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Jordan Peele y la subversión de los personajes femeninos en el slasher

Advertencia: en esta entrada se tratan spoilers importantes referentes a los giros finales tanto de Get Out! como de Us. Si no las has visto, te recomiendo que no lo leas.

A lo largo de la historia, el cine de terror, sobre todo el del género slasher, se ha encargado de enmarcar a las mujeres que habitan sus historias en dos categorías básicas: las Scream Queens (o reinas del grito en español) y las Final Girls (o chica final en español).

Como lo he mencionado anteriormente, el cine tiene una gran tendencia de optar por retratar a las mujeres como seres vulnerables y abnegados, cuya única función radica en el cuidado y protección de los seres queridos y su consecuente victimización. Estas representaciones — sobre todo presentes en las Scream Queens — provienen, en cierta medida, de esa misma idea; aquella donde se considera a los personajes femeninos como receptáculos ideales de violencia debido a su (muy dañino) estereotipo de indefensión.

La diferencia entre una representación y la otra, es que la segunda tiene más probabilidad de tomar el papel de protagonista y sobrevivir para el final de la película, mientras que la primera suele recaer en papeles de víctima y usualmente usa mucho de su tiempo en escena para gritar despavorida al huir del asesino.

Es importante mencionar que ambas representaciones no se encuentran peleadas entre sí; de hecho es muy posible que existan personajes femeninos que compartan características importantes de cada una, como lo son Laurie Strode (Jamie Lee-Curtis) en la saga de Halloween o Sidney Prescott (Neve Campbell) en la saga de Scream.


Estos dos tipos de representación tienen una doble función en el cine slasher: primero, justificar la amenaza que significa el asesino en la narrativa, elevando el nivel de riesgo al brindarle al un cierto número de personas lo suficientemente propensas a ser víctimas de un asesinato — como se cree estereotípicamente que son las mujeres — , y segundo, funcionar como herramienta de inflección de miedo y desesperación en forma de una Final Girl/Scream Queen desprotegida y vulnerable.

Una de las características más importantes de estos personajes femeninos es que, si de sobrevivir se trata, estas mujeres logran llegar al final de la película no por su capacidad de enfrentar al asesino, sino más bien por su propensión a huir de él y de encontrarse en los lugares adecuados en el momento adecuado.

Es por ello, que ambas han sido usadas una y otra vez como destinatarias directas de todos los horrores y violencias detrás de la mente masculina de sus directores. En esencia, la necesidad de los asesinos de tener una víctima es igual a la de los directores de estos filmes por mostrar hasta donde son capaces de llegar al poner en peligro y, consecuentemente, matar a sus mujeres.

Con el paso del tiempo, — sobre todo en sagas que han sobrevivido gracias a sus numerosas secuelas — los directores han decidido transformar a sus eternas Scream Queens/Final Girls en mujeres con más agencia, al remover la victimización alrededor de ellas y reformular sus personajes para presentarlas como personajes valientes que son capaces de enfrentar a su asesino, en lugar de huir de él. Laurie Strode, nuevamente, es el mejor ejemplo de ello en la película de Halloween (2018).

Sin embargo, a pesar de todo ello y las (necesarias) modificaciones que se han hecho a personajes entrañables e icónicos de diferentes sagas, estas Scream Queens/Final Girls siempre han sido enmarcadas una y otra vez como personajes bondadosos incapaces de hacer algo violento fuera de defenderse y proteger a su familia. Por ello siempre han figurado como las víctimas perfectas de un asesino.

De hecho, existe una larga tradición de películas slasher que se han dedicado a castigar con la muerte a aquellas mujeres bondadosas y virginales — o, en su defecto, las que están a gusto con su sexualidad — que han tenido la audacia de salirse de la norma, al tomar decisiones que no reflejen la idea detrás de la mujer perfecta, como lo son tener sexo adolescente o ingerir drogas o estupefacientes . La mayoría de las víctimas de I Know What You Did Last Summer (1997), Scream (1996) y Friday The 13th (1980) (así como sus secuelas) son el mejor ejemplo de ello.

De hecho, es muy difícil encontrar en las slasher a una mujer que tenga dobles intenciones, un plan oculto o que incluso tome el papel de la asesina titular. Lo que hace este tipo de películas es reproducir la idea de que las mujeres no son capaces de sentir otra cosa que no sea bondad, ni de manifestar ningun otro tipo de característica que vaya más allá de la abnegación y los cuidados de los seres queridos.

Por ello, resulta tan refrescante ver la manera en que Jordan Peele ha logrado subvertir la caracterización de los personajes femeninos en el género del slasher con las protagonistas de su dos películas: Get Out! (2017) y Us (2019).

Con Adelaide Wilson (Lupita Nyong’o) en Us y Rose Armitage (Allison Williams) en Get Out, el director nos presenta a un par de mujeres que rompen con la idea de la Scream Queen/Final Girl al ser personajes femeninos con matices que, en lugar de formar parte del tradicional estereotipo de lo que debe ser una mujer, deciden jugar con él para poder ocultar detrás de ello sus verdaderas intenciones.

El director logra con estas mujeres lo que muchos otros autores del género ni siquiera se habían molestado en hacer antes, darles la suficiente agencia para ser igual o más intimidantes que sus contrapartes masculinas.

Sin embargo, lo más interesante de esta construcción, no solo es la capacidad de Jordan Peele para inyectar maldad y duplicidad en sus personajes femeninos, sino también el triunfo narrativo que significa que dicha caracterización sea parte fundamental de los giros finales de cada película.

En Get Out, Rose es enmarcada como el estereotipo perfecto de la Final Girl: una mujer con muchas opiniones que parece no tener miedo de nada, pero que a la mínima señal de peligro, correría a respaldarse detrás de su novio Chris (Daniel Kaluuya). Estereotipo que usa a su favor para llamar la atención de hombres de color y llevarlos a su casa, donde ella y su familia se dedican a lavarles el cerebro y venderlos a sus vecinos.

Rose Armitage no es ni una damisela en peligro, ni una víctima de las circunstancias como la película nos quiere hacer creer a lo largo de la historia, al contrario, es cómplice y perpetuadora de los numerosos actos de tortura y violencia que sus padres han cometido en contra de muchas personas de color.

En ese sentido, la representación estereotípica que el director plasma en Rose funciona exitosamente de dos formas dentro de la narrativa, primero, al presentar a una mujer que juega con las nociones y expectativas de género que la sociedad ha impuesto tanto en hombres y mujeres, para lograr sus fines y, segundo, al usar esas mismas ideas para engañar a la audiencia con el papel que dicho personaje se supone que tendría en la película.

El personaje de Adelaide también juega con las expectativas sociales, sin embargo, en ella recaen las que se enfocan en lo que debe de ser una madre de familia abnegada. Al ser una Tethered, necesita convencer a su familia que es una mujer tan común y corriente como todos los demás.

Al haber vivido en tuberías toda su vida, Adelaide aprende lo que significa ser una madre por medio de las experiencias ajenas. Por ello, sus acciones y reacciones durante toda la película son de protección y abnegación. En cierta medida, sus hijos son los que legitiman su existencia en la tierra y los mismos que justifican su ausencia en las tuberías.

La diferencia esencial que mantiene con Rose proviene de sus propósitos y, por supuesto, de su privilegio. Rose finge ser otra persona por diversión, mientras que Adelaide lo hace por supervivencia. Rose cuenta con el color de piel correcto y la posición social adecuada para poder presentarse de diferentes formas sin que desconfíen de ella, Adelaide necesita parecer «normal», aún a pesar de su color de piel, para no tener que regresar a las cañerías.

Con estos personajes, Peele no intenta argumentar que la duplicidad es algo a lo que se debería de aspirar, Rose termina muriendo al tratar de defender el honor de su familia, mientras Adelaide asesina a su clon en su afán de mantener la normalidad en su vida.

Ambas mujeres tienen las manos ensangrentadas, pero resulta reconfortante saber que las dos fueron capaces de decidir su destino con consciencia plena de que existía una posibilidad en la que podrían terminar siendo las víctimas de sus propios juegos, en lugar de morir en manos de un asesino sin motivos aparentes.

Club de Cuervos tiene un problema con sus mujeres

Club de Cuervos es una de las series mexicanas más exitosas del momento y no es para menos, ya que no solo cuenta con uno de los equipos de actores más renombrados a la fecha, sino que también tiene la capacidad de contar historias entrañables a través de sus episodios. Es innecesario recalcar que me considero un fan asiduo del programa.

Cada que Netflix lanza una temporada nueva soy de los primeros en celebrarlo y de los más emocionados por continuar las aventuras y nuevas historias de los hermanos iglesias. Sin embargo, desde el lanzamiento de la primera temporada, ha habido algo que no me ha permite disfrutar plenamente de la misma, el tratamiento  y representación que le dan a sus mujeres.

En el mundo de Club de Cuervos las mujeres actúan y responden  ante ciertas situaciones solo al ser motivadas por las acciones de un hombre; comenzando por Isabel Iglesias, protagonista interpretada por la magnífica Mariana Treviño.

Desde el primer momento que conocemos a Isabel podemos entender que se trata de una mujer ambiciosa, preparada y talentosa, que comparte la pasión por el futbol con su papá y que  tiene una visión muy específica sobre el futuro del equipo deportivo que heredó junto con su hermano, interpretado por Luis Gerardo Méndez,: los Cuervos de Nuevo Toledo.

Isabel tiene las habilidades y el conocimiento necesario para dirigir al equipo y, sin embargo, se encuentra en medio de una encrucijada con  su hermano Salvador que no se encuentra interesado en ello, al contrario, que solo busca ser dueño para vivir una vida de excesos y reconocimiento. Esta es la razón que nos dan a entender por la que comienza a pelear con él y  la fuerza motora con la que dirige sus motivaciones como personaje: su ambición y talento innato por dirigir un  equipo.

Sin embargo, después del segundo capítulo, y a lo largo del resto de las temporadas, esta motivación es completamente olvidada e instantáneamente reemplazada, y reducida, por otra: un berrinche motivado por la necesidad de ser mejor que su hermano. Con esto, la Isabel ideal para ser dueña que conocemos en un inicio, desaparece para dar paso a Chabela, la hermana enojada con su papá y su hermano y que solo busca vengarse de ellos; la Chabela irracional que no piensa y que solo actúa y responde con sentimentalismo.

Y es aquí donde las cosas se comienzan a tornar problemáticas, pudiendo haber creado un personaje femenino fuerte y racional capaz de obtener y mantener un puesto directivo gracias a su conocimiento y talento, los escritores prefirieron caer en el trope tan gastado y cansado de siempre, el de la mujer irracional y sensible que no es capaz de tomar decisiones conscientes debido a sus hormonas y su perspectiva sentimental que es aparentemente inherente a la representación de todas las mujeres. Mujer que cada paso que da, es motivado por la acción de un hombre y no por su propia convicción.

De ahí en adelante nos encontraremos con que Isabel no es la única mujer en este show sometida a esta narrativa. Lo mismo sucede con su mamá, Gloria Iglesias, interpretada por Verónica Terán, cuyas acciones giran siempre en torno de su ex-esposo y lo que significaba para ella, y la madre de Salvador, Vanessa Iglesias, interpretada por Claudia Vega, cuya presencia es relevante solo cuando Chava necesita ser respaldado por alguien.  Son personajes satelitales que necesitan de una presencia masculina para justificar su existencia, ya que ellas por si mismas no cuentan ni con motivaciones ni ambiciones más allá de lo que sienten por su ex-esposo e hijo, respectivamente. Si elimináramos la presencia de Salvador Iglesias Sr. y a su hijo de la historia, estos personajes femeninos no tendrían sentido ni relevancia.

En el mundo de Club de Cuervos las mujeres son personajes emocionales, sin motivaciones ni sentido, que giran en torno a su contraparte masculina; los hombres, por otro lado, son individuos que piensan por si mismos y que sus ambiciones van más allá que las mujeres a su lado.

Ellas son un ejemplo más de la larga lista de personajes femeninos mal representados en la pantalla, que sufren de una falta de agencia propia. Este problema está totalmente ligado a la falta de interés por parte de los creadores y creativos de la industria por entender y construir mujeres reales en lugar de caricaturas extraídas directamente de sus fantasías.

Mary Luz Solari, interpretada por Stephanie Cayo, sufre del mismo problema. No solo es retratada como una mujer emocional que  toma todas sus decisiones desde un lugar emocional como lo es el enamoramiento que sentía por su ex-esposo, Salvador Iglesias Sr., sino que también es representada como una mujer a la que solo le interesa el dinero y la fama. Mary Luz, al igual que Vanessa, es un personaje que existe solo para validar la hombría y relevancia de  Salvador y Chava Iglesias en la historia.

El tratamiento de estas cuatro mujeres no está tan mal manejado si lo comparamos con el personaje de  Isabel Cantú, interpretado por Melissa Barrera. Isabel es la heredera de una fortuna millonaria que funge como interés amoroso de Chava en la tercera temporada y, como el resto de los personajes femeninos, es una mujer impulsiva, emocional y berrinchuda.

Sin embargo, el problema no radica en la repetición constante de esa pobre representación femenina que los escritores de este show parecen querer tanto, sino en la razón por la que ella actúa de esa forma: Isabel tiene una enfermedad mental.

Me encantaría poder decirles que Club de Cuervos aprovecha la oportunidad para argumentar algo en referencia a las enfermedades mentales o que, incluso, hacen el intento de tratar el tema de manera responsable y respetable, pero no es así. Al contrario, el show se encarga de representar a las enfermedades mentales, y las personas que las sufren, como individuos vengativos, impulsivos y sin contacto con la realidad.

De entrada, los escritores nunca nos dicen cuál es la enfermedad que tiene Isabel, solo sabemos que, después de que su primer novio rompiera con ella, tuvo que ser internada en un hospital psiquiátrico.  El show espera que esa información nos sea suficiente para entender al personaje y sus motivaciones, cuando, en realidad, lo único que provoca es que nos quedemos con una imagen de una mujer perturbada que reacciona de manera irracional.

Pero la historia no termina ahí, a la mitad de la temporada, Isabel deja de tomar sus medicamentos y comienza a actuar de manera más errática y emocional. Para el final de la misma, su personaje tiene otra crisis nerviosa después de que Chava rompe con ella y termina en el psiquiátrico de nuevo, no sin antes hacer un berrinche y tomar una serie de decisiones impulsivas.

Esta representación no solo es injusta con las mujeres, sino con las personas que sufren de una enfermedad mental. Los escritores no solo caricaturizan a las personas enfermas, sino que utilizan su enfermedad como un pretexto para justificar a las mujeres emocionales y transforman a un personaje, que pudo haber tratado de visibilizar un tema tan importante como ese, en una villana superficial.

Lo que me lleva a preguntarme una serie de ideas ¿Por qué se sigue representando a las mujeres como personas sentimentales y emocionales solamente? ¿Por qué los personajes femeninos tienen que tener su historia o arco atado al de un hombre? ¿Por qué siguen sin tener agencia propia? ¿Hasta cuándo comenzaremos a tratarlas como personas y no como caricaturas de si mismas?

Club de Cuervos puede ser una serie interesante y divertida, sin embargo, su poco entendimiento de lo que significa ser mujer y, sobre todo, lo que es la experiencia femenina, provoca que sus personajes femeninos pierdan instantáneamente el suelo y pasen de ser personas reales con agencia a personajes caricaturizados con motivaciones vacías y decisiones impulsivas.