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La televisión y las redes sociales: de espectadores a pésimos partícipes.

Con el avance de la tecnología, y el reinado actual de las redes sociales, es natural que los formatos y modos de presentar historias se modifiquen. Ahora, es normal que nos encontremos con una avalancha de hashtags diferentes a lo largo de un  capítulo de nuestro programa favorito o que podamos encontrar escenas de nuestra serie predilecta en youtube.

Sin embargo, nada ha influenciado más la forma en la que vemos, y disfrutamos,  la televisión que la llegada de Facebook (en menor medida) y Twitter.  Gracias a ellos, comenzamos a generar narrativas transmedia (aquellas que conectan, desarrollan y ligan historias gracias a diferentes plataformas) todo el tiempo. Buscamos estar actualizados e interconectados en todo momento, generando información que compartir y personas con quién construir teorías en conjunto.

Nos comenzamos a acostumbrar a ver la televisión al mismo tiempo que leemos Twitter (incluyéndome) para opinar sobre lo que está sucediendo y compartir algún momento que nos haya causado risa o miedo.

Estamos tan acostumbrados a este modo de consumir productos audiovisuales que ya es normal que evitemos usar las redes sociales a la hora en que se transmite un final de temporada de alguna serie de nuestro interés para no toparnos con spoilers. Consumimos televisión de la misma forma que lo hacemos con las redes sociales y las cadenas nos alimentan gustosamente.

El internet, en cierta medida, nos ha ayudado a visibilizarnos y tener una voz sobre lo que queremos y no queremos ver. Ahora contamos con diversos espacios y plataformas (el mejor ejemplo es este mismo blog) para dar nuestras opiniones y puntos de vista de nuestras series favoritas.

Así, las redes sociales nos han permitido tener una comunicación bilateral (mediada, sesgada y modificada) con las personas que se encuentran detrás de nuestras historias favoritas. Todas las noches, miles de personas toman dichas plataformas para vanagloriar o criticar un capítulo. Algo que, a mi parecer, es un arma de doble filo.

Por un lado, tenemos “cierto” nivel de poder para influenciar en el modo en que alguna serie debe seguir su camino. Sin embargo, esto ocasiona que muchas narrativas se distorsionen y se conviertan en discursos complacientes.

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Así, las historias comienzan a romper los límites de su propia estructura por el simple hecho del shock value,  y el impacto inmediato que ésto genere en las personas. Por supuesto, funciona, pero fomenta la construcción de la estructura perfecta en una serie para que las audiencias olviden estos momentos con la llegada del siguiente shock.

Ahora, es normal que se maten personajes (con su debido hashtag), se descubran traiciones y se revivan otros personajes en un siantamén. Por supuesto, estas situaciones son siempre adeptas a causar impacto, sin embargo le restan legitimidad a la historia y, por lo tanto, un sentido de consecuencia.

Resulta lógico – e incluso atractivo- que el siguiente paso en la relación de las audiencias con la narrativa transmedia convierta al  espectador actual en un participante externo de sus historias favoritas (side note: no por nada ahora los espectadores de Big Brother puedan decidir qué es lo que el participante infiltrado hará ahora en la casa para generar más “controversia” y ratings. Fin del side note). Sin embargo, existe una línea muy pequeña entre ser un participe y convertirte en el “portador” de la última decisión sobre el destino de un personaje.

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El mejor ejemplo, y que siempre tengo muy presente (sobre todo porque me dio mucho coraje), es el momento en el que Steven Moffat decidió anunciar que una de los personajes que había matado, por el simple hecho de generar un impacto y schock value, en el capítulo final de la octava temporada de Doctor Who, regresaría para la novena por ser una favorita de los fans.

No niego que las redes sociales hayan abierto un abanico infinito de posibilidades sobre las diferentes formas en que se puede construir una historia (a todos nos gusta ser tomados en cuenta), sin embargo creo que estas plataformas deben funcionar más como niveles intermedios y no puntos finales en la decisión de los escritores de nuestras series favoritas de televisión.

A final de cuentas, en un mundo donde las consecuencias no existan, las decisiones comenzarán a pasar a un segundo plano. Y eso no es algo que se deba tomar a la ligera.

 

Cuando la muerte de un personaje tiene su propósito.

En el cine, la literatura y la televisión es común que nosotros, como espectadores, nos encariñemos con algún personaje y nos sintamos identificados con sus características intrínsecas de acción.

Sin embargo, también es muy común que, por esa misma cercanía, los autores decidan tomar decisiones radicales sobre su destino en las historias. Donde, en el peor de los casos, siempre termina por ser la muerte.

A mi parecer, matar a un personaje principal (o influyente) puede tener dos repercusiones: afectar directamente la línea rectora de la historia -y con ello, a sus personajes- o, por otro lado, no causar impacto alguno.

Creo, fervientemente, que el recurso de la muerte de un personaje principal debe apuntar más a cumplir con el primer propósito que con el segundo. Contrario a lo que sucede actualmente, donde los personajes son deshechados con el simple propósito de generar impacto en las audiencias y no en el curso de la historia.

Una muerte, en cualquier relato, debe ser decidida concienzudamente y con un propósito en particular. Un autor no debería estar matando personajes, a diestra y siniestra, sin tener un propósito en particular por el cual hacerlo.

La muerte de un personaje debe de ser, irremediablemente, influyente en la historia. Este suceso debe crear un impacto y modificar el ritmo narrativo de lo que se está contando. No debe ser una herramienta de provocación de audiencias.

El mejor ejemplo que me viene a la cabeza es la muerte de Hank en Breaking Bad. Dicha decisión impactó de forma tal la historia que los eventos que ocurrieron en los capítulos siguiente son consecuencia directa de esta situación. Una idea buena con un propósito útil.

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Lo mismo sucede con el personaje de Ellen Page en la película de ‘Super’. Su muerte inspira a Frank para tener la valentía suficiente de confrontar sus miedos y salvar a sus esposa.

Varios son los autores que se distinguen por no tener misericordia con sus personajes. Desde Ryan Murphy hasta Steven Moffat, ellos se han deshecho de tantos individuos de relevancia en sus historias como han producido series.

Ryan Murphy se ha encargado de empalar, degollar, desollar y atropellar a sus personajes en la serie de AHS. Sin embargo, la mayor parte del tiempo se ha arrepentido de ello, al ver el poco impacto que genera,  y ha preferido “regresarlos a la vida” de diferentes -y poco creativas- situaciones.

Ahí tenemos el caso de (casi) todos los personajes de AHS: Coven y las esposas de Kit en AHS: Asylum. Todos ellos viven y re-viven tanto que pierden toda seriedad y sentido de pertenecer a cada serie.

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Steven Moffat es reconocido por ser un “asesino sin misericordia” de sus personajes, yo digo, por otra parte, que es más bien, un hombre que le gusta complacer  a las audiencias.  Cuando los espectadores comienzan a quejarse de la falta de historia en sus series, crea un arco muy dramático, cuando argumentan que hacen falta muertes, mata a un personaje (más o menos) importante y no genera un impacto en la historia.

La muerte de Osgood en “Death In Heaven” es el mejor ejemplo de ello. Muchos fans comenzaron a quejarse de falta de impacto y drama en la serie, a lo que Moffat decide matarla y no crear ningún tipo de impacto en la narrativa o vida de los personajes principales.

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Que un personaje sea eliminado de su propia historia por el simple motivo de que su autor pruebe que no tiene misericordia y que es”impredecible” es la peor justificación que se puede dar. Se siente como algo barato e improvisado.

Por ello creo que, sí, la muerte de un personaje principal (o muy querido) de una historia siempre va a generar impacto en las audiencias. Sin embargo, está en los autores saber que lo que hacen tiene un propósito para influir en la historia o sólo están tratando de probar algo.

Timey-Wimey y la zona de confort de Doctor Who en la octava temporada.

Como podrán haberse dado cuenta (gracias a anteriores entradas, mi Twitter y Facebook) me considero un fan de hueso colorado de Doctor Who (más del New Who que del Classic) y, como tal, tiendo a caer en comentarios subjetivos de fangirl cuando se trata de hablar de dicha serie, sus personajes y capítulos, por lo que trato de no escribir tanto sobre ello. Sin embargo, después de haber visto por completo la octava temporada me encontré con la imperiosa necesidad de compartir mi opinión y el enorme disgusto que me llevé con ella.

Desde que la serie fue renovada en 2005, han sido muchos los escritores que han creado y perfilado historias del Doctor. Sin embargo, Russell T. Davies y Steven Moffat -al ser showrunners- han aportado mucho más al nuevo universo. El primero se distinguió por crear historias más simples y sin arcos argumentales ambiciosos, centrándose más en “el monstruo de la semana”. Moffat, en cambio, se ha encargado de hacer todo lo contrario: tramas elaboradas, historias completas y arcos argumentales que abarcan más de una temporada. Sin embargo, esta temporada se le fue de las manos.

De entrada, estaba el reto de hacer que las audiencias empatizaran con un nuevo Doctor. Así, Moffat decidió enfocar todos sus esfuerzos en construir el personaje del doceavo Doctor (algo que sucedió fantásticamente gracias a la maravillosa actuación de Peter Capaldi) para dejar en segundo plano las historias. Con eso lo único que logro fue sacrificar la complejidad de argumentos inteligentes y nos brindó, en cambio, historias sencillas y sin chiste.

La octava temporada debería haber sido refrescante -y única- debido a la cantidad de escritores nuevos  que participaban en cada capítulo. En lugar de eso se creó una constante en historias inconsistentes, donde los conflictos centrales de cada capítulo eran resueltos con salidas fáciles y clichés baratos. Moffat nos presentó las historias más flojas de toda la serie.

Pareciera que, en lugar de tratar de innovar y renovarla, los escritores decidieron quedarse en la zona de confort y optar por hacer historias simples sin consecuencias. Por supuesto que existieron fatalidades en cada capítulo, pero ocurren tan rápido y a personajes con tan poca importancia que no aportan nada a la historia.

Ejemplos sobran, desde la flecha de oro que “impulsa a la nave a salir de la órbita” en ‘Robots of Sherwood’, el uso desmedido del screwdriver para desaparecer a las criaturas de dos dimensiones en ‘Flatline’, el ejército de Cyberzombies que no tuvieron otra función más que volar en pedazos en ‘Death in heaven’ y los bosques que nos vinieron a “salvar” en ‘In The Forest Of The Night’. Todas se convirtieron en soluciones rápidas que absuelven de explicaciones -a los autores y a los conflictos- para cerrar historias que comenzaban a salirse de control.

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La temporada se planteó como un comienzo nuevo en el mundo de Doctor Who y terminó por convertirse en un cúmulo de historias donde no sucedió nada. El arco argumental (esencial en antiguas temporadas) pasó a segundo plano y fue reducido a pequeños cameos de Michelle Gomez  y su ‘Nethesphere’ al final de tan sólo 4 capítulos. Lo que ocasionó que la temporada avanzara en su selección de historias mientras que los personajes se quedaban estáticos.

Por supuesto que tuvimos una temporada cargada de character development entre Clara y el Doctor, algo que reconozco y festejo con creces.  De igual manera celebro la inclusión de Michelle Gomez como (SPOILERS) The Master. Sin embargo, una serie debe de contar también con historias que cautiven y no que formen parte  del trasfondo, institucionalizando a los personajes.

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También nos presentó a uno de los personajes más inconsistentes y desatinados de la serie: Danny Pink. Lo que pretendía funcionar como catalizador en la vida amorosa de Clara y representante de la  parte humana de la serie, terminó por convertirse en todo lo contrario: un hombre celoso, manipulador y poco permisivo que sólo funciona para reflejar la opinión que Moffat tiene sobre las relaciones entre género y el lugar que deben de “ocupar” los hombres y mujeres en la sociedad.

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Su participación en la serie fue inconsistente y muy poco empática, lo  que ocasionó que me fuera imposible emocionarme con la relación que mantuvo con Clara de la misma forma que no me generó sentimiento alguno al momento de su partida.

Claro que hubo capítulos que me parecieron alentadores. ‘Deep Breath’ me dejó cautivado con la emoción y la fuerza argumental que depositó en los personajes, ‘Listen’ fue un bonito recuerdo de la vida del Doctor, incluso ‘Dark Water’ planteó ideas interesantes sobre la vida y la muerte pero que nunca llegaron más allá.

Como fan asiduo de Doctor Who que soy, me gusta gozar de sus capítulos y sentirme parte de un mundo tan grande como el que todos los Whovians constituimos. Sin embargo, como todo televidente, no me gusta que den por sentado que por ello todo lo que hagan me va a gustar.

Me considero un televidente fácil de convencer pero eso no minimiza que me guste ver historias de calidad que propongan ideas nuevas y que salgan de la zona de confort y Doctor Who no está exento a este predicamento.

Disfruté mucho de la temporada (como fangirl que soy) pero me quedó debiendo mucho.  Espero que para la siguiente, Moffat decida arriesgarse más y comience a crear historias que de verdad tengan impacto en la vida de los personajes, y los rete de alguna manera, y no que sean meros reproductores de su zona de confort.