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Rompiendo lo binario: representación de personajes no binarios en televisión

Ya he hablado de esto antes en el blog; desde hace un tiempo, la televisión se ha preocupado muchísimo más que el cine por representar — e incluir — correctamente a minorías en sus historias, sobre todo las que son pertenecientes al abanico amplio de diversidad sexual. Por fin, las grandes casas productoras han comenzado a optar por sacar al aire historias que representen de manera orgánica la realidad, sin tapujos ni invisibilizaciones.

Atrás quedaron los tiempos en los que los personajes homosexuales de la televisión eran retratados como un estereotipo más, donde las lesbianas solo podían ser entendidas a través de la mirada erótica masculina y donde las personas trans simplemente no existían en el pensamiento colectivo. Series como Pose se han encargado exitosamente de deconstruir los estereotipos alrededor de las personas trans, la homosexualidad y la concepción del VIH y, al mismo tiempo, crear los propios.

Sin embargo, aún a pesar de estos esfuerzos, todavía falta un camino muy largo por recorrer. Según el estudio realizado anualmente por GLAAD (acrónimo de las siglas Gay & Lesbian Alliance Against Defamation en inglés) de 901 personajes presentes en los programas de televisión de Estados Unidos en la temporada 2017-2018, 58 fueron pertenecientes a la comunidad LGBTTTIQ+, 15 más en relación a los presentes en el año anterior.

Esto, por si mismo, significa un paso hacia adelante en cuanto a temas de retrato de personajes se trata, sin embargo, desde un punto de vista objetivo — y mucho más macro — esta cifra realmente solo pertenece a un 6.4% del panorama total de representación de personajes en la televisión. Un número que subjetivamente significa un avance, pero que está muy lejos de ser un logro que verdaderamente genere un impacto.

En el caso del cine, la situación ha empeorado. GLAAD lanzó otro estudio donde halló que, contrario a los shows, la representación LGBTTTIQ+ disminuyó entre un año y otro. Mientras que en el 2017, el 18.4% de las películas lanzadas por estudios importantes incluía personajes pertenecientes a la comunidad, en el 2018 solo el 12.8%, de 109 películas, lo hacía.

De hecho, la información que ambos estudios brindan, nos permite darnos una idea de lo desigual que aún sigue siendo esta representación y los grupos de la comunidad que siguen siendo dejados a un lado. De esos 58 personajes mencionados en televisión, los que fueron menormente retratado son los que aún siguen siendo invisibilizados por la sociedad: las personas no binarias.

Las personas con género no binario son las que no se identifican bajo el concepto social binario hombre/mujer. Aquellas que no se perciben como parte total o absoluta de un género específico, que prefieren navegar entre ellas, y debido a ello, son una de las comunidades más discriminadas.

La idea compartida de «confusión o indecisión» que tiene la sociedad de las personas no binarias, ha sido la razón principal que ha provocado su rechazo y falta de representación en los productos audiovisuales de la cultura pop. Sin embargo, han comenzado a surgir muy lentamente personajes no binarios en algunos programas de televisión, sobre todo los que tienen como hogar a canales de televisión por paga o servicios de streaming.

De hecho, fue en la temporada 2018-2019, cuando la cifra de un solo personaje binario aumentó, gracias a que diversas series comenzaron a representar, en incluir, personas no binarias en sus historias de manera orgánica, mostrando a seres humanos complejos y con matices propios de su contexto y personalidad.

Taylor Mason (Asia Kate Dillon) fue el primer personaje no binario en hacer aparición en la televisión para el show de Billions. Su importancia radica no solo en la calidad y esfuerzo detrás de su representación — una persona no estereotipada, tridimensional y con arcos importantes que atraviesan la historia central de la serie —, sino también en la relevancia que su personaje tiene para el show.

Taylor es una pieza esencial dentro de la compañía de finanzas de uno de los protagonistas de la serie, Bobby Axelrod (Damian Lewis), y usualmente es el personaje más inteligente de la serie, ya que siempre tiene la capacidad de pensar fuera de la caja y de adelantarse tanto a su jefe como a sus competidores. Su personaje es tan relevante que ya ha tenido diversos arcos emocionales que incluyen parejas y relaciones amorosas.

En la vida real, Asia Kate Dillon también se identifica como una persona no binaria. Esto ha ayudado a que su personaje se encuentre construido de la mejor forma y alrededor de preceptos y experiencias reales que Asia ha vivido o experimentado de alguna manera a lo largo de su vida.

Syd (Sheridan Pierce) es otro personaje no binario que existe en el mundo de la televisión, y que interpreta el papel de la pareja de Elena (Isabella Gómez) en el remake de Netflix de One Day At A Time. Su personaje, al igual que Taylor, es otro ejemplo perfecto de la manera correcta en la que se deben de representar a este tipo de personas, tridimensionales y matizadas.

En el show, Syd es la persona que se encarga de ayudar a Elena — una chica que lleva muy poco de salir del closet — a navegar en el mundo de la diversidad sexual, a entender los diferentes grupos que conforman a la comunidad LGBTTTIQ+ y a dimensionar la importancia de la identidad de cada persona.

De hecho, es gracias a Syd que Elena (y los espectadores) podemos comprender lo compleja que es la diversidad sexual y lo mucho que influye en el desarrollo de la identidad propia de cada ser humano, incluyendo los pronombres correctos que se deben de usar para nombrar a una persona no binaria (el, ella o ellxs (they en inglés), dependiendo de la forma en la que cada individuo se sienta más identificado.)

Si bien, el porcentaje de representación de la comunidad LGBTTTIQ+ en la cultura pop sigue siendo muy bajo, resulta gratificante ver cómo año con año las cifras aumentan. Esto no significa que debamos conformarnos, sino todo lo contrario. Con esta información a la mano, es nuestro deber seguir exigiendo una representación equitativa y correcta que tome en cuenta a todos los integrantes del amplio abanico de diversidades sexuales.

Representación a medias: asexualización y estereotipación de las parejas homosexuales en la televisión.

Si hay algo que me gusta reconocer de muchos de los shows en televisión es que han sabido ir un paso adelante del mundo cinematográfico en cuanto a representación se trata. Hoy en día podemos disfrutar de una gran variedad de programas que bien podrían jactarse de su inclusión y de la despreocupación con la que incluyen a personajes pertenecientes a minorías en sus narrativas.

Crazy Ex-Girlfriend, por ejemplo, no solo tiene un cast que está conformado por una enorme variedad de persona provenientes de diferentes culturas, sino que también casi la mitad de sus protagonistas interpretan a personajes pertenecientes a la comunidad LGBT+. Lo mismo sucede con Brooklyn Nine-Nine, The Handmaid’s Tale, The FlashSupergirl y, sobre todo, con una de las últimas adquisiciones de Hulu: Marvel’s Runawayso de las de Netflix con Sex Education One Day At a Time, una variedad de shows que se han arriesgado a contar historias sobre jóvenes LGBT+— muchas veces con personas de color—; un tema que se ha considerado más bien como exclusivo de personajes adultos y no como parte del proceso intrincado que significa el coming of age en la vida de un adolescente.

Esto se debe a que las personas detrás de muchas de las series que consumimos, han comenzado a entender que la función de la representación en sus programas no es el de llamar la atención de los televidentes para generar más vistas, sino mostrar la realidad que vivimos todos los días para que la audiencia se vea reflejada en ella. El problema es que no todos han logrado asimilarlo de la misma forma.

Lo cierto es que, antes que cualquier canal de televisión lo considerara, el cine comenzó a preocuparse con retratar de manera correcta las relaciones homosexuales con Brokeback Mountain. En el caso de las series, Modern Family  fue uno de los primeros shows que se arriesgó a lanzar un programa familiar, en un canal abierto, que incluyera a una pareja abiertamente homoparental y a otra interracial. Los críticos bañaron en elogios a sus primeras temporadas por haber tomado dicha decisión y, hasta hace algunos años, era siempre una de las más nominadas en la categoría de comedia de las diferentes premiaciones.

Su aporte a la representación de minorías es sin duda monumental, ya que no solo lograron que la familia promedio estadounidense le abriera las puertas a un grupo social que claramente habían decidido olvidar desde hace mucho tiempo, sino que también lograron construir el camino para que series como el remake de One Day At A Time Brooklyn Nine-Nine pudieran contar con historias tan profundas como la salida del closet de una adolescente lesbiana ante su familia o la mera existencia de Rosa Díaz, una mujer latina y bisexual que goza de un puesto importante en una de las comisarías de la policía de Nueva York.

Sí, la intención de Modern Family en un inicio fue buena y muy acorde a la época en la que fue lanzada; sin embargo, el tiempo ha pasado y la serie no se ha molestado por hacer algo para actualizar la manera en que representa a sus personajes pertenecientes a minorías, de manera concordante con la realidad. Lo que en su momento resultaba ser innovador y precursor de un movimiento muy fuerte, ahora luce como un estereotipo más de cualquier novela de un canal de televisión abierta.

Cam y Mitchell, la pareja homoparental titular de dicha serie, no son más que una caricatura de lo que pretenden representar como una relación homosexual real. En ella, cada personaje se encarga de ocupar el estereotipo básico de un hombre gay: el que tiene manierismos femeninos y que está más en contacto con sus sentimientos y el que no se siente tan cómodo con su orientación sexual y prefiere ser relacionado con la figura masculina de la relación. Esta pareja es resultado del ya muy conocido binarismo masculino/femenino que domina a la mayoría de las relaciones sentimentales actuales.

Esto no es nuevo, el uso de la estereotipación como herramienta narrativa es algo muy común que puede ser encontrado en diferentes instancias de la cultura pop. Es muy sencillo, si reduces a un personaje a una serie de características típicas y reconocibles propias de la etiqueta a la que su grupo social corresponde, es mucho más fácil contar historias simplonas y que den risa, sin perderte en los dramas innecesarios que el matiz narrativo puede atraer. Es por eso que esta ha sido, desde siempre, la salida más cómoda a la que los escritores —sobre todo en las comedias de situación— han decidido tomar cuando se trata de contar historias LGBT+ y de minorías. Después de todo, ¿Qué mejor forma de hacer reír a alguien que acudir a los lugares comunes a los que ya están tan acostumbrados?

Esta situación no es solamente propia de Modern Family, Friends From College de Netflix sufre el mismo problema con Felix y Max, la única pareja homosexual de la serie que se ve estancada dentro de los mismos estereotipos binarios. Esta pareja esta conformada por dos individuos, donde uno de ellos debe tomar y representar asertivamente el lado femenino y cuidador de la relación, mientras el otro debe aparentar ser más masculino frente a sus amigos de la universidad, para no ser tachado como el «afeminado» del grupo.

Lo problemático de esta tendencia, radica en la potencia que esto le da a las opiniones tóxicas que se encargan de etiquetar y minimizar a la comunidad gay, así como también la fuerza con la que afianza la idea de que las minorías no somos más que una punchline, aquella idea que motiva a la gente a seguir inquieriendo a sus amigos homosexuales cuando le interese saber quién es el hombre de la relación; un chiste recurrente del que todos pueden reírse sin necesidad de siquiera considerar usar el mismo argumento cuando se trata de cuestionar a sus contrapartes.

Lo cual me lleva al segundo gran problema: la falta de equidad en la representación. Pensemos en las relaciones de Cam y Mitchell o de Felix y Max, ¿Cuántas veces los hemos visto darse un beso en la boca en pantalla?, ¿Cuántas veces los hemos visto hablar o hacer alusión a que mantienen relaciones sexuales? Es más, dejemos de lado las realciones sexuales, ¿Cuántas veces los hemos visto mostrarse afectivos o compartir algo de intimidad? Muy pocas. Ahora pensemos en sus contrapartes heterosexuales y tratemos de responder las mismas preguntas. Seguro son muchísimas más y en inncontables veces.

Es gracias precisamente a este argumento con el que podemos distinguir cuando una serie de verdad se preocupa por representar adecuadamente a una minoría, y cuando solo busca explotar su presencia para causar controversia y atraer televidentes. La representación sin consideración ni visibilización no es representación.

Ese no es un problema que tenga poco tiempo. La invisibilización y asexualización de los personajes LGBT+ sucede desde el cine de los 70, cuando los personajes pertenecientes a la comunidad solían ser retratados como gays que vivían juntos, pero que no parecían tener ningún tipo de química o vida sexual que fuera mostrada, o incluso mencionada de manera explícita, porque incomodaba a las audiencias. Aún a la fecha existen televidentes que consideran que muchos de sus filmes y programas favoritos están siendo «demasiado incluyentes» y «muy gays» por el simple hecho de contar con representación.

En Modern Family Cam y Mitch son esposos y tienen una hija juntos, sin embargo, en lo que va de 10 temporadas, la única vez que se han dado un beso en la boca frente a la cámara ha sido en el día de su boda, y ni hablemos de relaciones sexuales, porque mientras que sus contrapartes heterosexuales aparecen frente a cámara teniendo numerosas relaciones sexuales, ellos solo han podido gozar de una o dos escenas en los 10 años de lo que lleva la serie al aire.

Max y Felix, por otro lado, solo han aparecido en los dos años al aire de Friends From College, pero eso no ha propiciado a que, a pesar de haberse casado al final de la segunda temporada y de ser la única pareja estable de su grupo de amigos más cercanos, sus personajes puedan gozar de una vida sexual activa frente a la pantalla o , mínimo hablar de ello. No, ambas son parejas asexuales que parecen disfrutar de su vida lejos de la intimidad,de la complicidad y de las muestras básicas de afecto de la que el resto de las parejas heterosexuales en ambas series tienen el privilegio de vivir.

Y si en Estados Unidos todavía se encuentran lidiando con estos problemas de representación aún cuando ya están muy avanzados en el tema, en México estamos en pañales. Las últimas semanas, una novela de televisa con el formato modernizado de serie, comenzó a aparecer en los titulares de los medios de comunicación por incluir en su narrativa a una pareja adolescente gay.

Mi Marido Tiene Más Familia nos introdujo a Aristóteles y Cuauhtémoc —»Aristemo» para los fans—, un par de jóvenes enamorados que están creando olas entre los medios mexicanos, al ser una de las primeras parejas abiertamente gay que son representadas en una novela de la televisión mexicana.

Al igual que Modern Family, esta serie está llevando temas que antes se consideraban tabú, e incluso inmencionables, a las casas de las diferentes familias del país. Esto, en sí, es un gran paso para la inclusión y la representación de la televisión en México. El problema es que sufre de lo mismo que a Modern Family le aqueja continuamente, un tremendo pavor por perder a sus televidentes cuando su serie/novela sea tachada de ser «muy gay» por presentar correctamente a una pareja gay. Es por ello que los integrantes de Aristemo no se han dado un beso en la boca frente a la pantalla y se han tenido que conformar con abrazos a medias y acercamientos incómodos.

Es un hecho que estamos avanzando en cuanto a representación LGBT+ se trata tanto en cine como en televisión. Sin embargo, la forma en la que se han desarrollado en algunas instancias, no solo ha ayudado a perpetuar la idea de que las parejas homosexuales están constituidas por un par de estereotipos, sino que también ha alimentado la idea de que las personas gay deben de lucir lo más heterosexual posible y mantener su sexualidad separada de si mismos.

Si las grandes casa productoras quieren comenzar a mostrar la realidad social en la que vivimos de manera correcta, es necesario que consideren realizar una representación que contenga los matices necesarios para separar a la persona de la caricatura y dejen de caer en simplismos.

Complacencia formulaica en la representación de minorías en el cine

La temporada de premios ha comenzado de nuevo y, con ella, han llegado los estrenos en nuestro país de las diferentes películas que serán contendientes a diversos reconocimientos. Dentro de esta larga lista de lanzamientos me he encontrado con un patrón que, si bien ha estado presente en muchísimas películas, este año se ha hecho más presente gracias a la bizaarra decisión detrás de la premiación de los Golden Globes a Mejor película de comedia o musical y a Mejor película de drama: la sanitización narrativa de minorías para las audiencias blancas y heterosexuales.

Si tú, como mucha gente que conozco, ni siquiera se enteró de dicha entrega de premios, permíteme darte la información básica para poder entender a lo que me refiero. En la emisión número 76 de los Golden Globes, Green Book y Bohemian Rhapsody se llevaron los galardones de Mejor película de comedia o musical y Mejor película de drama, respectivamente. Esta decisión fue una sorpresa para todos, ya que una de las películas no fue bien recibida por la crítica y la otra tuvo un lanzamiento muy flojo y con muy poca presencia en Estados Unidos. 

Seamos sinceros, estas películas no han llegado hasta donde han llegado gracias a su calidad o su nivel actoral, por mucho que las casas productoras detrás de estas películas y los medios insistan, sino que, más bien, las personas detrás de estas historias supieron entender todos los matices que conforman el clima político mundial de la actualidad y la división tan polarizada de visiones e ideologías entre grupos sociales en Estados Unidos.

En realidad, el mayor logro de estos filmes, fue canalizar la ira y la impotencia que sienten las audiencias blancas y heterosexuales sobre su realidad actual, para venderles historias donde su protagonismo y presencia es clave para el desarrollo de la historia de un persona perteneciente a una minoría. En otras palabras, estos directores capitalizaron con la mejor de las narrativas formulaicas: la complacencia.

Pensemos en la característica intrínseca que ambas películas comparten: el relato de un personaje protagónico — que existió en la vida real— que forma parte de una minoría, Dr. Donald W. Shirley (Mahershala Ali) en el caso de Green Book y Freddie Mercury (Rami Malek) en Bohemian Rhapsody. Esencialmente, el objetivo principal de estas historias es acercar a sus audiencias a la Otredad, es decir, presentar personajes que normalmente no forman parte de su imaginario, para así reconocer su existencia. En este caso, una persona de color y un hombre bisexual.

La intención no es mala, al contrario, yo siempre soy el primero en discutir sobre la importancia crucial de la representación de minorías en productos cinematográficos y de televisión. El problema surge cuando se ejecuta de tal forma en la que la representación pasa a segundo término y los personajes minoritarios se convierten en chivos expiatorios cuyo único objetivo es ayudarle a las audiencias a sentirse bien consigo mismos, dándoles palmaditas en la espalda. La representación importa, sí, pero debe de ser correcta y responsable, no manipulada.

Green Book es una especie de biopic convertida en buddy movie, que narra la historia del Dr. Shirley, un músico que se encuentra de gira en una de las zonas más racistas de Estados Unidos y que es conducido por Tony «Lip» Vallelonga (Viggo Mortensen). En primera instancia, la película parece que intenta tratar temas profundos sobre racismo y desigualdad social, pero que termina por mostrar una historia donde el personaje de Mahershala Ali pasa a segundo término para centrar su historia en ayudar a Tony —una persona profundamente racista— a ser una mejor persona.

Lo que nos lleva a darnos cuenta que, en esta película el Dr. Shirley no es para nada una representación certera de la persona de la vida real a la que hace referencia, sino, más bien, un receptáculo más del cansadísimo trope del ‘Magical Negro’, ese mágico ente cuyo único motivo de existir en una película que se enfoca en las relaciones interraciales, es el de ayudar al protagonista blanco a ver más allá de su racismo, y darse cuenta que es una persona que vale la pena, que debe de dejar sus malos modos atrás para poder seguir el camino del bien.

El uso del Magical Negro en Green Book es tan descarado que es sumamente visible — e incómodo— cuando Lip es presentado como un personaje complejo, con una familia conformada por su esposa, hijos, padre y hermanos, mientras que Shirley ni siquiera tiene derecho a contar un poco sobre la historia de su familia, solo pequeños guiños aquí y allá. El Magical Negro no necesita tener una historia si su único propósito es darle matiz y profundidad al personaje blanco.

De hecho, Green Book cree fervientemente —y hace creer a sus audiencias— que Shirley es el protagonista de su historia, pero se olvida de él a la mitad de la película en beneficio de contar la historia del hombre blanco racista que se da cuenta de sus malos modos gracias a la paciencia y los consejos de su amigo de color.

Lo problemático de este tipo de narrativas no es solo lo increíblemente ofensivo que resulta que un personaje blanco le robe protagonismo al personaje de color, en una historia donde el tema principal gira alrededor del racismo y las formas en que éste las vive día con día, sino que también, en el intento, logra quitarle la agencia a su único protagonista de color.

Con ello, el director está diciendo que las personas de color son responsables de educar a los individuos blancos sobre la historia de su gente, las implicaciones detrás del racismo y las diferentes formas en las que alguien puede ser o no racista, como si no tuvieran suficiente con lidiar con actitudes y discursos racistas — como esta película— a diario.

Es importante señalar que esto no es todo culpa del director, mucho tiene que ver que uno de los guionistas del filme sea hijo de Tony Vallelonga y que el guión esté basado en historias que su padre le contó. De hecho, esto tuvo tantas implicaciones al momento en el que la película se estrenó, que el mismo Mahershala Ali se disculpó con la familia del Dr. Shirley por cualquier ofensa que su interpretación haya ocasionado.

A diferencia de Green Book, la complacencia detrás de Bohemian Rhapsody es mucho más matizada y complicada, pero igual de problemática. La película narra la vida de Freddie Mercury y los altibajos musicales que vive al lado de los integrantes de una de las bandas de rock más famosas de la historia: Queen.

Si bien es sabido, Freddie Mercury es uno de los íconos LGBT+ más famosos e icónicos — valga la redundancia— de la historia, sin embargo, la película no parece estar de acuerdo con ello. Es por eso que desde el principio, cuando nos introducen a la vida de Mercury, nos podemos dar cuenta que la traducción de su biografía al cine sufrió un trágico caso de ‘Straightwashing’, aquella anticuada costumbre de Hollywood por retratar a cualquier personaje de la comunidad LGBT+ de la manera más heterosexual posible.

Esta acción es muy común y sucede por muchas razones, una de ellas es, por supuesto, el dinero, pero también se debe al miedo que tienen las casas productoras por arriesgarse a salirse de la norma y alienar a sus audiencias heterosexuales al mostrar *gasp* actitudes y personalidades demasiado homosexuales con las cuales la gente no se encuentre lista para lidiar o aceptar.

El filme no evita hablar de la orientación sexual de su protagonista, por supuesto. Sin embargo, la representa de una forma tan sanitizada y alejada de la realidad, que lo único que logra es separar por completo a Mercury de su identidad para convertirlo en una versión mucha más «aceptable»de lo que debe de ser un hombre gay en la sociedad actual. De hecho, es tanta su necesidad de mostrar lo heterosexual de la película, que el tiempo y la atención que se le dedica a su relación heterosexual es comparativamente mucho mayor que la homosexual.

Con Mary (Lucy Bonton) Freddie mantiene escenas románticas, sexuales y momentos de pareja visibles y representados a lo largo de la película. En cambio, Jim Hutton (Aaron McCusker) — su última pareja y con el hombre con el que tuvo una relación por más tiempo en la vida real— solo aparece en dos escenas, una de ellas cuando se conocen y en otra al gozar del único acercamiento o intimidad que llegan a tener juntos: tomarse de las manos.

El Straightwashing en Bohemian Rhapsody es tal que, en los pocos momentos en los que permiten que Freddie Mercury se salga de las reglas de heterosexualidad que la misma película impuso, es cuando comienza as tener encuentros fortuitos con otros hombres —que suceden fuera de pantalla, obviamente— y estos son automáticamente demeritados al ser relacionados directamente con las drogas y los excesos. Lugar de donde sale gracias a la ayuda de sus amigos heterosexuales que siempre le advirtieron sobre los peligros de ese tipo de vida.

Con ello, la película está expresando claramente lo que debe y no debe ser bien visto en la homosexualidad en hombres. En esencia, nos dice que los gays deben de tener una pareja estable que institucionalice la monogamia como respuesta directa al alejamiento de la promiscuidad y de los excesos, sin embargo, éstos no deben de mostrar cariño alguno en público ni hablar de su sexualidad porque es algo que la gente no está lista ni debe escuchar. En otras palabras, todo muy bien con los hombres homosexuales, mientras no sean promiscuos y no muestren su afecto en público.

La representación es, sin lugar a dudas, importantísima en el cine y la televisión, ya que ayuda a crear conocimiento y reconocimiento de la existencia del otro en las audiencias mainstream. El problema surge cuando ésta es utilizada para complacer y hacer sentir bien a las audiencias y no para visibilizar a los individuos que son poco representados.

Es por ello que este proceso es necesario hacerlo de forma correcta y respetuosa, sobre todo si se trata de una minoría de la cual los involucrados no conocen mucho y con la que deberían de tratar de decir algo más allá que darse palmaditas en la espalda a si mismos.

No te metas con mis hijos: la invisibilidad de la infancia queer en los medios.

Si hay algo que debo reconocerle a la televisión actual que está mucho más adelantada en el tema que el cine, creo yo es su interés por la representación. Cada show, cada historia y cada temporada nueva hace un esfuerzo importante por incluir un (o más) personaje que pertenezca a una minoría o grupo vulnerable.

Ya quedaron atrás los tiempos donde la televisión era completamente blanca y heterosexual. Ahora ya podemos encontrarnos con personas adultas de color, homosexuales y transgénero como protagonistas de historias relevantes y muy actuales. Sin embargo, no todo es miel sobre hojuelas.

Algo que siempre me ha causado mucha curiosidad es la falta impresionante de personajes infantiles queer en cine y en televisión. Podemos entender que un hombre adulto mantenga una relación con su novio e, incluso y con mucho esfuerzo y meditación aceptar que una persona haya nacido con sexo femenino pero se identifique en su adultez como hombre. Lo que está prohibido siquiera sugerir es que una niña se vista de azul y le gusten los carros o que un niño decida usar un vestido y salir bien librado del asunto.

Esto, por supuesto, solo es reflejo de la sociedad en que vivimos, donde argumentar que los infantes queer existen será siempre equiparado con realizar un ataque directo a la inocencia infantil y a cuestionar los buenos valores con los que cada familia educa a sus hijos y sus hijas.

Pensar en una presencia importante y una representación de niños y niñas queer en los medios es aceptar, e institucionalizar, algo que la sociedad ha estado negando de manera recalcitrante a lo largo de los últimos años: ser queer es algo con lo que se nace, no algo que se aprende al crecer. Pero no todo está perdido. Algunos shows muy pocos, para ser franco han decidido ir deliberadamente más allá de los cánones sociales al incluir a la infancia queer en sus historias.

El remake de One Day At A Time de Netflix, por ejemplo, decidió que la historia de Elena, una chica activista de 15 años que también es hija de la protagonista, era relevante para la historia al mostrar su proceso para salir del clóset con su familia. La serie lo logra extraordinariamente al presentarlo como algo totalmente normal, sin necesidad de estereotipar a sus personajes ni de caer en el sentimentalismo barato.

The Mick, la nueva serie de FX protagonizada por Kaitlin Olson, decide ir mucho más allá con Ben, un infante de no más de 7 años de edad, que se identifica como una persona de género fluido que lo único que quiere hacer es poder vestirse con vestidos y pantalones cuando más le plazca sin necesidad de explicarse frente a sus maestros o a los padres de sus compañeros de escuela.

Pretty Little Liars lo hace también con un discurso un tanto contradictorio y perjudicial, debo decir—con Charles, el hermano menor de una de las protagonistas, que decide tener su transición a Charlotte mientras está en un hospital mental donde intentan tratar su identidad como un problema psicológico y no como algo que ha sido parte de su vida desde el momento en que nació.

Debemos celebrar que existan programas que se arriesguen cuando de representación en sus historias se trata. Sin embargo, me parece muy peligroso fingir que algo tan sencillo y natural, como lo es la identidad infantil, sea aún tratada como un tema tabú en los medios.

Series como The Mick o One Day At A Time nos demuestran que no es difícil ni imposible tocar temas de relevancia actual sin la necesidad de caer en la controversia o el sensacionalismo que rodea tan típicamente a la identidad, el género y la sexualidad, sobre todo si se trata de la de los niños y las niñas.

Estos shows logran representar a la infancia no como un monolito de inocencia difícil de alcanzar, sino como integrantes importantes de una sociedad de la que no podemos seguir manteniéndolos alienados.

Si nos dejáramos de preocupar tanto en lo que nuestros hijos e hijas puedan o dejen de aprender de los demás y mejor enfocáramos esas energías en empoderarlos y hacerlos sentir orgullosos por lo que son y no por lo que dejarían de ser, nos evitaríamos muchos problemas a la hora de tratar de convivir en armonía como sociedad.

La performatividad de salir del clóset.

«A mi se me hace que es joto», «Yo no sé porqué no sale del clóset si claramente se ve que es gay», «¿No se te hace que el novio de fulana es maricón? Pobrecita, no se ha dado cuenta», «Yo creo que ya va siendo hora de que le digas a tus papás que eres gay, ¿no lo crees?», «¿A poco no has salido del clóset? Si te ves bien joto», ¿Les suena familiar?

Hola, mi nombre es Diego y salí del clóset hace 10 años (¡Hola Diego!). Si no me hubiera puesto a hacer memoria, no hubiera caído en la cuenta de que justo por estas fechas, hace 10 años, fue cuando decidí dar uno de los pasos más complicados, pero satisfactorios, de mi vida: aceptar -y abrazar- mi homosexualidad.

Salir del clóset no sólo es un proceso personal, sino que también es un acto performativo. Judith Butler (2002) define al acto performativo como formas de habla que autorizan (…) si el poder que tiene el discurso para producir aquello que nombra está asociado a la cuestión de la performatividad, luego la performatividad es una esfera en la que el poder actúa como discurso.

Salir del clóset significa nombrar  tu realidad para (valga la redundancia) volverlo real. Esto no es real hasta que lo nombras, hasta que lo dices fuerte, hasta que lo conviertes en algo real, tangible e inamovible en tu vida. Por eso es que creo fervientemente quese trata de  un proceso tan íntimo y personal.

Sin embargo, muchas personas -demasiadas para ser sincero- lo entienden al revés y se aferran por convertir un momento de intimidad en un espectáculo público. No, una persona que no ha salido del clóset no necesita que le digan cuándo y cómo debe hacerlo. No, salir del clóset lleva su tiempo, tiene un proceso y un modo de hacerlo muy personal.

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Aún, a la fecha, no deja de sorprenderme cómo los medios y nosotros mismos, como sociedad, presionamos tanto a las figuras públicas para salir del clóset que no les queda otra que hacerlo público, sin importar el proceso que están viviendo o la forma en que están tratando de entenderlo.

¿De verdad nos importa si Pedro Sola no había querido salir del clóset? ¿Es realmente tan importante saber si Ricky Martin era homosexual cuando anduvo con tal o cual actriz famosa? ¿De verdad es necesario comunicarle a todos tus compañeros de trabajo tu preocupación sobre la tardanza de fulano o sutano para hacer pública su homosexualidad? No, de nadie es asunto más que de la misma persona.

A mi parecer, obligar a una persona a salir del clóset es uno de los actos más violentos que puede una persona puede inflingir  sobre otra. Debido a su carácter performativo, el proceso de aceptación no es sencillo ni rápido. Muchas veces, la persona en cuestión no está preparada para vivirlo, para confrontar una realidad que desde hace mucho pensaba nombrar, pero no tenía el valor para hacerlo. Por ello, nadie debería tener poder sobre el acto performativo de alguien.

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¿Tienes ganas de hablar sobre la sexualidad de una persona? Comparte más sobre la tuya, ¿Te llama la atención la forma en que una persona acepta su sexualidad? Trata de entenderla en lugar de juzgarla, ¿Te preocupa que mengano no haya salido del clóset y no esté viviendo los mejores años de su vida? Deja que lo haga a su tiempo y cómo crea que es mejor.

Nombrar es un acto cotidiano, dejar que cada persona nombre su propia realidad es el verdadero acto performativo.

Bibliografía:

Butler, J. (2002) Cuerpos que importan, Editorial Paidós.