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La caída del héroe: representación de mujeres con enfermedades mentales en la televisión.

Aceptémoslo, las enfermedades mentales — y sobre todo la salud mental — nunca han sido temas a los que la televisión y el cine les dé gusto aludir dentro de sus historias. Por muchos años, vimos cómo los y las protagonistas de nuestros productos de cultura pop favoritos, eran retratadas como personas heroicas, sanas y con un mínimo de problemas personales y/o mentales o emocionales, cuyos problemas eran fácilmente resueltos al encontrar al amor de su vida o vengando la muerte de un ser querido (dependiendo del tipo de película o serie que estuvieras viendo).

Mucho de esto tiene que ver con la representación del héroe, y la influencia tan importante que este personaje tuvo en la creación de historias y modelos a seguir.

La representación de este tipo de personajes en el cine y la televisión no es nada nuevo. El personaje del héroe cinematográfico tiene sus raíces en las historias de dioses y guerreros que formaron parte de la mitología de las culturas antiguas, sobre todo en la griega. En ella, se presentaba a estos individuos como aquellas personas extraordinarias que encarnaban la quintaesencia de los rasgos claves valorados en su cultura, así como el modelo máximo de comportamiento. Héroes como Hércules, Aquiles y Prometeo se convirtieron en los referentes más constantes en la creación de personajes valientes y bondadosos en el cine.

Debido a sus valores y características extraordinarias, la función fundamental del héroe en todas las historias — aparte de fungir como protagonista y proxy directo de la audiencia — siempre ha sido el de fungir como el ejemplar perfecto que es digno de imitar. Por ello, no resulta extraño que la presencia de un héroe valeroso, bondadoso, valiente y sacrificado en las historias más famosas de los últimos años, haya sido crucial para lograr su éxito adquirido.

Este personaje fue tan inherente a nuestra cultura y contó con tanto impacto, que se convirtió rápidamente en la premisa básica de la mayoría de los cómics, películas y series que consumimos y que han tenido una fuerte influencia en la forma en la que entendemos y vivimos en sociedad. Estos fueron héroes con habilidades y, sí, también con defectos, pero ninguno lo suficientemente grave como para detenerlos o volverlos imperfectos.

Desde Rambo hasta Sarah Connor, los héroes y heroínas se encargaron de decirnos que, mientras cualquier persona compartiera los valores y características intrínsecas que constituyen al heroísmo y la bondad, ningún problema personal, o impedimento, sería imposible de vencer. Ni siquiera las enfermedades mentales o físicas.

Este retrato de personajes sin defectos fue la norma en la industria del entretenimiento por mucho tiempo. Sin embargo, con el surgimiento del antihéroe, y la consecuente y justa representación de minorías en el cine y la televisión, la forma en que ciertos protagonistas comenzaron a ser retratados cambió drásticamente, dando entrada a individuos con defectos, imperfecciones y enfermedades mentales.

Individuos como Walter White, Venom o Deadpool, comenzaron a cambiar la manera en que las audiencias consumían sus historias, al mismo que ayudaron a deconstruir las diferentes formas en que los defectos propios de la sociedad eran representados en sus productos de consumo de cultura pop favoritos. Hollwyood por fin comenzaba a poner un espejo frente a sus audiencias.

Gracias a ello, la industria del entretenimiento comenzó a tener cabida para películas y series protagonizadas por personajes con problemas que no se podían resolver con heroísmo y valentía nada más; individuos que vivía situaciones complejas que permeaban todos los aspectos de su vida, con estragos que los acompañaban a todos lados, y obstáculos propios del personaje que necesitaban de disposición y trabajo duro para superarlas.

De todos los personajes que se encontraban encasillados dentro de este estereotipo de heroísmo, los que se vieron más beneficiados con estas acciones fueron los femeninos. Si la mayoría de los hombres en las películas fueron retratados como individuos valientes e indomables durante mucho tiempo, las mujeres se tenían que conformar con ser representadas como amas de casa sin imperfecciones y con un talento innato por la maternidad y los cuidados. El estándar de perfección al que tenían — y todavía tienen — que aspirar las mujeres era casi inalcanzable. Las heroínas, por otro lado, necesitaban de un hombre que validara su existencia, y sus logros, para ser reconocidas como tales.

Es por eso que el surgimiento de la representación de mujeres imperfectas — sobre todo en la televisión — es tan refrescante, porque dio entrada a reconocer su humanidad, al mismo tiempo que permitió a los productores retratarlas no como estereotipos, sino como seres humanos con matices. Mujeres con valentía y bondad, pero también con miedos e inseguridades. Mujeres con grandes experiencias de vida que las han ayudado a crecer, pero con enfermedades mentales que las limitan constantemente.

Mujeres que saben de la existencia de su enfermedad mental y de los problemas que suceden al no enfrentarla, pero que tienen una serie de problemas para lidiar con ella y con todo el proceso que involucra un progreso saludable de mejora.

Mujeres como Rebecca Bunch (Rachel Bloom) en Crazy Ex-Girlfriend, una exitosa abogada — que en la última temporada se convierte en dueña de una tienda de Pretzels — que pasa la mayoría de sus días yendo a terapia, y tomando medicinas, a causa de su Transtorno Límite de la Personalidad (TLP), mientras trata de descubrir cuál es su verdadero propósito en la vida y lo que significa realmente amar a una persona sin la necesidad de convertir ese sentimiento en una obsesión.

O Penélope Álvarez (Justina Machado) en One Day At a Time, una veterana de guerra que se encuentra en una lucha constante con su salud mental, al tener que lidiar a diario con ansiedad y depresión clínica, y un miedo constante de que sus hijos se enteren de ello, mientras funge de la mejor manera que puede con sus responsabilidades de madre soltera, sin descuidar sus estudios de enfermería.

O Gretchen Cutler (Aya Cash) en You’re The Worstuna talentosa ejecutiva de relaciones públicas, que trabaja en una casa productora, que tiene depresión clínica y una tremenda dificultad para expresar sus emociones, una tendencia para abandonar su terapia a la mitad del camino y un miedo profundo por comprometerse con algo o alguien.

Incluso el retrato ambiguo de la enfermedad mental con la que vive Suzanne Warren (Uzo Aduba) en Orange Is The New Blacknos ha permitido entender la forma en que viven las personas que la sufren en la cárcel, con escasez de medicinas y un acceso limitado a terapia o a la ayuda profesional que necesitan para poder enfrentar la realidad en la que se encuentran.

A pesar de que el estereotipo del héroe cada vez ha ido perdiendo más fuerza y ya se han comenzado a retratar las enfermedades mentales en la televisión de manera mucho más matizada, todavía queda mucho camino por recorrer.

Por ello es importante este tipo de representaciones, ya que no solo nos permiten vernos como audiencia reflejados en ellas, sino que también nos ayuda a retratar la realidad de una forma mucho más precisa y menos idelizada.

La falta de representación de personajes con enfermedades mentales, no solo significa que como sociedad no estamos listos para tomar en serio a las personas que viven con ellas a diario, sino que tampoco la estamos considerando parte de ella.

Mujeres dentro de refrigeradores: un modo violento de avanzar la trama en el cine y los comics

Hoy en día, analizar el rol que las mujeres tienen — y han tenido— a lo largo de la historia del cine, significa encontrarnos inmediatamente con una historia muy accidentada que ha sido injusta, en todos los aspectos posibles, con sus personajes femeninos y las actrices que les han dado vida. Desde el surgimiento de la damisela en peligro hasta el abuso y sexualización continuo de los cuerpos femeninos, el cine se ha encargado de reflejar perfectamente lo que la sociedad piensa de sus mujeres y lo que está dispuesto a hacer con ellas.

Aún, a la fecha, es muy común toparnos con Smurfettes y cuerpos femeninos sexualizados por el male gaze o con mujeres protagonistas despojadas de total agencia por sus contrapartes masculinaso con el terrible doble estándar con el que se sigue juzgando a las mujeres en el cine y que sigue reptando las películas taquilleras del momento. Y, aunque ya existen grandes esfuerzos para tratar de resarcir el mal que se ha hecho y se han comenzado a contar historias desde una perspectiva femenina matizada y bien elaborada, Hollywood insiste en seguir quedándose atrás en cuanto a representación femenina se trata.

Lo que me lleva a hablar de una práctica común que sigue haciéndose y que, francamente, me sorprende que aún exista: Women in Refrigerators. Éste hace referencia a los personajes femeninos —que son casi siempre tratados como desechables— cuyo único propósito, y motivo de existir, es ser atacadas para motivar al héroe a vengarse y poder avanzar con la historia. Estas mujeres no son más que herramientas narrativas a la merced de los escritores.

Este término, también llamado fridging, tiene su origen directamente ligado al mundo de los cómics, donde la escritora Gail Simone decidió llamarlo así después de ver las formas tan violentas con que las mujeres eran tratadas. Éste surge a partir de la brutal muerte de Alexandra DeWitt, en un número de Green Lantern, donde su cuerpo es dejado dentro de un refrigerador para ser encontrado por el protagonista Kyle Rayner (Green Lantern).

La escritora luego abrió un sitio web con el mismo nombre, donde se encargó de hacer una lista de personajes femeninos pertenecientes a diferentes cómics, que fueron violadas, despojadas de poder y agencia, torturadas o asesinadas con la única intención de motivar a los personajes masculinos a vengarlas y avanzar la trama. Normalmente este puesto es tomado por las novias, esposas, madres o hermanas de los protagonistas masculinos.

La razón de existir de esta práctica es jugar con la idea del fracaso del arquetipo masculino y la idea de lo que significa ser un hombre, ya que atenta directamente contra la masculinidad del héroe, al adscribirse a una de las ideas centrales de los roles de género tradicionales, donde la labor del hombre es proteger y cuidar a las mujeres que lo rodean.

De esa forma, podemos ver este concepto perfectamente alineado con el arco de Barbara Gordon en The Killing Joke, de Alan Moore, donde los actos de violencia y brutalidad que The Joker realiza en ella —incluyendo una violación— son tales que motivan a Batman a vengarse en su nombre para avanzar la trama.

Esta práctica también forma parte de una larga lista de películas que ha usado, y abusado,  de sus personajes femeninos para avanzar la trama en favor de los masculinos y que los filmes de superhérores y las revenge movies se han encargado de liderar.

Deadpool 2, haciendo honor a sus raíces del mundo de los comics, decidió usar el fridging no solo con uno de sus personajes, sino con tres de ellos. Primero, al asesinar a Vanessa (Morena Baccarin) al principio del filme con el único propósito de arrancar la historia y motivar a Wade Wilson (Ryan Reynolds) a vengarse, y después al decidir matar a la esposa e hija— los cuales ni siquiera se molestaron en darles nombre— de Cable (Josh Brolin) para obligarlo a cruzar su camino con Deadpool y avanzar la narrativa.

Lo mismo sucede con The Equalizer y su secuela, The Equalizer 2, donde la historia de venganza de Robert McCall (Denzel Washington) comienza cuando decide castigar a los perpretadores de la brutal golpiza que le propinan a Alina (Chloë Grace Moretz) en la primera película y a los asesinos de su amiga Susan (Melissa Leo) en la segunda. Ambas relegadas al papel de damiselas en peligro desde el principio del filme.

Recientemente, los hombres también han sido víctimas del fridging, ahí tenemos al tío Ben en la película de Spider-Man, Odín en Thor: Ragnarok  y T’Chacka en Captain America: Civil War, sin embargo, y a diferencia de las mujeres, sus muertes los han convertido en modelos a seguir y figuras inspiracionales que ayudan a trazar el camino que el héroe recorre en su arco narrativo, mientras que los personajes femeninos han sido transformados automáticamente en  damiselas indefensas que son torturadas y desposeídas de toda agencia, sin respeto alguno por su existencia o lo que intentan representar.

La forma en que tratamos a los personajes femeninos en los medios, la cultura pop y en general en la vida real, determina la manera en que seguimos tratando a las mujeres y los modos en las que las representaremos. Por ello, es importante no solo contar con una amplia variedad de los mismos, sino comenzar a darles historias ricas y bien formadas que no las impliquen en actos brutales que las transformen automáticamente en recéptaculos de violencia necesaria para motivar a un personaje masculino a comenzar su historia.

Las mujeres son personas  complejas, no objetos ni herramientas narrativas que existen detrás de las historias de los hombres. Por ello, debemos comenzar a tratarlas como tal en los productos audiovisuales que creamos y consumimos, así como en los entornos sociales en los que nos desarrollamos a diario.