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La caída del héroe: representación de mujeres con enfermedades mentales en la televisión.

Aceptémoslo, las enfermedades mentales — y sobre todo la salud mental — nunca han sido temas a los que la televisión y el cine les dé gusto aludir dentro de sus historias. Por muchos años, vimos cómo los y las protagonistas de nuestros productos de cultura pop favoritos, eran retratadas como personas heroicas, sanas y con un mínimo de problemas personales y/o mentales o emocionales, cuyos problemas eran fácilmente resueltos al encontrar al amor de su vida o vengando la muerte de un ser querido (dependiendo del tipo de película o serie que estuvieras viendo).

Mucho de esto tiene que ver con la representación del héroe, y la influencia tan importante que este personaje tuvo en la creación de historias y modelos a seguir.

La representación de este tipo de personajes en el cine y la televisión no es nada nuevo. El personaje del héroe cinematográfico tiene sus raíces en las historias de dioses y guerreros que formaron parte de la mitología de las culturas antiguas, sobre todo en la griega. En ella, se presentaba a estos individuos como aquellas personas extraordinarias que encarnaban la quintaesencia de los rasgos claves valorados en su cultura, así como el modelo máximo de comportamiento. Héroes como Hércules, Aquiles y Prometeo se convirtieron en los referentes más constantes en la creación de personajes valientes y bondadosos en el cine.

Debido a sus valores y características extraordinarias, la función fundamental del héroe en todas las historias — aparte de fungir como protagonista y proxy directo de la audiencia — siempre ha sido el de fungir como el ejemplar perfecto que es digno de imitar. Por ello, no resulta extraño que la presencia de un héroe valeroso, bondadoso, valiente y sacrificado en las historias más famosas de los últimos años, haya sido crucial para lograr su éxito adquirido.

Este personaje fue tan inherente a nuestra cultura y contó con tanto impacto, que se convirtió rápidamente en la premisa básica de la mayoría de los cómics, películas y series que consumimos y que han tenido una fuerte influencia en la forma en la que entendemos y vivimos en sociedad. Estos fueron héroes con habilidades y, sí, también con defectos, pero ninguno lo suficientemente grave como para detenerlos o volverlos imperfectos.

Desde Rambo hasta Sarah Connor, los héroes y heroínas se encargaron de decirnos que, mientras cualquier persona compartiera los valores y características intrínsecas que constituyen al heroísmo y la bondad, ningún problema personal, o impedimento, sería imposible de vencer. Ni siquiera las enfermedades mentales o físicas.

Este retrato de personajes sin defectos fue la norma en la industria del entretenimiento por mucho tiempo. Sin embargo, con el surgimiento del antihéroe, y la consecuente y justa representación de minorías en el cine y la televisión, la forma en que ciertos protagonistas comenzaron a ser retratados cambió drásticamente, dando entrada a individuos con defectos, imperfecciones y enfermedades mentales.

Individuos como Walter White, Venom o Deadpool, comenzaron a cambiar la manera en que las audiencias consumían sus historias, al mismo que ayudaron a deconstruir las diferentes formas en que los defectos propios de la sociedad eran representados en sus productos de consumo de cultura pop favoritos. Hollwyood por fin comenzaba a poner un espejo frente a sus audiencias.

Gracias a ello, la industria del entretenimiento comenzó a tener cabida para películas y series protagonizadas por personajes con problemas que no se podían resolver con heroísmo y valentía nada más; individuos que vivía situaciones complejas que permeaban todos los aspectos de su vida, con estragos que los acompañaban a todos lados, y obstáculos propios del personaje que necesitaban de disposición y trabajo duro para superarlas.

De todos los personajes que se encontraban encasillados dentro de este estereotipo de heroísmo, los que se vieron más beneficiados con estas acciones fueron los femeninos. Si la mayoría de los hombres en las películas fueron retratados como individuos valientes e indomables durante mucho tiempo, las mujeres se tenían que conformar con ser representadas como amas de casa sin imperfecciones y con un talento innato por la maternidad y los cuidados. El estándar de perfección al que tenían — y todavía tienen — que aspirar las mujeres era casi inalcanzable. Las heroínas, por otro lado, necesitaban de un hombre que validara su existencia, y sus logros, para ser reconocidas como tales.

Es por eso que el surgimiento de la representación de mujeres imperfectas — sobre todo en la televisión — es tan refrescante, porque dio entrada a reconocer su humanidad, al mismo tiempo que permitió a los productores retratarlas no como estereotipos, sino como seres humanos con matices. Mujeres con valentía y bondad, pero también con miedos e inseguridades. Mujeres con grandes experiencias de vida que las han ayudado a crecer, pero con enfermedades mentales que las limitan constantemente.

Mujeres que saben de la existencia de su enfermedad mental y de los problemas que suceden al no enfrentarla, pero que tienen una serie de problemas para lidiar con ella y con todo el proceso que involucra un progreso saludable de mejora.

Mujeres como Rebecca Bunch (Rachel Bloom) en Crazy Ex-Girlfriend, una exitosa abogada — que en la última temporada se convierte en dueña de una tienda de Pretzels — que pasa la mayoría de sus días yendo a terapia, y tomando medicinas, a causa de su Transtorno Límite de la Personalidad (TLP), mientras trata de descubrir cuál es su verdadero propósito en la vida y lo que significa realmente amar a una persona sin la necesidad de convertir ese sentimiento en una obsesión.

O Penélope Álvarez (Justina Machado) en One Day At a Time, una veterana de guerra que se encuentra en una lucha constante con su salud mental, al tener que lidiar a diario con ansiedad y depresión clínica, y un miedo constante de que sus hijos se enteren de ello, mientras funge de la mejor manera que puede con sus responsabilidades de madre soltera, sin descuidar sus estudios de enfermería.

O Gretchen Cutler (Aya Cash) en You’re The Worstuna talentosa ejecutiva de relaciones públicas, que trabaja en una casa productora, que tiene depresión clínica y una tremenda dificultad para expresar sus emociones, una tendencia para abandonar su terapia a la mitad del camino y un miedo profundo por comprometerse con algo o alguien.

Incluso el retrato ambiguo de la enfermedad mental con la que vive Suzanne Warren (Uzo Aduba) en Orange Is The New Blacknos ha permitido entender la forma en que viven las personas que la sufren en la cárcel, con escasez de medicinas y un acceso limitado a terapia o a la ayuda profesional que necesitan para poder enfrentar la realidad en la que se encuentran.

A pesar de que el estereotipo del héroe cada vez ha ido perdiendo más fuerza y ya se han comenzado a retratar las enfermedades mentales en la televisión de manera mucho más matizada, todavía queda mucho camino por recorrer.

Por ello es importante este tipo de representaciones, ya que no solo nos permiten vernos como audiencia reflejados en ellas, sino que también nos ayuda a retratar la realidad de una forma mucho más precisa y menos idelizada.

La falta de representación de personajes con enfermedades mentales, no solo significa que como sociedad no estamos listos para tomar en serio a las personas que viven con ellas a diario, sino que tampoco la estamos considerando parte de ella.

Representación a medias: asexualización y estereotipación de las parejas homosexuales en la televisión.

Si hay algo que me gusta reconocer de muchos de los shows en televisión es que han sabido ir un paso adelante del mundo cinematográfico en cuanto a representación se trata. Hoy en día podemos disfrutar de una gran variedad de programas que bien podrían jactarse de su inclusión y de la despreocupación con la que incluyen a personajes pertenecientes a minorías en sus narrativas.

Crazy Ex-Girlfriend, por ejemplo, no solo tiene un cast que está conformado por una enorme variedad de persona provenientes de diferentes culturas, sino que también casi la mitad de sus protagonistas interpretan a personajes pertenecientes a la comunidad LGBT+. Lo mismo sucede con Brooklyn Nine-Nine, The Handmaid’s Tale, The FlashSupergirl y, sobre todo, con una de las últimas adquisiciones de Hulu: Marvel’s Runawayso de las de Netflix con Sex Education One Day At a Time, una variedad de shows que se han arriesgado a contar historias sobre jóvenes LGBT+— muchas veces con personas de color—; un tema que se ha considerado más bien como exclusivo de personajes adultos y no como parte del proceso intrincado que significa el coming of age en la vida de un adolescente.

Esto se debe a que las personas detrás de muchas de las series que consumimos, han comenzado a entender que la función de la representación en sus programas no es el de llamar la atención de los televidentes para generar más vistas, sino mostrar la realidad que vivimos todos los días para que la audiencia se vea reflejada en ella. El problema es que no todos han logrado asimilarlo de la misma forma.

Lo cierto es que, antes que cualquier canal de televisión lo considerara, el cine comenzó a preocuparse con retratar de manera correcta las relaciones homosexuales con Brokeback Mountain. En el caso de las series, Modern Family  fue uno de los primeros shows que se arriesgó a lanzar un programa familiar, en un canal abierto, que incluyera a una pareja abiertamente homoparental y a otra interracial. Los críticos bañaron en elogios a sus primeras temporadas por haber tomado dicha decisión y, hasta hace algunos años, era siempre una de las más nominadas en la categoría de comedia de las diferentes premiaciones.

Su aporte a la representación de minorías es sin duda monumental, ya que no solo lograron que la familia promedio estadounidense le abriera las puertas a un grupo social que claramente habían decidido olvidar desde hace mucho tiempo, sino que también lograron construir el camino para que series como el remake de One Day At A Time Brooklyn Nine-Nine pudieran contar con historias tan profundas como la salida del closet de una adolescente lesbiana ante su familia o la mera existencia de Rosa Díaz, una mujer latina y bisexual que goza de un puesto importante en una de las comisarías de la policía de Nueva York.

Sí, la intención de Modern Family en un inicio fue buena y muy acorde a la época en la que fue lanzada; sin embargo, el tiempo ha pasado y la serie no se ha molestado por hacer algo para actualizar la manera en que representa a sus personajes pertenecientes a minorías, de manera concordante con la realidad. Lo que en su momento resultaba ser innovador y precursor de un movimiento muy fuerte, ahora luce como un estereotipo más de cualquier novela de un canal de televisión abierta.

Cam y Mitchell, la pareja homoparental titular de dicha serie, no son más que una caricatura de lo que pretenden representar como una relación homosexual real. En ella, cada personaje se encarga de ocupar el estereotipo básico de un hombre gay: el que tiene manierismos femeninos y que está más en contacto con sus sentimientos y el que no se siente tan cómodo con su orientación sexual y prefiere ser relacionado con la figura masculina de la relación. Esta pareja es resultado del ya muy conocido binarismo masculino/femenino que domina a la mayoría de las relaciones sentimentales actuales.

Esto no es nuevo, el uso de la estereotipación como herramienta narrativa es algo muy común que puede ser encontrado en diferentes instancias de la cultura pop. Es muy sencillo, si reduces a un personaje a una serie de características típicas y reconocibles propias de la etiqueta a la que su grupo social corresponde, es mucho más fácil contar historias simplonas y que den risa, sin perderte en los dramas innecesarios que el matiz narrativo puede atraer. Es por eso que esta ha sido, desde siempre, la salida más cómoda a la que los escritores —sobre todo en las comedias de situación— han decidido tomar cuando se trata de contar historias LGBT+ y de minorías. Después de todo, ¿Qué mejor forma de hacer reír a alguien que acudir a los lugares comunes a los que ya están tan acostumbrados?

Esta situación no es solamente propia de Modern Family, Friends From College de Netflix sufre el mismo problema con Felix y Max, la única pareja homosexual de la serie que se ve estancada dentro de los mismos estereotipos binarios. Esta pareja esta conformada por dos individuos, donde uno de ellos debe tomar y representar asertivamente el lado femenino y cuidador de la relación, mientras el otro debe aparentar ser más masculino frente a sus amigos de la universidad, para no ser tachado como el “afeminado” del grupo.

Lo problemático de esta tendencia, radica en la potencia que esto le da a las opiniones tóxicas que se encargan de etiquetar y minimizar a la comunidad gay, así como también la fuerza con la que afianza la idea de que las minorías no somos más que una punchline, aquella idea que motiva a la gente a seguir inquieriendo a sus amigos homosexuales cuando le interese saber quién es el hombre de la relación; un chiste recurrente del que todos pueden reírse sin necesidad de siquiera considerar usar el mismo argumento cuando se trata de cuestionar a sus contrapartes.

Lo cual me lleva al segundo gran problema: la falta de equidad en la representación. Pensemos en las relaciones de Cam y Mitchell o de Felix y Max, ¿Cuántas veces los hemos visto darse un beso en la boca en pantalla?, ¿Cuántas veces los hemos visto hablar o hacer alusión a que mantienen relaciones sexuales? Es más, dejemos de lado las realciones sexuales, ¿Cuántas veces los hemos visto mostrarse afectivos o compartir algo de intimidad? Muy pocas. Ahora pensemos en sus contrapartes heterosexuales y tratemos de responder las mismas preguntas. Seguro son muchísimas más y en inncontables veces.

Es gracias precisamente a este argumento con el que podemos distinguir cuando una serie de verdad se preocupa por representar adecuadamente a una minoría, y cuando solo busca explotar su presencia para causar controversia y atraer televidentes. La representación sin consideración ni visibilización no es representación.

Ese no es un problema que tenga poco tiempo. La invisibilización y asexualización de los personajes LGBT+ sucede desde el cine de los 70, cuando los personajes pertenecientes a la comunidad solían ser retratados como gays que vivían juntos, pero que no parecían tener ningún tipo de química o vida sexual que fuera mostrada, o incluso mencionada de manera explícita, porque incomodaba a las audiencias. Aún a la fecha existen televidentes que consideran que muchos de sus filmes y programas favoritos están siendo “demasiado incluyentes” y “muy gays” por el simple hecho de contar con representación.

En Modern Family Cam y Mitch son esposos y tienen una hija juntos, sin embargo, en lo que va de 10 temporadas, la única vez que se han dado un beso en la boca frente a la cámara ha sido en el día de su boda, y ni hablemos de relaciones sexuales, porque mientras que sus contrapartes heterosexuales aparecen frente a cámara teniendo numerosas relaciones sexuales, ellos solo han podido gozar de una o dos escenas en los 10 años de lo que lleva la serie al aire.

Max y Felix, por otro lado, solo han aparecido en los dos años al aire de Friends From College, pero eso no ha propiciado a que, a pesar de haberse casado al final de la segunda temporada y de ser la única pareja estable de su grupo de amigos más cercanos, sus personajes puedan gozar de una vida sexual activa frente a la pantalla o , mínimo hablar de ello. No, ambas son parejas asexuales que parecen disfrutar de su vida lejos de la intimidad,de la complicidad y de las muestras básicas de afecto de la que el resto de las parejas heterosexuales en ambas series tienen el privilegio de vivir.

Y si en Estados Unidos todavía se encuentran lidiando con estos problemas de representación aún cuando ya están muy avanzados en el tema, en México estamos en pañales. Las últimas semanas, una novela de televisa con el formato modernizado de serie, comenzó a aparecer en los titulares de los medios de comunicación por incluir en su narrativa a una pareja adolescente gay.

Mi Marido Tiene Más Familia nos introdujo a Aristóteles y Cuauhtémoc —”Aristemo” para los fans—, un par de jóvenes enamorados que están creando olas entre los medios mexicanos, al ser una de las primeras parejas abiertamente gay que son representadas en una novela de la televisión mexicana.

Al igual que Modern Family, esta serie está llevando temas que antes se consideraban tabú, e incluso inmencionables, a las casas de las diferentes familias del país. Esto, en sí, es un gran paso para la inclusión y la representación de la televisión en México. El problema es que sufre de lo mismo que a Modern Family le aqueja continuamente, un tremendo pavor por perder a sus televidentes cuando su serie/novela sea tachada de ser “muy gay” por presentar correctamente a una pareja gay. Es por ello que los integrantes de Aristemo no se han dado un beso en la boca frente a la pantalla y se han tenido que conformar con abrazos a medias y acercamientos incómodos.

Es un hecho que estamos avanzando en cuanto a representación LGBT+ se trata tanto en cine como en televisión. Sin embargo, la forma en la que se han desarrollado en algunas instancias, no solo ha ayudado a perpetuar la idea de que las parejas homosexuales están constituidas por un par de estereotipos, sino que también ha alimentado la idea de que las personas gay deben de lucir lo más heterosexual posible y mantener su sexualidad separada de si mismos.

Si las grandes casa productoras quieren comenzar a mostrar la realidad social en la que vivimos de manera correcta, es necesario que consideren realizar una representación que contenga los matices necesarios para separar a la persona de la caricatura y dejen de caer en simplismos.

Club de Cuervos tiene un problema con sus mujeres

Club de Cuervos es una de las series mexicanas más exitosas del momento y no es para menos, ya que no solo cuenta con uno de los equipos de actores más renombrados a la fecha, sino que también tiene la capacidad de contar historias entrañables a través de sus episodios. Es innecesario recalcar que me considero un fan asiduo del programa.

Cada que Netflix lanza una temporada nueva soy de los primeros en celebrarlo y de los más emocionados por continuar las aventuras y nuevas historias de los hermanos iglesias. Sin embargo, desde el lanzamiento de la primera temporada, ha habido algo que no me ha permite disfrutar plenamente de la misma, el tratamiento  y representación que le dan a sus mujeres.

En el mundo de Club de Cuervos las mujeres actúan y responden  ante ciertas situaciones solo al ser motivadas por las acciones de un hombre; comenzando por Isabel Iglesias, protagonista interpretada por la magnífica Mariana Treviño.

Desde el primer momento que conocemos a Isabel podemos entender que se trata de una mujer ambiciosa, preparada y talentosa, que comparte la pasión por el futbol con su papá y que  tiene una visión muy específica sobre el futuro del equipo deportivo que heredó junto con su hermano, interpretado por Luis Gerardo Méndez,: los Cuervos de Nuevo Toledo.

Isabel tiene las habilidades y el conocimiento necesario para dirigir al equipo y, sin embargo, se encuentra en medio de una encrucijada con  su hermano Salvador que no se encuentra interesado en ello, al contrario, que solo busca ser dueño para vivir una vida de excesos y reconocimiento. Esta es la razón que nos dan a entender por la que comienza a pelear con él y  la fuerza motora con la que dirige sus motivaciones como personaje: su ambición y talento innato por dirigir un  equipo.

Sin embargo, después del segundo capítulo, y a lo largo del resto de las temporadas, esta motivación es completamente olvidada e instantáneamente reemplazada, y reducida, por otra: un berrinche motivado por la necesidad de ser mejor que su hermano. Con esto, la Isabel ideal para ser dueña que conocemos en un inicio, desaparece para dar paso a Chabela, la hermana enojada con su papá y su hermano y que solo busca vengarse de ellos; la Chabela irracional que no piensa y que solo actúa y responde con sentimentalismo.

Y es aquí donde las cosas se comienzan a tornar problemáticas, pudiendo haber creado un personaje femenino fuerte y racional capaz de obtener y mantener un puesto directivo gracias a su conocimiento y talento, los escritores prefirieron caer en el trope tan gastado y cansado de siempre, el de la mujer irracional y sensible que no es capaz de tomar decisiones conscientes debido a sus hormonas y su perspectiva sentimental que es aparentemente inherente a la representación de todas las mujeres. Mujer que cada paso que da, es motivado por la acción de un hombre y no por su propia convicción.

De ahí en adelante nos encontraremos con que Isabel no es la única mujer en este show sometida a esta narrativa. Lo mismo sucede con su mamá, Gloria Iglesias, interpretada por Verónica Terán, cuyas acciones giran siempre en torno de su ex-esposo y lo que significaba para ella, y la madre de Salvador, Vanessa Iglesias, interpretada por Claudia Vega, cuya presencia es relevante solo cuando Chava necesita ser respaldado por alguien.  Son personajes satelitales que necesitan de una presencia masculina para justificar su existencia, ya que ellas por si mismas no cuentan ni con motivaciones ni ambiciones más allá de lo que sienten por su ex-esposo e hijo, respectivamente. Si elimináramos la presencia de Salvador Iglesias Sr. y a su hijo de la historia, estos personajes femeninos no tendrían sentido ni relevancia.

En el mundo de Club de Cuervos las mujeres son personajes emocionales, sin motivaciones ni sentido, que giran en torno a su contraparte masculina; los hombres, por otro lado, son individuos que piensan por si mismos y que sus ambiciones van más allá que las mujeres a su lado.

Ellas son un ejemplo más de la larga lista de personajes femeninos mal representados en la pantalla, que sufren de una falta de agencia propia. Este problema está totalmente ligado a la falta de interés por parte de los creadores y creativos de la industria por entender y construir mujeres reales en lugar de caricaturas extraídas directamente de sus fantasías.

Mary Luz Solari, interpretada por Stephanie Cayo, sufre del mismo problema. No solo es retratada como una mujer emocional que  toma todas sus decisiones desde un lugar emocional como lo es el enamoramiento que sentía por su ex-esposo, Salvador Iglesias Sr., sino que también es representada como una mujer a la que solo le interesa el dinero y la fama. Mary Luz, al igual que Vanessa, es un personaje que existe solo para validar la hombría y relevancia de  Salvador y Chava Iglesias en la historia.

El tratamiento de estas cuatro mujeres no está tan mal manejado si lo comparamos con el personaje de  Isabel Cantú, interpretado por Melissa Barrera. Isabel es la heredera de una fortuna millonaria que funge como interés amoroso de Chava en la tercera temporada y, como el resto de los personajes femeninos, es una mujer impulsiva, emocional y berrinchuda.

Sin embargo, el problema no radica en la repetición constante de esa pobre representación femenina que los escritores de este show parecen querer tanto, sino en la razón por la que ella actúa de esa forma: Isabel tiene una enfermedad mental.

Me encantaría poder decirles que Club de Cuervos aprovecha la oportunidad para argumentar algo en referencia a las enfermedades mentales o que, incluso, hacen el intento de tratar el tema de manera responsable y respetable, pero no es así. Al contrario, el show se encarga de representar a las enfermedades mentales, y las personas que las sufren, como individuos vengativos, impulsivos y sin contacto con la realidad.

De entrada, los escritores nunca nos dicen cuál es la enfermedad que tiene Isabel, solo sabemos que, después de que su primer novio rompiera con ella, tuvo que ser internada en un hospital psiquiátrico.  El show espera que esa información nos sea suficiente para entender al personaje y sus motivaciones, cuando, en realidad, lo único que provoca es que nos quedemos con una imagen de una mujer perturbada que reacciona de manera irracional.

Pero la historia no termina ahí, a la mitad de la temporada, Isabel deja de tomar sus medicamentos y comienza a actuar de manera más errática y emocional. Para el final de la misma, su personaje tiene otra crisis nerviosa después de que Chava rompe con ella y termina en el psiquiátrico de nuevo, no sin antes hacer un berrinche y tomar una serie de decisiones impulsivas.

Esta representación no solo es injusta con las mujeres, sino con las personas que sufren de una enfermedad mental. Los escritores no solo caricaturizan a las personas enfermas, sino que utilizan su enfermedad como un pretexto para justificar a las mujeres emocionales y transforman a un personaje, que pudo haber tratado de visibilizar un tema tan importante como ese, en una villana superficial.

Lo que me lleva a preguntarme una serie de ideas ¿Por qué se sigue representando a las mujeres como personas sentimentales y emocionales solamente? ¿Por qué los personajes femeninos tienen que tener su historia o arco atado al de un hombre? ¿Por qué siguen sin tener agencia propia? ¿Hasta cuándo comenzaremos a tratarlas como personas y no como caricaturas de si mismas?

Club de Cuervos puede ser una serie interesante y divertida, sin embargo, su poco entendimiento de lo que significa ser mujer y, sobre todo, lo que es la experiencia femenina, provoca que sus personajes femeninos pierdan instantáneamente el suelo y pasen de ser personas reales con agencia a personajes caricaturizados con motivaciones vacías y decisiones impulsivas.

No es el último trago: representaciones que condicionan a la tercera edad en el cine

Uno de los grupos de personas que la industria fílmica más se ha encargado de representar incorrectamente, según mi experiencia, es a las personas de la tercera edad. Son muy pocas las películas que de verdad se dedican a construir personajes de esta naturaleza completos, con motivaciones y carácter psicológico bien definido.

Por ello, es común siempre toparnos con el “abuelito buena onda” que siempre aconseja al hijo o, en su defecto, al nieto cuando se encuentra en una encrucijada de su vida. En el caso de las mujeres de la tercera edad, es común encontrarnos con matriarcas preocupadas constantemente por su familia y su salud física y mental.

De esa forma, y con dichas ideas en mente, fue que decidí ver ‘Love is Strange’ y ‘En el último Trago’. Dos películas de diferentes nacionalidades, la primera es de Estados Unidos y la segunda de México, enfocadas en dos momentos diferentes de la vida de 5 adultos mayores.

‘Love is Strange’ narra la vida de Ben y George, una pareja de hombres mayores que lleva 40 años juntos y que deciden casarse. Debido a eso, uno de ellos pierde su trabajo y deben vivir en casas separadas con sus familiares y amigos.

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‘En el último trago’, por su parte, trata del viaje que realizan Agustín, Benito y Emiliano a Dolores Hidalgo. Ahí deben regalar al museo de José Alfredo Jímenez una servilleta que el cantautor le regaló a su amigo difunto. Ambas películas tocan diferentes temas a lo largo de su trama pero comparten una misa línea: hay más vida después de llegar a la vejez.

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Me parece que, de entrada, es una ganancia poder contar historias con una premisa de ese tipo. Con ella se comienza a visibilizar a este grupo de personas que, como sociedad, nos encargamos de dejar tras bambalinas. Relegados a vivir encerrados en casa rodeados de sus recuerdos.

Estas películas ponen bajo el foco a 5 personas de la tercera edad con motivaciones, sueños y ciertas características psicológicas que no los encierran en el típico trope del abuelito buena onda y la matriarca preocupada. Sin embargo, ambas comparten el mismo problema: para la mitad de la película ya no saben qué hacer con sus personajes principales.

En el caso de ‘En el último trago’, el director se encarga de recordarnos constantemente que la vejez no es un impedimento para cumplir sueños y viajes de auto-exploración, pero se auto-limita al momento de darle capacidades a sus personajes. Los protagonistas comienzan como individuos independientes, pero para la mitad de la película dependen enteramente de buenos samaritanos y su familia cercana (sus hijos), quitándoles automáticamente ese independencia tan característica que se les había otorgado al principio.

En el caso de ‘Love is Strange’ sucede lo contrario, los personajes comienzan siendo totalmente dependientes de sus familiares y amigos para, al final, otorgarles cierto nivel de independencia con la cuál no gozaban en un  principio. Sin embargo, son individuos totalmente caricaturizados, con características de exageración, que no pasan de ser personas dependientes de los otros, hasta el propio final.

Creo que esta representación de la tercera edad radica en los paradigmas preconcebidos que la sociedad se encarga de endilgar en dichos individuos. Algo que, al parecer, es difícil de romper.

Los directores comienzan sus historias con premisas que llaman la atención y crean personajes de la tercera edad independientes, llenos de vida y ganas de salir adelante. Sin embargo, para la mitad de la historia, terminan por caer en los lugares de comunes de dependencia e imposibilidad de realizar cosas por si mismos.

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Los personajes se encuentran delimitados por sus propias limitaciones; por las limitaciones que sus creadores les adjudican bajo sus propios preceptos de lo que debe ser la vejez en nuestra propia realidad.

Si así fuera, las personas de la tercera edad seguirían encasilladas en la imagen del individuo que depende enteramente de los demás, aquel que no tiene capacidad de decidir por sí mismo y que sus familiares deban hablar por él, esa persona que no puede cumplir sus sueños si no es con la ayuda de los demás, algo que, en lo que a mí respecta, no debería seguir siendo así.

Las representaciones de los adultos mayores deberían mantenerse en la idea esencial que presentan: como personas capaces de amar, seguir sus sueños y descubrir lo que quieren de su vida sin necesidad de depender de algo. Eso sí sería justo.