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No te metas con mis hijos: la invisibilidad de la infancia queer en los medios.

Si hay algo que debo reconocerle a la televisión actual que está mucho más adelantada en el tema que el cine, creo yo es su interés por la representación. Cada show, cada historia y cada temporada nueva hace un esfuerzo importante por incluir un (o más) personaje que pertenezca a una minoría o grupo vulnerable.

Ya quedaron atrás los tiempos donde la televisión era completamente blanca y heterosexual. Ahora ya podemos encontrarnos con personas adultas de color, homosexuales y transgénero como protagonistas de historias relevantes y muy actuales. Sin embargo, no todo es miel sobre hojuelas.

Algo que siempre me ha causado mucha curiosidad es la falta impresionante de personajes infantiles queer en cine y en televisión. Podemos entender que un hombre adulto mantenga una relación con su novio e, incluso y con mucho esfuerzo y meditación aceptar que una persona haya nacido con sexo femenino pero se identifique en su adultez como hombre. Lo que está prohibido siquiera sugerir es que una niña se vista de azul y le gusten los carros o que un niño decida usar un vestido y salir bien librado del asunto.

Esto, por supuesto, solo es reflejo de la sociedad en que vivimos, donde argumentar que los infantes queer existen será siempre equiparado con realizar un ataque directo a la inocencia infantil y a cuestionar los buenos valores con los que cada familia educa a sus hijos y sus hijas.

Pensar en una presencia importante y una representación de niños y niñas queer en los medios es aceptar, e institucionalizar, algo que la sociedad ha estado negando de manera recalcitrante a lo largo de los últimos años: ser queer es algo con lo que se nace, no algo que se aprende al crecer. Pero no todo está perdido. Algunos shows muy pocos, para ser franco han decidido ir deliberadamente más allá de los cánones sociales al incluir a la infancia queer en sus historias.

El remake de One Day At A Time de Netflix, por ejemplo, decidió que la historia de Elena, una chica activista de 15 años que también es hija de la protagonista, era relevante para la historia al mostrar su proceso para salir del clóset con su familia. La serie lo logra extraordinariamente al presentarlo como algo totalmente normal, sin necesidad de estereotipar a sus personajes ni de caer en el sentimentalismo barato.

The Mick, la nueva serie de FX protagonizada por Kaitlin Olson, decide ir mucho más allá con Ben, un infante de no más de 7 años de edad, que se identifica como una persona de género fluido que lo único que quiere hacer es poder vestirse con vestidos y pantalones cuando más le plazca sin necesidad de explicarse frente a sus maestros o a los padres de sus compañeros de escuela.

Pretty Little Liars lo hace también con un discurso un tanto contradictorio y perjudicial, debo decir—con Charles, el hermano menor de una de las protagonistas, que decide tener su transición a Charlotte mientras está en un hospital mental donde intentan tratar su identidad como un problema psicológico y no como algo que ha sido parte de su vida desde el momento en que nació.

Debemos celebrar que existan programas que se arriesguen cuando de representación en sus historias se trata. Sin embargo, me parece muy peligroso fingir que algo tan sencillo y natural, como lo es la identidad infantil, sea aún tratada como un tema tabú en los medios.

Series como The Mick o One Day At A Time nos demuestran que no es difícil ni imposible tocar temas de relevancia actual sin la necesidad de caer en la controversia o el sensacionalismo que rodea tan típicamente a la identidad, el género y la sexualidad, sobre todo si se trata de la de los niños y las niñas.

Estos shows logran representar a la infancia no como un monolito de inocencia difícil de alcanzar, sino como integrantes importantes de una sociedad de la que no podemos seguir manteniéndolos alienados.

Si nos dejáramos de preocupar tanto en lo que nuestros hijos e hijas puedan o dejen de aprender de los demás y mejor enfocáramos esas energías en empoderarlos y hacerlos sentir orgullosos por lo que son y no por lo que dejarían de ser, nos evitaríamos muchos problemas a la hora de tratar de convivir en armonía como sociedad.

El reflector de Caitlyn y Laverne: visibilizando lo transgénero.

Tratar el tema de género y sexualidad en una plática siempre evoluciona en un enardecido debate, y es que no es para menos, vivimos en una sociedad acostumbrada a la estaticidad, muy pocas personas modifican sus paradigmas y, los que lo hacen, necesitan de mucho tiempo y esfuerzo para realizarlo.

Los seres humanos estamos condicionados a etiquetar, organizar y limitar todo lo que se nos presenta. Todos los días nos dedicamos a realizar actos de performatividad (o nombrar algo para validar su existencia) y, por ello, nos es difícil salirnos de la norma que establecemos para regirnos.

Para nuestra sociedad existen sólo dos géneros: hombre y mujer, con él naces y con él debes de morir. Sin embargo, los hechos presentes en la actualidad nos han comprobado que esta dicotomía ya no da para englobar al ser humano. La identidad es parte importante de ello.

Por un lado contamos con el género (determinado por la sociedad), mientras que, por otro, está el sexo (determinado por la biología). Ambas son importantes al momento de definir la identidad propia del individuo, sin embargo (y en muchos casos) es imposible permanecer dentro de la etiqueta normativa de hombre/mujer.

Por eso es difícil entender la homosexualidad y el transgénero, porque no encaja en los paradigmas de pensamiento dicotómicos a los que estamos tan acostumbrados a entender desde que somos niños.

Por ello es tan complicado poder entender la diversificación de identidades de género, y para muchos es imposible imaginar otra concordancia sexo-genérica que la asignada de nacimiento. Lo transgénero, entonces, se configura como  una de estas imposibilidades paradigmáticas.

La mayor parte de las personas entienden esta identidad como “personas que no están de a gusto consigo mismas”, cuando ello, en realidad, tiene niveles más profundos de lectura. Un individuo transgénero no es una persona que no está “a gusto consigo misma” y ya,  sino que es un individuo con el que su sexo (biológico) no concuerda con su identidad de género. Ni más ni menos.

De este modo, podemos entender la lucha constante de personas en el medio, como Laverne Cox y Caitlyn Jenner, que dedican sus esfuerzos a ser visibles. A que la comunidad las vea como cualquier otro ser humano con identidad propia.

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Estas dos mujeres han hecho uso de los reflectores para darles voz a la comunidad transgénero. Han usado sus capacidades histriónicas (una más que otra) para modificar las representaciones viciadas de lo transgénero en la televisión y en los medios. Han logrado modificar (de cierto modo) el discurso de odio hacia dicha comunidad. Algo que hace 10 años hubiera resultado imposible.

Algunos aseguran que los discursos que Caitlyn Jenner ha dado en los últimos meses no son más que meros dispositivos publicitarios para poner la atención en su reality show, ¿de verdad eso importa cuando ella ha conseguido mostrarse al público como mujer trans? Su discurso siempre ha sido positivo, sus medios no han estado viciados y los resultados han sido poderosos.

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Yo aplaudo la valentía de estas dos mujeres y de todas las personas que se han atrevido a poner un alto a la discriminación. A los que han peleado por sus derechos como seres sociales que viven dentro de una comunidad. A los que han usado su fuerza mediática para hablar de los temas que nadie habla y a enfrentar los límites impuestos.

La subalternidad desparece al momento que los grupos otros comienzan a tener visibilidad y voz. La atención ya está puesta en la comunidad trans, los dispositivos paradigmáticos están comenzando a avanzar.

Sólo queda que nosotros, como sociedad, estemos dispuestos a caminar juntos hacia un escenario donde la gente deje de ser discriminada, donde la identidad sea lo que nos enriquezca como personas y no el resultado empobrecido de una sociedad viciada.