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Representación a medias: asexualización y estereotipación de las parejas homosexuales en la televisión.

Si hay algo que me gusta reconocer de muchos de los shows en televisión es que han sabido ir un paso adelante del mundo cinematográfico en cuanto a representación se trata. Hoy en día podemos disfrutar de una gran variedad de programas que bien podrían jactarse de su inclusión y de la despreocupación con la que incluyen a personajes pertenecientes a minorías en sus narrativas.

Crazy Ex-Girlfriend, por ejemplo, no solo tiene un cast que está conformado por una enorme variedad de persona provenientes de diferentes culturas, sino que también casi la mitad de sus protagonistas interpretan a personajes pertenecientes a la comunidad LGBT+. Lo mismo sucede con Brooklyn Nine-Nine, The Handmaid’s Tale, The FlashSupergirl y, sobre todo, con una de las últimas adquisiciones de Hulu: Marvel’s Runawayso de las de Netflix con Sex Education One Day At a Time, una variedad de shows que se han arriesgado a contar historias sobre jóvenes LGBT+— muchas veces con personas de color—; un tema que se ha considerado más bien como exclusivo de personajes adultos y no como parte del proceso intrincado que significa el coming of age en la vida de un adolescente.

Esto se debe a que las personas detrás de muchas de las series que consumimos, han comenzado a entender que la función de la representación en sus programas no es el de llamar la atención de los televidentes para generar más vistas, sino mostrar la realidad que vivimos todos los días para que la audiencia se vea reflejada en ella. El problema es que no todos han logrado asimilarlo de la misma forma.

Lo cierto es que, antes que cualquier canal de televisión lo considerara, el cine comenzó a preocuparse con retratar de manera correcta las relaciones homosexuales con Brokeback Mountain. En el caso de las series, Modern Family  fue uno de los primeros shows que se arriesgó a lanzar un programa familiar, en un canal abierto, que incluyera a una pareja abiertamente homoparental y a otra interracial. Los críticos bañaron en elogios a sus primeras temporadas por haber tomado dicha decisión y, hasta hace algunos años, era siempre una de las más nominadas en la categoría de comedia de las diferentes premiaciones.

Su aporte a la representación de minorías es sin duda monumental, ya que no solo lograron que la familia promedio estadounidense le abriera las puertas a un grupo social que claramente habían decidido olvidar desde hace mucho tiempo, sino que también lograron construir el camino para que series como el remake de One Day At A Time Brooklyn Nine-Nine pudieran contar con historias tan profundas como la salida del closet de una adolescente lesbiana ante su familia o la mera existencia de Rosa Díaz, una mujer latina y bisexual que goza de un puesto importante en una de las comisarías de la policía de Nueva York.

Sí, la intención de Modern Family en un inicio fue buena y muy acorde a la época en la que fue lanzada; sin embargo, el tiempo ha pasado y la serie no se ha molestado por hacer algo para actualizar la manera en que representa a sus personajes pertenecientes a minorías, de manera concordante con la realidad. Lo que en su momento resultaba ser innovador y precursor de un movimiento muy fuerte, ahora luce como un estereotipo más de cualquier novela de un canal de televisión abierta.

Cam y Mitchell, la pareja homoparental titular de dicha serie, no son más que una caricatura de lo que pretenden representar como una relación homosexual real. En ella, cada personaje se encarga de ocupar el estereotipo básico de un hombre gay: el que tiene manierismos femeninos y que está más en contacto con sus sentimientos y el que no se siente tan cómodo con su orientación sexual y prefiere ser relacionado con la figura masculina de la relación. Esta pareja es resultado del ya muy conocido binarismo masculino/femenino que domina a la mayoría de las relaciones sentimentales actuales.

Esto no es nuevo, el uso de la estereotipación como herramienta narrativa es algo muy común que puede ser encontrado en diferentes instancias de la cultura pop. Es muy sencillo, si reduces a un personaje a una serie de características típicas y reconocibles propias de la etiqueta a la que su grupo social corresponde, es mucho más fácil contar historias simplonas y que den risa, sin perderte en los dramas innecesarios que el matiz narrativo puede atraer. Es por eso que esta ha sido, desde siempre, la salida más cómoda a la que los escritores —sobre todo en las comedias de situación— han decidido tomar cuando se trata de contar historias LGBT+ y de minorías. Después de todo, ¿Qué mejor forma de hacer reír a alguien que acudir a los lugares comunes a los que ya están tan acostumbrados?

Esta situación no es solamente propia de Modern Family, Friends From College de Netflix sufre el mismo problema con Felix y Max, la única pareja homosexual de la serie que se ve estancada dentro de los mismos estereotipos binarios. Esta pareja esta conformada por dos individuos, donde uno de ellos debe tomar y representar asertivamente el lado femenino y cuidador de la relación, mientras el otro debe aparentar ser más masculino frente a sus amigos de la universidad, para no ser tachado como el «afeminado» del grupo.

Lo problemático de esta tendencia, radica en la potencia que esto le da a las opiniones tóxicas que se encargan de etiquetar y minimizar a la comunidad gay, así como también la fuerza con la que afianza la idea de que las minorías no somos más que una punchline, aquella idea que motiva a la gente a seguir inquieriendo a sus amigos homosexuales cuando le interese saber quién es el hombre de la relación; un chiste recurrente del que todos pueden reírse sin necesidad de siquiera considerar usar el mismo argumento cuando se trata de cuestionar a sus contrapartes.

Lo cual me lleva al segundo gran problema: la falta de equidad en la representación. Pensemos en las relaciones de Cam y Mitchell o de Felix y Max, ¿Cuántas veces los hemos visto darse un beso en la boca en pantalla?, ¿Cuántas veces los hemos visto hablar o hacer alusión a que mantienen relaciones sexuales? Es más, dejemos de lado las realciones sexuales, ¿Cuántas veces los hemos visto mostrarse afectivos o compartir algo de intimidad? Muy pocas. Ahora pensemos en sus contrapartes heterosexuales y tratemos de responder las mismas preguntas. Seguro son muchísimas más y en inncontables veces.

Es gracias precisamente a este argumento con el que podemos distinguir cuando una serie de verdad se preocupa por representar adecuadamente a una minoría, y cuando solo busca explotar su presencia para causar controversia y atraer televidentes. La representación sin consideración ni visibilización no es representación.

Ese no es un problema que tenga poco tiempo. La invisibilización y asexualización de los personajes LGBT+ sucede desde el cine de los 70, cuando los personajes pertenecientes a la comunidad solían ser retratados como gays que vivían juntos, pero que no parecían tener ningún tipo de química o vida sexual que fuera mostrada, o incluso mencionada de manera explícita, porque incomodaba a las audiencias. Aún a la fecha existen televidentes que consideran que muchos de sus filmes y programas favoritos están siendo «demasiado incluyentes» y «muy gays» por el simple hecho de contar con representación.

En Modern Family Cam y Mitch son esposos y tienen una hija juntos, sin embargo, en lo que va de 10 temporadas, la única vez que se han dado un beso en la boca frente a la cámara ha sido en el día de su boda, y ni hablemos de relaciones sexuales, porque mientras que sus contrapartes heterosexuales aparecen frente a cámara teniendo numerosas relaciones sexuales, ellos solo han podido gozar de una o dos escenas en los 10 años de lo que lleva la serie al aire.

Max y Felix, por otro lado, solo han aparecido en los dos años al aire de Friends From College, pero eso no ha propiciado a que, a pesar de haberse casado al final de la segunda temporada y de ser la única pareja estable de su grupo de amigos más cercanos, sus personajes puedan gozar de una vida sexual activa frente a la pantalla o , mínimo hablar de ello. No, ambas son parejas asexuales que parecen disfrutar de su vida lejos de la intimidad,de la complicidad y de las muestras básicas de afecto de la que el resto de las parejas heterosexuales en ambas series tienen el privilegio de vivir.

Y si en Estados Unidos todavía se encuentran lidiando con estos problemas de representación aún cuando ya están muy avanzados en el tema, en México estamos en pañales. Las últimas semanas, una novela de televisa con el formato modernizado de serie, comenzó a aparecer en los titulares de los medios de comunicación por incluir en su narrativa a una pareja adolescente gay.

Mi Marido Tiene Más Familia nos introdujo a Aristóteles y Cuauhtémoc —»Aristemo» para los fans—, un par de jóvenes enamorados que están creando olas entre los medios mexicanos, al ser una de las primeras parejas abiertamente gay que son representadas en una novela de la televisión mexicana.

Al igual que Modern Family, esta serie está llevando temas que antes se consideraban tabú, e incluso inmencionables, a las casas de las diferentes familias del país. Esto, en sí, es un gran paso para la inclusión y la representación de la televisión en México. El problema es que sufre de lo mismo que a Modern Family le aqueja continuamente, un tremendo pavor por perder a sus televidentes cuando su serie/novela sea tachada de ser «muy gay» por presentar correctamente a una pareja gay. Es por ello que los integrantes de Aristemo no se han dado un beso en la boca frente a la pantalla y se han tenido que conformar con abrazos a medias y acercamientos incómodos.

Es un hecho que estamos avanzando en cuanto a representación LGBT+ se trata tanto en cine como en televisión. Sin embargo, la forma en la que se han desarrollado en algunas instancias, no solo ha ayudado a perpetuar la idea de que las parejas homosexuales están constituidas por un par de estereotipos, sino que también ha alimentado la idea de que las personas gay deben de lucir lo más heterosexual posible y mantener su sexualidad separada de si mismos.

Si las grandes casa productoras quieren comenzar a mostrar la realidad social en la que vivimos de manera correcta, es necesario que consideren realizar una representación que contenga los matices necesarios para separar a la persona de la caricatura y dejen de caer en simplismos.

Female rage: agency, power and retaliation

Warning: Major spoilers of The Handmaid’s Tale, Sharp Objects and Big Little Lies ahead. Proceed only if you have finished all their seasons.

TV and movies have been getting their audiences used to see men represented as a variety of angry, revenge-seeking psychos, just because. Often, these characters are portrayed by typecasted angry men.

We will always have the Bryan Millses (Liam Neeson in Taken) willing to bring the world down in order to find whichever loved one they’re missing, and the Robert McCalls (Denzel Washington in The Equalizer) willing to go to the last consequences to make the world know they’re angry at it. Hell hath no fury when angry men are in the loose.

We get it, men are supposed to be angry, violent and enraged. It’s not like this special set of features has been shoehorned onto men for centuries as a recognizable trait of masculinity, or anything; or that the perpetuation of these very ideas has been more harmful than ever as the time goes by, and certainly it’s not as these type of stereotypes and high expectations bestowed upon them haven’t increased the percentage of suicides on men each year.

These traits, shouldn’t necessarily be linked to men and masculinity, rage is not a feature that should be bestowed upon men, but—as with any other gender stereotype out there—TV and movies have been very good at keeping this trope alive and well. Nevertheless, they have tried to separate them —especially TV shows—from their masculine characters.

Lately, several networks have been making big efforts to balance their series by producing and airing female-led projects based on female-centric experiences of mostly female authors, that have been focusing its perspective on female rage.

One of them is HBO, this enormous powerhouse has single-handedly achieved to release one season of Gillian Flynn’s adaptation of the intriguing thriller Sharp Objects, lead by Amy Adams and Patricia Clarkson, and one season of Liane Moriarty’s enthralling portrayal of her sexual abuse novel Big Little Lies, lead by Nicole Kidman, Reese Witherspoon and Shailene Woodley,

Hulu and Netflix have also their very own female-centric series on the air, as the former has released two seasons of Margaret Atwood’s adaptation of the feminist thrilling dystopia The Handmaid’s Tale, lead by Elisabeth Moss,  and the latter has aired two seasons too of Marvel’s noir series Jessica Jones, lead by Krysten Ritter, all of them with one theme in common: stories that stem and develop from female rage.

Most of the times on these shows, the rage will come from of a place of retaliation, specially against the male dominance that is creeping around them, trying to control their bodies and the decisions women try to make for themselves.

The Handmaid’s Tale is plagued with enraged women that have been stripped of their agency, their capacity to decide over their bodies and their ability to fulfil their basic human needs. The series begins right when its women have reached their boiling point, women that are fed up with being objectified and are starting to act on it.

Women like Emily (Alexis Bledel), who was separated from her wife and kid by Gilead’s Republic—a men-lead new society—in order to become a handmaid at service of the family that owns her, and who, by the back half of the season, starts to kill soldiers, generals and anyone who have been complicit with the system, as a way to take her agency back from their captors.

Or like June (Elisabeth Moss), who was also separated from her family, and has been acting like a human vessel whose only function is to deliver babies for other families, and has started to fight back at the general and his wife that own her, her body and her baby.

Rage is the perfect embodiment of agency for these women because it’s the only thing that makes sense to them, and is capable of making them feel like they matter, like their life is theirs to use and their decisions are theirs to make, and even though they know there’s almost nothing they can do unless Gilead is over, they will try to take back what is theirs by being enraged.

In Big Little Lies, rage appears as a consequence of a threat and also as an embodiment of empowerment. When Perry Wright (Alexander Skarsgard) starts hitting his wife, Celeste (Nicole Kidman), in front of her friends, they attempt lots of things to try to defend her but is not until Bonnie (Zoe Kravitz) pushes him down the stairs on a rage attack that they fully understand the power of the bond they all share. Women will do anything to help their friends, even if it means killing someone in self-defense.

In other cases, female rage will make an appearance not as a response but rather as a result of one of the characters’ upbringing, as a unique trait that will shape their personality entirely. Something so inherently personal that it would be difficult to separate from its owner. Something that it may come from the same place but translate differently between each person.

Camille (Amy Adams) and Amma (Eliza Scanlen), from Sharp Objects, are affected sisters who only know how to act through their rage, the only difference they have is the way they inflict it. Camile does it to herself and her body, Amma, to their friends.

Both are young troubled women whose mother, Adora (Patricia Clarkson), belittled and smothered, always trying to make them feel bad for everything they did and every decision they made. So, evidently, rage will be the only way they know how to cope.

Whilst Camille decides to canalize her rage at hurting her body with every dark thought she has, Amma acts on it by injuring others. Rage is shown as a weakness in Camille’s head, but it means power on Amma’s. These are two women raised in the same context but with different perspectives of how rage works on them and what can they do with it. In their minds, rage is a power of destruction.

Something similar happens to Jessica Jones (Krysten Ritter) on Netflix’s Jessica Jones, where its protagonist’s rage stems from a violent upbringing and a series of situations she’s gone through in her life. In Jessica’s case, her special abilities are the living embodiment of her rage, the motor that sustains them and the only way she knows how to face a threat.

Unlike Camille and Amma, Jessica tries to canalize her rage by using her powers to make a difference, to change the reality she’s put herself into and the ones who love her. Instead of being a power of destruction, rage becomes the vehicle from which Jessica tries to rebuild her life.

As we can see, female rage can mean a lot of things. It could very much be a form of retaliation, but also an embodiment of empowerment as a mean to take back one’s agency. It can also be a power of destruction, or a beacon of hope to make great things with one’s life.

What these shows have shown us is that rage is not and should not be a stereotype linked only with men, not only because is harmful but because it’s also a sexist idea. Women can also be angry and do great and bad things whilst being enraged, that’s why we need to be certain about one thing: both men and women can be enraged at the world, we only need to separate it from masculinity and redirect it towards more fruitful things.