempo), sino también con una historia donde nada queda a la interpretación de la audiencia, todo es explícitamente presentado y desfachatadamente construido para deslumbrar, apantallar y conquistar, cuando en realidad debería generar empatía, asombro y emoción.

Para una primera vista superficial, la película es aceptable. El problema radica cuando uno como espectador no se queda con nada para pensar, interpretar o incluso suponer. No hay nada que debatir -excepto el hecho de que la actuación  de Dicaprio sea exagerada o no, lo único que debatí con mis amigos al terminar de verla-, ni nada que discutir, en realidad no hay nada. Con ‘The Revenant’ todo está explicado en la película, todo es demasiado obvio, todo está puesto en la mesa.

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Cuando un filme da por sentado que sus audiencias no van a poder entender lo que está sucediendo y, por ello, es necesario explicarles todo lo que está pasando frente a la cámara por medio de simbolismos mal logrados y sobreactuaciones de sus protagonistas, algo está haciendo muy mal. Está mucho peor, cuando el actor protagonista y el director  de la película secuestran el discurso audiovisual y lo utilizan como escaparate de sus propios talentos.

‘The Revenant’ no debería de centrarse en lucir el rango actoral de Leonardo Dicaprio, sino el constante sufrimiento de un padre que acaba de perder a su hijo. ‘The Revenant’ no debería de tratarse de la cantidad de pruebas físicas por las que Leonardo Dicaprio tuvo que vivir al grabar esta película, sino sobre el coraje y fuerza interna con la que un ser humano es capaz de sobrevivir a muy bajas temperaturas. ‘The Revenant’ no debería de tratarse del ingenio y la creatividad de Iñárritu para dirigir tomas coquetas con mucho simbolismo, sino sobre entender lo que está pasando por la mente de este individuo que es dado por muerto en medio de la nada.

DF-18887 – Director Alejandro G. Iñárritu and Leonardo DiCaprio on location for THE REVENANT.

Así que no, no considero que esta sea la mejor actuación de Leonardo Dicaprio (ni por tantito) ni tampoco me parece la obra maestra de Iñarritu. Ambos han logrado hacer cosas mejores antes y me parece sumamente innecesario que nos quieran hacer creer que esta película es el pináculo de sus carreras, cuando claramente no lo es.

Quitémonos un poco el foco deslumbrador que tenemos de Iñarritu y Dicaprio de encima y veamos la película por lo que es: un escaparate del ‘Star System’ que conforma al filme y no una historia emocionante de supervivencia.

Birdman (o La inesperada virtud de ser una persona libre)

Ayer fui a ver la nueva película de Alejandro G. Iñárritu, ‘Birdman’, y salí del cine pasmado. No sólo porque goza de un cast tan versátil y capaz de sacar adelante una historia tan estructurada ésta, sino también por contar con uno de los finales más satisfactorios y sólidos que hace mucho no veía en un filme.

‘Birdman’ retrata la vida de Riggan Thomson, un actor olvidado por la industria que busca desesperadamente volver a ser relevante -y reconocido- con la adaptación, dirección y actuación, de una obra de teatro importante significado en su vida.

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El tema de la relevancia es circular y permanente en toda la película. Riggan constantemente trata de convencer a los demás -y así mismo- de que es una persona que vale la pena ponerle atención, pero al mismo tiempo, cae en el juego de tortura psicológica donde nadie duda más en eso que él mismo. Algo que me recordó muchísimo a una película (igual de magnífica) del año pasado: Blue Jasmine, de Woody Allen.

Tanto Jasmine como Riggan son individuos que lograron llegar a la cima y perdieron todo en el camino. Ambos buscaban ser reconocidos, famosos, y relevantes. Para Jasmine su relevancia radicaba en tener una vida llena de lujos y vida social; para Riggan significaba ser una estrella de Hollywood relevante y reconocida.

Para los dos, su peor momento sucede cuando pierden toda credibilidad ante la sociedad y comienzan a ser caricaturas de lo que alguna vez fueron, simples ecos que transitan por la vida esperando alcanzar ese segundo aire que aseguran que la vida les tiene prometido.

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Y, de alguna forma, lo logran: Jasmine conoce a otro hombre que le proporciona esa vida de lujo que tanto anhela. Riggan monta una obra en la que invierte todo su dinero y tiempo para volver a ser reconocido.

Pero no es sino hasta el final cuando los ecos directos entre ambas películas chocan. No pienso spoilear lo que, en mi caso, fue el momento más mágico de toda la película pero sí puedo asegurar que la cosa no termina bien.

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En ambas películas, los protagonistas le hacen honor a las etiquetas simbólicas que los directores depositan en ellos. Jasmine  busca, a como de lugar, ser la flor más hermosa del campo de la misma forma que Riggan espera volar tan alto como el personaje que tanto le dio la fama. Los dos esperan ser libres al mismo tiempo que necesitan de la validez de los demás para lograrlo.

Para mí, ‘Bridman’ es un balance perfecto entre argumentos sólidos y mensajes claros. En el mundo de Riggan está presente la sociedad que juzga y etiqueta, el torturador que todos llevamos dentro, los medios que critican y la inestabilidad emocional del ser humano. Pero, sobretodo, es tan recalcitrante el tema de la libertad que da entrada a una relevancia tan poderosa y potente capaz de emocionar a cualquiera.

Si lo que Riggan Thomson quería era ser relevante, con ‘Birdman’ lo logró con creces.