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Kingsman: de espías y secuencias memorables.

En la actualidad resulta difícil asegurar que no hay “nada bueno” que ver en el cine. Todas las semanas se estrena un sinnúmero de diferentes películas que apelan a diferentes gustos: chick-flicks romanticonas, dramas lacrimógenos o thrillers psicológicos. Siempre habrá algo que pueda (o no) llamar la atención de cualquier cinéfilo.

Por ello, se agradece cuando, entre el mar de filmes que se estrenan todos los meses, existan grandes joyas del cine como ‘Kingsman’. Una cinta que, a simple vista, no es más que otra historia trillada de espías y que, a final de cuentas,  termina por ser todo lo contrario.

El filme, dirigido por Matthew Vaughn (‘Kick-Ass’, ‘X-Men: First Generation’), se centra en Eggsy, un adolescente inglés que es invitado a participar en una serie de pruebas para poder formar parte de un servicio secreto internacional. Mientras que, a la par, un magnate orquesta un plan para eliminar a la mayor parte del mundo.

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Lo primero que tengo que destacar es que ‘Kingsman’ logra lo que muchas otras no han podido hacer: traer de regreso una buena historia de espías y refrescar el género en el camino. En este filme nos encontramos con un cast sólido, personajes cautivadores, una trama bien construida y muchísima acción.

Por ello, da muchísimo gusto ver al talentosísimo de Colin Firth divirtiéndose, mientras juega a ser espía, de la misma forma que se disfruta ver a Samuel L.Jackson tomar el papel de un cándido (y poco predecible) villano.

Algo que se agradece muchísimo es la presentación de un personaje femenino (protagonista) fuerte, que no cae en los estereotipos naturales de su género: la damisela en peligro, que debe ser rescatada por el héroe de la película o el interés amoroso del espía. Al contrario, se nos presenta a Roxy: una mujer que tiene la misma posibilidad de convertirse en espía como Eggsy.

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De la misma, nos topamos con un protagonista (como Eggsy) que no se dedica a robarle la cámara a sus compañeros de escena. Al contrario, la comparte con ellos de manera extraordinaria, sin aires de grandeza o momentos incómodos.

Lo que Matthew Vaughn logra con su película es demostrar que sí se pueden realizar películas divertidas sin exageraciones ni pretensiones. Simplemente con una buena historia y personajes memorables.

Así, en ‘Kingsman’ nos encontramos con un despliegue de increíbles efectos especiales, personajes básicos pero bien construidos y una historia emocionante. Justo lo que hacía falta para relajarnos un poco después de la avalancha de seriedad que los Oscars apuntalaron sobre las audiencias. Algo que, sin duda alguna, yo agradezco.

Magic in the Moonlight: en el límite de las comedias románticas y la narrativa simplista.

Desde hace (casi) cincuenta años, Woody Allen nos ha deleitado -año tras año- con historias maravillosas y otras no (tan) maravillosas que nos hablado de los problemas de la modernidad, las relaciones en pareja y la crisis de los individuos por encontrar su propia identidad.

Este año, el cineasta no se queda atrás y nos presenta su último filme: Magic in the Moonlight. En ella vemos cómo un mago inglés, llamado Stanley, busca desenmascarar a Sophie, una  espiritista estadounidense que parece que sus únicos motivos son estafar a las familias ingenuas y acaudaladas.

Cabe destacar la actuación de Emma Stone como Sophie, la espiritista ingenua que parece no esconder ningún tipo de secreto. Personaje que me sorprendió gratamente por el tratamiento tan respetuoso y adecuado que la actriz le imprime y la forma tan única que usa para desarrollarse en una historia que busca evidenciarla desde el principio.

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Algo que me gustó mucho de esta nueva entrega de Allen es el argumento predominante en toda la película: la contraposición tan fuerte en la que la ciencia y la religión se encuentran posicionadas en la mente de las personas y la enorme influencia que cada una de ellas figura en el pensamiento de cada individuo.

De esa forma, y muy a su estilo, muestra los extremos de cada corriente de pensamiento: Por un lado están los creyentes que dedican su vida a buscar la felicidad en elementos que están más allá de su entendimiento terrenal. Por otro, están los escépticos que dedican su vida a comprobar teorías gracias a objetos tangibles y hechos reales.

Debo agregar que concuerdo con el director cuando argumenta que los seres humanos no deberíamos necesitar de elementos imposibles de comprender para encontrar la felicidad cuando las podemos ver en las pequeñas cosas de la vida. Sin embargo, difiero enormemente en la manera en que la narrativa le hace justicia a esta idea. Y ese creo que es el mayor problema de esta película: su narrativa.

SPOILERS

De entrada, el personaje de Colin Firth (Stanley) se nos es presentado como un individuo que es escéptico de la cabeza a los pies; es un mago que está seguro que todo evento y circunstancia de la vida tiene una razón de existir y que la raza humana no debería depender de un destino trazado por un ser superior a nosotros.

Sin embargo, todo esto que lo distingue como personaje construido se desvanece al momento en el que el personaje de Emma Stone (Sophie) le demuestra lo contrario, gracias a una serie de eventos aislados,-y sin mucho fundamento- que lo ponen en un predicamento con su propia corriente de pensamiento e, incluso, su forma de ver la vida.

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Me parece ilógico que una persona tan recalcitrante y sujeta a su pensamiento (determinante para toda acción en su vida personal y profesional)  cambie de opinión -desde la raíz- tan fácilmente sin antes cuestionar los propios métodos con los que la espiritista hace gala continuamente. Por lo que me resulta muy poco plausible que un personaje tan bien construido como el de Stanley cambie todo su M.O. a la mitad de la película y decida actuar de forma contraria a lo que lleva toda su vida predicando.

Lo que parecería apuntar a ser un  ‘character development’ interesante termina por convertirse en un enorme fallo en el tratamiento del personaje desde el guión, la narrativa y el tiempo de exposición del personaje.

FIN DE SPOILER

Lo que me lleva al que me pareció otro punto en contra de la película: el tiempo. Todo sucede tan rápido -y sin detalles importantes- que nos es imposible, como audiencia, identificarnos con las circunstancias en la que los protagonistas se encuentran. Los personajes van caminando tan deprisa que los eventos se desenvuelven de forma forzada y sin mucho sentido, dejando de lado la cadencia que se necesita para entender el ‘character development’ que sugiere la película.

De esta forma, el argumento principal de la película se funde en un revoltijo de ideas y situaciones que terminan por confundir a la audiencia. Lo que comienza como una historia de matices profundos termina por ser una comedia romántica (a la Woody Allen) cuyos principales conflictos son resueltos en contra del tiempo y de la manera más forzada posible.

Sería un error de mi parte intentar comparar esta película con su predecesora Blue Jasmine. Sin embargo, Woody, al dejar la vara tan alta con una historia tan completa, y bien construida como lo fue la historia de Jasmine, nos queda debiendo una propuesta novedosa que pintaba a ser inteligente -y bien planteada- y no una simple comedia romántica.